Una de las condiciones para ser político, aparte de la carencia del sentido del ridículo, es competencia para articular respuestas débiles. Ocurre principalmente en Venezuela, donde de tanto gobernar despóticamente se han acostumbrado a no tomarse en serio ningún reproche de la ciudadanía. No se respetan entre ellos, ni a sí mismos, figúrate si van a considerar a nadie más.
Su primera reacción cuando se les critica es decir que se trata de una acusación política. Ponen la cómica en sus funciones y ante la censura general declaran que se trata de un juicio político. Extraña actitud de imputar a los demás ser como ellos mismos, es decir, políticos. Más político serás tú, te dicen. Claro, juzgan por su condición.
La segunda reacción es contraacusar. ¿Qué vas a decir tú, si eres más ladrón que yo? Cuando ustedes mandaban era peor. Yo conozco tu historia, pajarito. Cosas así.
Cuando están de buenas dan excusas de una anemia pavorosa. La estatua de Bolívar se cayó porque hubo un terremoto focalizado en la plaza. Aquí es donde se distingue al político genuino del improvisado. Alguien sin experiencia dará alguna excusa bien fundamentada y razonada, tal vez incluso reconocerá su error. No así un político auténtico. Este dirá que hay un saboteo, que la banca internacional nos engañó, que tiene la piel cansada de la tarde, que unos extraterrestres se robaron el presupuesto. El Niño.
Cuando todo lo demás ha fallado hablan entonces, si están mandando, de que hay un plan desestabilizador contra la Democracia. Si te quejas porque caíste en un bache que te destrozó una punta de eje es porque quieres tumbar al gobierno y sumir a la república en la tiniebla de una dictadura, etc. La democracia soy yo, dicen. El estado soy yo, dicen que dijo Luis XIV. El patriotismo es el último refugio del pícaro, dijo Ben Johnson. Es el primero, corrigió Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo.
La constante de todas estas actitudes es invalidar la palabra ajena. La única voz admisible para un político es la que lo respalda perrunamente. No toleran ni siquiera un auspicio condicionado o parcial. Solo aceptan apoyos absolutos. No les gusta la gente que los quiere, pues saben que quien ama puede dejar de amar. Prefieren que los teman, pues mientras tienen poder para intimidar el respaldo está asegurado. También les gusta la gente que se vende. No confíes en un hombre que no no esté dispuesto a hacer cualquier cosa por dinero, dijo no sé qué empresario estadounidense. Tenía razón: no se puede contar con alguien que no está disponible para venderse. Hay que ganarse su voluntad mediante buenas labores, que no es la idea que conduce en Venezuela a la profesión política. La idea es tener poder y este solo se detenta mediante argucias y principios elásticos, o sea, falta de principios.
Flexibilidad, sin embargo, que tiene límites, como estamos a punto de ver en Venezuela, donde la incompetencia manifiesta de los políticos para atender cualquier asunto, por elemental que sea, va a dar paso a aventuras antipolíticas cada una peor que la otra. El colmo son los políticos que se han metido a antipolíticos, Carlos Andrés Pérez, Claudio Fermín, Enrique Salas Römer, como si nadie los conociera. Pero de nada les va a servir. No aprenden, no son capaces de rectificar, son demasiado obtusos y pequeños. Lo peor es que la vamos a pagar tú y yo. Caro.
Cómo hablar con un político
Estatuas con pies de barro
Otros textos sobre política
Otras obras y artículos del mismo autor
