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Las mujeres son, son, son...

Roberto Hernández Montoya

Colaboración especial para el suplemento La Música en Serio del diario El Globo, domingo 25 de febrero de 1996
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Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

La presencia de la mujer en la música me parece análoga a la de la mujer en la literatura. Pasado el periodo discriminatorio hermético, aquel en que no se permitía la entrada de ninguna mujer, salvo que se pusiera nombre de hombre como George Sand, hoy la expresividad de las mujeres se nivela con la del hombre y no dicen cosas sustancialmente distintas a las de él, al menos en el campo musical. Pero hay una diferencia con la literatura: así como los economistas hablan de cosas misteriosas, que suenan a azar objetivo surrealista, como «la inflación represada» «demanda inelástica», así ha pasado con las mujeres escritoras: había tanto pendiente que decir desde el horizonte femenino que muchas escritoras se dedicaron casi exclusivamente a contarlo. Me refiero a lo que en nuestra cultura vamos concibiendo como femenino, que femenino y masculino son categorías culturales, es decir, históricas, espumosas, no naturales y mucho menos universales. Masculino y femenino —lo saben al menos los gramáticos, los sicólogos y los antropólogos— no son categorías sexuales desde el punto de vista biológico sino desde el punto de vista simbólico, cultural, lingüístico. Decimos que las mujeres son flores, que el hombre es como el oso, etc., y eso no tiene nada de biológico ni de necesario, sino de cultural, es decir, de histórico, de contingente, y va variando de pueblo en pueblo. Sin embargo, el ser humano tiene una capacidad enorme para asimilar experiencias ajenas y comunicarlas estéticamente. De allí que haya tantos personajes femeninos profundos y plenos concebidos por pluma de varón. Shakespeare, Sófocles, Faulkner, García Márquez, Rulfo. Por nombrar a unos pocos. Asimismo escritoras hay que han concebido personajes masculinos de singular lucidez, Teresa de la Parra, Virginia Woolf. Además, lo decía Gaston Bachelard, «la creación literaria de una mujer por un hombre y la de un hombre por una mujer, son creaciones ardientes». Parecido suele suceder cuando escuchamos, hombres, a una mujer y, mujeres, a un hombre. Los hombres podemos admirar a un cantante varón, mucho, pero no con ardor, como lo puede una mujer. Pero a una mujer uno puede oírla con ahínco, con sangre, con saña. Es otra cosa. Uno se embebecía con María Victoria no solo porque el traje untado en la piel a lo Jean Harlow le quedaba impecable en un cuerpo impecable, sino porque su modo de entonar

es que estoy taaan enaaamorada...

era como para entusiasmar a una estatua. A veces uno se enreda y aplaude al que no es. Tengo una amiga que tiene muy buen gusto musical, pero anda derritiéndose por Luis Miguel. Se lo discuto: es como si yo saliera a comprarme un disco de Ruddy Rodríguez solo porque «es mucha mujer» (así decía Marcello Mastroiani de Sonia Braga). Parecido le pasó a un amigo mío, que cuando era niño se fue al Coney Island nada más a verle el trasero a Celia Cruz en unos carnavales. Después, con la vida, descubrió que Celia tiene méritos más inmortales. Son los engaños del deseo. Pero con frecuencia lo musical no es un pretexto, sino el fondo del oscuro objeto del deseo. Como le pasa a uno con Carmen Delia Dipiní. No me pasa con Madonna, fíjense, será porque no me entusiasma como cantante... vamos, francamente... Madonna ha hecho de sí misma una mujer-escándalo, que solo tiene ese mérito. Y un libro erótico que por outré no está mal.

No por ardorosa nuestra admiración por una cantante llega al punto de desnudarla en público, como hacen las admiradoras con los cantantes varones, desde Lucho Gatica hasta Luis Miguel. En otro tiempo eran tal vez más discretas, pero cuentan que Johannes Strauss, hijo, tenía un enorme perro de abundante y negro pelo, al que recortaba mechones para enviar a sus admiradoras, que le solicitaban una guedeja. Y ya que estamos en esto, ¿por qué se muestran tan enardecidas por cantantes como Pedrito Rico y Juan Gabriel? Jamás vemos una turbamulta de varones acosando a Janis Joplin, a Omara Portuondo, a Courtney Love y mucho menos a Joan Báez. Tal vez los varones somos excesivamente orgullosos y no queremos compartir a la admirada. Además, los hombres no lloran... Es mentira, claro, pero son cosas que de tanto decirlas terminamos creyendo ciertas. Aparte de esos detalles, no me parece que la mujer tenga nada específico que expresar a través de la música. Pero ahora tenemos la suerte incalculable de contar con ellas para hacer música, pues durante siglos estuvieron confinadas a los márgenes de la vida y no las dejaban ni cantar, pues para hacerlo como mujer estaban los castrati. Ahora disfrutamos de las composiciones de Teresa Carreño, María Grever, Consuelo Velázquez, María Teresa Vera, Carla Blay, Chabuca Granda... Lo que nos estábamos perdiendo sin saberlo.


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