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¿Dónde está lo venezolano en este país? El Americano Feo, lo criollo y lo salvaje ÍndiceMiguel de Cervantes y las castañuelas
¿Por qué ese proceso cíclico que va de la negación de «lo nacional» a su afirmación feroz y refunfuñante? ¿No son, en gran medida, quienes suelen adueñarse de la «universalidad» de la cultura (europea, naturalmente), para luego extasiarse ante ella, los que por razones quizás tácticas asumen el papel disputado de cancerberos de una Quimera que llaman Cultura Nacional? Esta Cultura con sus caparazones de tortuga con el Escudo Nacional, con rincones criollos y tinajeros en casas estilo gringo se parece a la Medusa: quien ve su cara se queda de piedra y no puede ya pensar ni echar velas al viento. Su entusiasmo es el mismo que tenían místicos y poetas en la Edad Media, adoración perpetua de un producto escurridizo, ingenuidad y angustia existencial quejumbrosa y fácil. Después de todo solo los colonizados nos estamos preguntando todo el tiempo por la nacionalidad, somos los únicos que necesitamos una justificación retórica, afirmar con palabras lo que no existe y no ha existido. Estos accesos criolleros nos asaltan por épocas y duran cierto tiempo. Recuerdo aquel asalto perezjimenista a la nacionalidad, con relojes cuya esfera de oro era el Escudo patrio, pisacorbatas de oro con el Escudo, pulseras con el Escudo, alpargatas con Souvenir from Margarita bordado bajo el Escudo y lo único que faltó fue que los Cadillacs hubiesen venido con el Escudo en las tazas de las ruedas, ya hechas en Detroit, por encargo. ¿Por qué coincide ese sentimiento de vergüenza por «lo nacional» con ese desparramado orgullito por lo mismo? Demostrar su complicidad es propósito de esta secuencia de artículos. Miguel de Cervantes y las castañuelasPor mucho tiempo se ha aceptado el criterio de la «hibridización» cultural, como recurso para explicar nuestro caos étnico. Como el concepto de híbrido funciona con alguna certeza en genética, entre otras cosas en razón de la concreción del mulo, se ha incluso celebrado como metáfora luminosa su aplicación a la cultura. Entonces se nos viene encima el sistema de concepciones tradicionales de la cultura. En un momento dado se asoció pueblo con cultura y con una simpleza candorosa se procedió a establecer lo genuinamente alemán, lo genuinamente español, francés, inglés, hasta el punto de repartir vicios y virtudes cardinales: los ingleses serán hipócritas y flemáticos, los franceses avaros y cultos, los españoles envidiosos y pundonorosos, los alemanes marciales y filósofos. Esas son sus sustancias respectivas. Y hay quien dice que todos los australianos, como bien se sabe, comen solo salchichón y son muy traidores. Y se agrega a veces con dulzura finisecular que si nos hubieran conquistado los ingleses y no los españoles... Como si esos pueblos no fueran un agregado heterogéneo y como si esos estereotipos no fueran falsos como suelen ser los estereotipos. Comienza la rebusca impaciente de la nacionalidad. Andrés Bello realiza inventarios de flora y fauna en las Silvas, Eduardo Blanco habla, en cursiva, de bucares y hasta guamachos. Díaz Rodríguez celebra tardíamente la nacionalidad con patriotismo floral. Rómulo Gallegos descubre que hay llano. Julián Padrón asocia, con pretensión erótica, el fuero femenino con parchitas, guanábanas, melones, lechozas, mamones, pomarrosas, mereyes. Lo cual sirve para comprender cómo es que el mito de la Atlántida, de la Arcadia, de El Dorado, del Paraíso Perdido, de la Utopía, del Santo Grial, de la Quimera, del Santo Sudario, del Hombre de las Nieves, sigue viviendo entre nosotros. Se busca la entelequia de la entelequia, la sustancia (sub + stantia, lo que hace debajo) pura de la nacionalidad. ¿Estará en el Hipódromo, en José Gregorio, en María Lionza, en las esquinas de Caracas, en los mangos, en el Salto Ángel, en Cañonero II, en Rafael Montaño, en el frailejón, en el tinajero, en el aguamanil, en Palmarote en la Capital? Los escritores han tenido buena ración de responsabilidad, pues, así como algunos poetas viejos y malos consideraban suficiente citar cinco nombres de flores, tres fragancias y uno que otro sentimiento refinado para, con métrica, tener listo un poema, algunos escritores y cantantes se contentan con enumerar inventarialmente cosas aceptadas como criollas. Mastranto, rastrojo, tinajero, pasillaneo, llanero, canto de gallo, amanecer, vacada, ordeño, cafecito negro, bahareque (esta frase es un poema nativista). Y después dicen que el Pop Art lo inventaron los gringos. Pero, bueno, ¿y dónde está por fin la sustancia primigenia? ¿Dónde está nuestra ración regional del néctar de la cultura? Porque debe haber un néctar de la cultura nacional, algo delicioso, una ambrosía que, como la del Olimpo, solo pueden degustar los dioses (tutelares, en este caso). Este absurdo tiene su origen en la pretensión de explicar cosas complejas con recursos simples, con la ingenuidad de que la cultura es una sustancia universal y eterna (¿habrá un dios o santo de la cultura?) que, claro, se divide según los pueblos. De donde resultan las culturas específicamente asiria, helénica, latina, provenzal, bohemia, católica, hippie, hitita, estalactita, estalagmita, árabe, judía y maracucha. Y he aquí cómo se concilian los principios de desdén por lo nacional en nombre de lo universal y de arrebato por lo nacional en repulsa de la espuria universalidad. Lo feliz es vivir en lo nuestro, en lo nativo, esto es lo mío, parábola de la propiedad privada, feudal por demás. Mi cultura es la mejor de todas, así decía Hitler, porque, si bien es verdad que la germánica era una cultura regional, contó con una buena suerte que resultó ser la metrópoli, la capital de todas las culturas regionales, el epítome, el néctar ansiado, El Dorado, el Paraíso Recobrado: la Cultura Aria. Lo de Hitler no es una mera reducción al absurdo, un recurso expositivo, es sencillamente la última consecuencia del mito del Santo Grial de la cultura. Lo más desgraciado que puede ocurrir a un pueblo, se dirá, es perder su néctar cultural, por eso hay que cuidarse tanto de no poner bajos eléctricos en los conjuntos de música criolla, rechazar los anglicismos, parapetarse contra las ropas espurias que pretenden sustituir el garrasí y el liquiliqui. Hay que mantener incólume el espíritu de nuestro pueblo (el Volksgeist, de que habla Hegel: Volks, del pueblo, popular; Geist, espíritu). En definitiva, el néctar es muy divino para nosotros los mortales, a quienes solo queda la versión turística del néctar de ambrosía: los souvenirs del turista, los caimancitos vestidos de llaneros, los peces caribes con un bombillo en la boca, el mapa de Venezuela tallado burdamente en madera (pregunta: ¿debe ir en esos estéticos mapas la Zona en Reclamación de Guyana? ¿Y qué hacemos con el diferendo fronterizo con Colombia? ¡Es difícil ser verdaderamente criollo!). Hay una teoría que, con mayor hálito científico, se refugia en el concepto de sedimentación. Es verdad que somos un híbrido, pero hemos sedimentado una cierta y reconocible cultura durante siglos. De 1492 a esta parte hemos tenido tiempo para dejar en maceración un sistema de procedimientos culturales ante el concierto de las naciones civilizadas, vea usted. Mire que aquí se toca cuatro, maraca y un cierto tipo de arpa, cosas que ya no se usan en España. Esta celebración refundida de la cultura turística pretende que la sustancia cultural no es un néctar divinal, sino que el néctar se decanta y destila aquí en el mundo. Es una pretensión atea, mundanal, la sustancia cultural se produce en la Tierra. Se acabó el mundo platónico de los eidos culturales, ahora la cultura es una excrecencia que producen rocas y hombres. Y sigue campeando la sustancia. Esta, sedimentada, sigue siendo provincia de la universal, entelequia de entelequia. Un día el Dios de las Naciones mezcla las culturas y nace el híbrido, pero el mulo cultural tiene tiempo de echar cuerpo y de sedimentar, de aclimatarse; en ese respiro le viene la legitimidad y gana en su mayoría de edad y ya se puede hablar de cultura nacional. El té de los ingleses, el jamón serrano de los españoles, la salchicha de los alemanes. Según esta sedimentación, este sustancialismo, cultural, Miguel de Cervantes ha debido hablar mucho y celebrar con regusto, todo el tiempo, las castañuelas, el cante jondo, el queso manchego, las corridas de toros y el vino de Jerez (el sack de que ya hablaba Shakespeare). Y Milton repetir lo mismo con el té, la flema, las pastas. O Goethe con la cerveza, el Sauerkraut. Fausto comiendo Knackwurst. Don Quijote bailando tangos festeros de la Repompa. Falstaff haciendo juegos de palabras sobre el mal tiempo de Windsor. Ernesto Sabato habla de que hasta en su europeísmo Jorge Luis Borges es argentino, pues los europeos no son europeístas (Sobre héroes y tumbas, Barcelona: Círculo de Lectores, p. 191 y ss.). Y tampoco deja de ser parte de la «sustancia» cultural venezolana el modo peculiar que tiene un mozo de clase media para escuchar rock: por eso es que el rock es también aquí folk. Si seguimos así podemos servirnos llegar hasta la demencia. La sustancia responde, por más mundanal que sea, a un arquetipo y allí está la contradicción. Y como los arquetipos son eternos, no pueden ser humanos. Una cultura no humana, extrahumana, sobrehumana. ¡Oye, catire, tráeme un perro caliente sin salchicha y sin pan! La destrucción del Volks con Geist y todoCuando se descubrió América se procedió a la aniquilación de pueblos enteros con el fin de ganarlos para la Fe. La aniquilación pasó por todos los extremos, desde el desmantelamiento de la cultura, hasta la eliminación física del pueblo que la detentase; Volk con su Geist en un solo paquete. Y aquí propondremos una delimitación de lo que es cultura, aunque sea provisional. Diremos que cultura es un sistema que los hombres internalizan y que es necesario para su vida en sociedad y para el intercambio con la naturaleza. De allí que la cultura cambie con la historia y con la geografía. La cultura no es una sustancia, es un sistema de relaciones que los hombres establecen entre sí, con y a través de la naturaleza. Se nos presenta entonces el célebre problema de los españoles. ¿No eran ellos mismos unos híbridos culturales? Aparte de que por aquellas sazones no había aún Real Academia, y mucho menos su correspondiente en Venezuela. Y vea Vuesa Merced que aquello no fue historia en páginas sociales ni intercambio cultural. Los conquistadores españoles no venían ni con Operaciones Camelot, ni con Sesame Street, ni con cursos de idiomas en discos. En aquellas sazones los trámites no se hacían ni con supermercados o agregadurías culturales, sino, muy por el contrario, ¿de qué vos sonreís, ladino? ¡Ala!, que mala empaladura te he de dar si non me traedes en los tus macilentos lomos aquesas piedras que acullá vedes. ¡E ora dexades dandar tañendo aquestos contrafechos atambores e chismes de paganos, que he de seer yo mesmo quien con las tus carnes faga sones que shan de oír allende los mares, palurdo! Fue cuando nació el concepto de lo balurdo o balurde. Seguramente será mala noticia la deducción de que el nacimiento del jazz no fue confluencia de lo más linda entre dos o más culturas. Ni el son, ni la samba, ni el joropo. ¿Cómo reclamarle a un indio, cuyas condiciones de vida no son hoy mucho mejores que en el siglo XVI, que confunda las eras?: Yo respeto a mis paisanos, Soy indio de casta udiana De España la gente armada No voy a insistir en la cuestión de la procedencia del idioma que hablamos, porque tendría entonces que explicar también que se respira por la nariz (raras veces por la boca), que caminamos con los pies (raras veces con las manos) y terminar recomendando las instrucciones que da Cortázar para subir una escalera: «Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie» (Historias de cronopios y famas). Johann Sebastian Bach, compositor folklórico venezolanoQuizás convenga que los venezolanos, y especialmente los caballeros cruzados de la folk-manía, escuchen en masa el Fandango del padre Antonio Soler, pieza para clavicordio. Ella obra en sus oyentes venezolanos (supongo también que colombianos) tales maravillas que se les evapora el néctar de la cultura autóctona y se les va con el viento la mítica tonada primigenia. Porque descubren que todo lo más importante de la música tenía por creación llaneraza y con olor a mastranto ya la tocaba y componía un clérigo, español, catalán, italianizante, que jamás vino a América, llamado Antonio Soler, nacido en 1729 y muerto en 1783, cuando nacía Simón Bolívar frente al Mercado de San Jacinto. He oído una versión que insiste en que la chacona es originaria del Estado Lara, creada, precisamente, por un tal Chacón. Otros hablan de que el passacaglia de Italia, venido de España como pasacalle, tuvo su cuna en América. Si todo esto es cierto, podemos celebrar a Johann Sebastian Bach, compositor folklórico venezolano. También se pueden confrontar los «cantes de ida y vuelta», que se oyen en España. Son cantes que una vez, quién sabe cuándo (allá los eruditos), vinieron a América (eso incluye a la Capitanía General de Venezuela) y en algún momento volvieron a España. Hay uno en el cual referencias tales como «mamey colorado», «guajirito de mis pensamientos», «la verde y fina cáscara del mamoncillo», sugieren una vaga ubicación entre Cuba y Venezuela (Cuando en tu jardín entré, cantado por Bernardo el de los Lobitos, en la Gran Antología Flamenca RCA, CASP-200, vol. VI: «Cantes flamencos de la periferia andaluza, cantes de ida y vuelta y aires folklóricos aflamencados»). He allí la sedimentación. «Semana del joropo» y liberación nacionalFinalmente, es sugerente la opinión de que nuestra liberación nacional tiene algo que ver, estrechamente, con el rescate de la cultura autóctona. Parece que no es suficientemente disuasiva «La Semana del Joropo» de Sears Roebuck, el fanatismo criollero de Juan Vicente Gómez (el que entregó el país) y Marcos Pérez Jiménez (el que entregó lo que quedaba y gozaba con el vals Conticinio, las Danzas Venezuela, la Semana de la Patria y a quien se compuso aquello tan criollo de «general Marcos Pérez Jiménez/Presidente Constitucional»), para no hablar de criollidades más democráticas. Si ayer nos colonizaron con bandolas, polos, guitarras, sones, hoy eso también es posible. Especialmente porque nuestras recurrentes histerias patrioteras se fundan en el hecho palpable de que nuestra independencia ha sido una farsa, cosa que Bolívar ya sospechaba cuando se murió. Ello es posible porque, a falta de una de verdad, se pretende hacer una revolución semiótico-nativista. El indio de El Moján, Louis Armstrong, Paul Robeson, Jacob do Bandolim o Víctor Piñero no necesitan andar justificándose.
También:
El debate cultural en Venezuela |
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