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Aldebarán: aproximación periférica a una poemática de lo insondable Miércoles 18 de octubre de 2000 Ya lo he afirmado en otras ocasiones; Alejandro Bruzual es un poeta extraño. extrañísimo, he de acotarlo de una buena vez. Su voz posee el timbre de una singularidad estremecedora. Ahora que he realizado el recorrido de una peculiar trayectoria de lectura de sus textos, advierto y me cercioro con mayor entusiasmo, lo que se me vislumbraba desde «Las exequias de la flor». La poesía contenida en el libro (inédito) Aldebarán (1993-1995) de Alejandro Bruzual, es una poesía de ceñido rigor expresivo, una poesía que por fulgurantes momentos alcanza cotas de cimeras magnanimidades y de excelencias inobjetables. No es escándalo, no es estridencia ni exageración de mi parte al afirmar (puede Usted confirmarlo leyéndolo) que Alejandro Bruzual viene edificando un corpus poético que la Crítica Literaria no ha ponderado con suficiente justeza en su exacta dimensión estética y literaria. Aldebarán es un libro impregnado de rutilantes excelencias léxicas, de sonoridades definitivas y fulminantes, de impecables enunciaciones y proposiciones poéticas cuya calidad y elevada factura es indeclinable. Arquitectónicamente el libro está estructurado en forma de tres cuadernillos coherentemente hilvanados por una treintena de poemas que postulan una radical o sutil tematización del amor y el desamor, de la idea y la credulidad como rasgos distintivos que caracterizan a la especie humana; como dicen los filósofos, al humano ser. Aldebarán es un lago y sostenido (dilatado) canto segmentado por una «respiración» entrecortada que nos habla de la renuncia, de laperspectiva libre y libertaria que ostenta una poesía que se reclama lejos de la corte y de los cortesanos. Bruzual no escatima esfuerzos para obsequiarle a sus lectores una visión nómada, errabunda y desasosegada de la escritura poética. ¿Acaso el epígrafe que viene rubricado non el nombre del poeta de Salónica Konstantino Cavafy, no confirma nuestra inhipotecable intuición? Dice: Acaso la luz sea un nuevo tormento Ciertamente, la luz, o sea; el conocimiento, es fuente de suplicios y de padecimientos inconmensurables. Alejandro Bruzual refrenda su poemario haciéndonos comprender que la tesaurización desaforada del conocimiento nos conduce inexorablemente a «morder el polvo» de una ciencia sin conciencia y ya sabemos, por Rabelais que «la ciencia sin conciencia es la ruina del alma». Este libro de Bruzual es profundamente iluminador; alumbra pero no encandila, porque nos proporciona una serena sabiduría extraída de una sensibilidad poco común en tiempos de fetichismo mercantil y de reificación objetual. Vivimos días de no-poesía y precisamente he allí el valor y la trascendencia de este libro de poesía pura. Aldebarán es un navegante de constelaciones corporeizadas, de corporalidades arborescentes; se trata de una cascada de metáforas electrizantes que mueven y conmueven zonas neurálgicas de nuestro ser de lectores insatisfechos, voraces, insaciables. Un libro que se aviene a nuestra condición de lector exigente que pretendemos ser. Se trata de un libro exigente y por lo mismo plural, un libro que resguarda muchos otros libros dentro de sí. Libro palimpsesto si se permite el atrevimiento o la osadía adjetival. Hay poemas en este libro de Bruzual que semejan una Oración prostibularia, un hetairismo santificado, hay versos que nos dicen de un emputecimiento sacramental orlado por iridiscencias verbales de acertadísimo valor poético. El lector puede ir de una orilla ; de la guerra al amor, del hacha y el laúd. Bruzual atisba enigmas y su palabra «resuelve» la cuadratura del círculo. Una contradicción complementaria; un desgarramiento que emancipa los sentidos del lector que busca con particular denuedo y fruición la salida feliz del laberinto de la palabra que enaltece y libera. La escritura poética de Alejandro Bruzual suele escarbar hondo de modo implacable en los abismos del ser; va a las capas profundas más insospechadas de la humana existencia. Es una escritura abisal, una sima vertiginosa de escalofriante belleza. Además, reconforta con creces leer una poesía «anárquica» «ácrata», insumisa, heterodoxa. En todo caso, la doxografía poética de Bruzual insurge, cual irrupción volcánica, portadora de un sentido libérrimo e indomable. Bruzual flagela con el látigo a los poetastros genuflexos y vendido al poder: Tú El escritor fustiga sin tregua a los aedas conversos, a los poetas arrepentidos de su «gloriosa» estirpe, a quienes abominan de su genealogía, a quienes se apenan de su linaje; despelleja vivos a quienes comieron vidrio molido y hoy fungen de adulantes palaciegos, de poetas oficiales y oficialistas. Maldice a los escribas tarifados, a los mercenarios tinterilleros y crematísticos de la nomenclatura gubernativa. Alejandro Bruzual es nuestro José Revueltas de la poesía venezolana de la última generación mutatis mutandi. Pero no solo hay incendios magnánimos de inusitada irreverencia y de contracultura de antipoder en este libro; también podemos encontrar un intensísimo erotismo de una singularísima belleza que es imposible no tatuarse en la sensibilidad, en la memoria, en la conciencia, en el patrimonio cultural que vamos atesorando los lectores que solemos leer auténtica poesía.
Rafael Rattia es Historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA. |
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