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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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«Cogí un picón»


La Biblioteca de Ángel Rosenblat, Tomo I, Estudios sobre el habla de Venezuela, Buenas y malas palabras,
Caracas: Monte Ávila
1987

Publicado originalmente en el Papel literario, de El Nacional, Caracas, 6 de diciembre de 1956

Hace años había en El Silencio un puente que el humorismo caraqueño bautizó con el nombre de Puente de los Picones. Allí permanecían en acecho ociosos adolescentes de todas las edades, mientas las pobres señoras subían y bajaban las escaleras, de tramos descubiertos.

El deporte no carece de riesgos. Un periódico de la mañana anuncia, con grandes titulares: «Le rompieron la cabeza por mirar un picón.» La información es completa: «Por el delito de mirar picones recibió feroz pedrada en la cabeza el joven G. A. P., de dieciséis años. En las cercanías de su residencia se detuvo para mirar a una muchacha sentada en la baranda de un tercer piso.» El joven de dieciséis años pasó de la vía contemplativa a la discursiva, y entonces la muchacha cogió una piedra y se la lanzó a la cabeza.

En 1946 ó 1947 hubo que hacer unas reparaciones en la planta alta del Capitolio, en el que funcionaba la Asamblea Nacional Constituyente. El público, y entre él el público femenino, en vez de ascender a las galerías tenía que permanecer en la planta baja. Entonces el Presidente, que era Andrés Eloy Blanco, improvisó una copla, casi dramática:

    Por vicio de construcción
    el Senado está de duelo,
    pues pa coger un picón
    hay que agacharse en el suelo.

La afición a los picones tiene tanta importancia sociológica que nuestro ensayista Ramón Escovar Salom publicó en la cuarta página de «El Nacional» un muy meditado artículo titulados «El picón en la historia». En él saca conclusiones de psicología colectiva: «un tan atrevido estilo de mirar como el picón tiene mucho que ver con la sensibilidad colectiva de algunos de nuestros países sudamericanos. El picón es un mirador furtivo, un ángulo secreto, un pliegue distraído por donde se mira y por donde se muestra». Lo estudia en su génesis histórica, junto con el rascabucheo, como dos síntomas de un fenómeno de «insatisfacción y subalimentación sexual». El picón le parece más castizo e ingenuo, «puesto que sólo se contenta con mirar». Y el mirar es a veces mínimo deber de cortesía.

Mínimo deber de cortesía, pero también puede ser mínimo deber de correspondencia. Pues no faltan damas jóvenes que lo ofrecen con complacencia generosa al subir a un vehículo, al sentarse, etc.: «Está dando un picón», «Está dando un piconzote».

¿De dónde viene ese picón? No tiene nada que ver con nuestros pájaros (los picones son especies de tucanes), ni con el contrapunteo llanero (Olivares Figueroa ha recogido décimas de picón), ni con el picón clásico, que era burla, zumba o chasco. Por ejemplo, «Cuando estás enojada me resuello, / cuando me das picones me refino…» Dar picones era, para ella, picar a uno con burlas o chanzas. Es uso frecuente en Cervantes (por ejemplo, en La comedia de la entretenida) y en Quevedo. Gracián dicen en el Criticón: «Dios nos libre de las picas en picones y de la artillería del artificio maldiciente.» Ya se ve que no tiene nada que ver con el picón venezolano. Y tampoco el siguiente uso de Baroja, en La feria de los discretos: «Pasaban hombres tiznados empujando un carrito y gritando: «¡Picón!…» Este picón es un tipo de carbón para los braseros.

Nuestro picón no tiene, pues, tradición hispánica. Aunque el hábito de coger picones se remonta a la prehistoria (parece que está asociado a la diabólica invención del vestido), la palabra es muy reciente entre nosotros. ¿De dónde viene entonces?

¡Oh, los caminos de las palabras son a veces inescrutables! El pecaminoso picón viene del inocente beisbol. En el beisbol se llama pick up la bola que al batear pega en el suelo; el jugador tiene que agacharse para recogerla, sin dejar de mirar al mismo tiempo para calcular su jugada con precisión. De ahí la expresión beisbolera «cogí un picón», con su terminación hispanizada. Del campo de juego pasó a la vida urbana, que es también campo de juegos variados. Hay en el beisbol otra expresión análoga, que ha tenido ocasionalmente el mismo desarrollo: «Cogí un flaicito» (flay, el inglés fly, es la pelota que se eleva al ser bateada). De ese modo picón y flay son de la misma familia, sólo que el flay es más bien un picón de altura.

Así surgió entre nosotros una expresión nueva, que ha venido a satisfacer una amplia necesidad expresiva. Nuestro picón se parece algo al cheese cake norteamericano, sólo que éste no es furtivo ni subrepticio, sino ostentoso. Pero es más bien lo que en Cuba llaman rascabucheo visual o de ojito, que puede ser simple y compuesto. Nuestro rascabucheo, en cambio, no es visual y corresponde al vulgar magreo español. Ya se ve que estamos en terreno de rica y constante creación verbal.

Del beisbol procede una rica terminación, que ha venido a enriquecer nuestro castellano de Venezuela. En primer lugar, jit y jonrón: «Su conferencia de ayer fue un jit» (hit es el batazo incogible, la pelota que el adversario no puede atrapar), «Fulano dio un jit con el ministro» (hizo una jugada, o una jugarreta, espléndida), «El reportero pegó un jonrón con esa crónica» (de home run, un batazo tan fuerte que el jugador tiene tiempo de recorrer las tres bases y volver a home, que es el punto de partida). Después las bases: «Me cogió fuera de base», suele decir el alumno cuando el profesor le coge desprevenido con una pregunta: «Yo tengo las bases llenas», contesta una muchacha a un nuevo pretendiente. Luego el fao (de foul, la pelota que sale bateada fuera del campo legal): «Fulano me resultó un fao» (un chasco), «Francisco es un fao, no sabe bailar», «Eso me lo quieren pasar por bueno, pero es un fao». Además, ponchar, que ha venido del beisbol cubano: «Al profesor lo poncharon ayer en el Torneo del saber» (no supo contestar la pregunta), «Te ponchaste» (es la forma de caerse o fracasar), «Le dieron un buen ponche», «Se tomó un ponche de tres yemas». O su equivalente estrocar(de struck out): «Me estrocaron» (me dejaron, cesante, me despidieron). Y también se dice: «Me pasaron un estray». «Yo no me esperaba ese estray» (una pregunta imprevista, en un examen). El catcher es, sin duda, figura importante del juego: «Es un tronco de quécher», se dice del golillero, del que se deja convidar y nunca paga (lo atrapa todo), «Le quechamos una media jarra», cuando a un tacaño le hacemos pagar una cerveza. Pero la figura cumbre es el pitcher, que ha sustituido al antiguo pagano: «¿Quién va a pichar esta noche?» o «Píchame una cerveza». Y luego vienen los elogios: «¡Tiene un buen brazo!» Ya se ve que Carrasquel y Davalillo están llamados a incorporarse pronto a nuestra Academia Venezolana de la Lengua.

El picón no está, pues, solo. Pero ya antes del beisbol la misma palabra pick up tenía su historia venezolana. El pick up es el fonocaptor de radios y victrolas. Como llegó en época de galicismo imperante, se afrancesó entre nosotros y todo el mundo dijo picot. De ahí se formó, humorísticamente, picoteo y picotear. Una chica pregunta:

—¿Fué con música la fiesta?
Y la otra contesta, un poco displicente:'
—No, chica; un picoteo.
O bien:
—¡Qué va! Con Luis Alfonso Picot.

El picón y el picoteo proceden los dos, por vías distintas y en usos también distintos, de pick up. La lengua tomó la palabra extraña y la elaboró de acuerdo con las propias necesidades expresivas. El pick up será inglés o norteamericano, pero ¿quién puede discutir el carácter venezolano del picón y del picoteo?

Coedición con
MonteAvila Editores


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