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El Nacional, domingo 6 de setiembre de 1998

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Si no me dijeron mal el cuento, cuando la dictadura de Marcos Pérez Jiménez se publicó un libro que denunciaba todo o mucho de lo que era denunciable. Tenía un falso pie de imprenta en México. El dictador montó en cólera y al parecer insultó a Pedro Estrada, el jefe de su policía, por no haber prevenido aquello. Ese libro debe ser una valiosa pieza de colección. Esa audacia valió fama y fortuna al editor. La furia era comprensible en cualquier dictador, que solo concibe el mundo de un modo enterizo: como en los espejos enfrentados, todos deben vestir igual, comer lo mismo y pensar lo que él decide que piense. Una disidencia es una catástrofe, por solitaria que sea. No está exenta de ello esta democracia. Cuando la Copre editó El estado del disimulo de José Ignacio Cabrujas, el gobierno lo escondió y debió circular en fotocopias. Yo tengo una. Para no hablar de los periódicos recogidos en diversas épocas.

Hablar de viva voz contra un opresor es peligroso, porque te expones con tu cuerpo. Pero desde que apareció el alfabeto la represión se hizo más difícil, porque la comunicación no exige que emisor y receptor se vean las caras. La imprenta agudizó esa facultad. Imprimes un libro, un panfleto, un volante y el papel corre de mano en mano. Por eso el totalitarismo soviético tenía un fiero control de imprentas, multígrafos, fotocopiadoras, hasta máquinas de escribir. Estas debían empadronarse, como las armas, porque todo medio de expresión es un arma, y más en una dictadura. Había que escribir y registrar una hoja con aquella máquina de tipos móviles, pues los martinetes nunca tienen una alineación perfecta. Esos defectos, distintos en cada máquina, son su huella digital. No había máquinas de bolita ni de margarita. Ni impresoras láser, ni Internet. La gente recurrió al llamado samizdat: reproducir panfletos subversivos con papel carbón. Deben ser piezas de colección también.

Ahora es más fácil editar contra cualquier émulo de Pérez Jiménez. No es posible identificar la impresora en que se estampó el pasquín. Pero aun así es posible rastrear al autor si capturan a un portador con el papel arriesgado. Ese rastreo es imposible en Internet. Vives bajo una dictadura, ponle. Publicas un sitio Web en alguno de los tantos espacios públicos y gratuitos donde eso se puede, ponle. Creas una cuenta de correo electrónico con un nombre falso para comunicarte con los lectores. Nadie puede saber ni quién eres ni dónde estás, ni siquiera el servicio gratuito ese, que tampoco tiene interés en denunciarte. Pudieras estar a tres pasos del palacio de gobierno de tu dictador, o ser parte descontenta del mismísimo gobierno. Este no puede impedir que se lean tus denuncias, que alguien te envíe más información, tal vez con cuentas de correo de nombre falso. Puedes decir allí todo lo que se te ocurra. Nadie puede allanarte. El sitio puede estar alojado en una computadora en Andorra, Curazao, Tasmania, California.

Debe ser hasta divertida la desesperación del dictador al saber que decenas de miles están leyendo las denuncias y riéndose de los chistecitos inevitables. Los dictadores son paranoicos y los paranoicos sufren muchísimo. Gracias a Internet las dictaduras deberán renunciar a algo que las define: la censura.


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