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Sección: Bitblioteca
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«Ella era una blanca Beatriz...» Jueves 30 de agosto de 2000 Justamente, el Domingo 30 de Julio, el diario El Nacional cumpliendo con su ininterrumpida tradición cincuentenaria nos obsequió a los lectores el cuento ganador correspondiente al presente año cuyo autor es el psiquiatra y escritor de origen uruguayo José Antonio Sáenz Astort. Sin más preámbulo vamos, de seguidas, a disfrutar de su grata y placentera lectura. Una mítica frase de raigambre heracliteana inicia este brillante cuento de José Antonio Sáenz titulado de modo atractivamente sugerente Beatrice, no desnuda boca arriba; la frase harto conocida por todos dice textualmente: «El tiempo es un niño que juega a los dados». Esta impresionante metáfora del filósofo de Efeso nos proporciona la medida de una honda reflexión literaria acerca del tiempo como símil del río incesante de la memoria como recurso privilegiado del contar; la memoria como veta insustituible del relato, la recurrencia a los vericuetos del recuerdo como materia fundante del arte del narrar es rasgo distintivo de este afortunado relato que logró imponerse a un total de 756 cuentos. La historia de Beatriz, o de Beatrice como la prefiere llamar el autor y la relación amorosa entre ella y Carlos Alberto y Ernesto convincentemente «tejida» por la persuasiva escritura del narrador se ambienta en espacios múltiples como «la ciudad eterna», también llamada «ciudad del hombre» por el escritor, la estación del Metro del Museo de Bellas Artes, el Café del Museo de Arte Contemporáneo, un atardecer mortecino en la playa de Macuto, la eternamente bella Florencia. Ese ménage à trois entre Beatriz, Carlos Alberto y Ernesto me recuerda la película de Mauricio Walenstrein, La máxima felicidad, una trilogía amorosa en medio del suicidio y la desmemoria, la literatura de Juan Carlos Onetti y de Vicente Gerbasi. Este cuento de José Antonio Sáenz, escrito en la alta madrugada, a juzgar por su confesional secreto, hace honor a la lapidaria frase poética de Vicente Gerbasi: «Venimos de la noche y hacia la noche vamos», frase trocada parafrásticamente por Sáenz en esta otra: «Venimos de la muerte y hacia la muerte vamos». El autor de este conmovedor cuento dialectiza impecablemente la tensa y expresiva relación existencial bio-tanática por llamarla de alguna manera freudiana. En este relato de brillante esplendor sugestivo se advierte mucho lirismo discretamente expresado entre la selva de párrafos que organiza el cuento como totalidad. Un envidiable fluir narrativo se deja leer sin mucha dificultad hasta el punto de quedar literalmente atrapado en el gozo laberinto de su lectura. Una exacta dosis poética destila las casi seis cuartillas de este cuento. El escritor, psiquiatra de profesión, escarba entre los escombros de las turbias y ansiosas psiques de sus personajes heridos por el rencor y la indolencia de sus recuerdos impregnados «con resabio a naftalina» y nos entrega a una Beatrice «modelo de amante compartida, desgarrada en jirones que se reparten» entre Ernesto y Carlos Alberto. No hay dudas de ninguna índole, la destreza en el contar puesta de manifiesto por la prosa del narrador configura una relato donde el narrador mantiene hasta el final su carácter omnisciente e incorpora al narratario a una secreta complicidad en la historia de marras. El autor sabiéndose experto conocedor de las técnicas de la cuentística interrumpe el hilo temporal del relato más o menos a la altura de la mitad de la historia y deja en el ánimo del lector una «desagradable sensación de desconcierto para, de seguidas, restablecer la continuidad de la narración como si fuéramos volando en un avión y repentinamente entráramos en un vacío para salir de inmediato a la normalidad del discurso expositivo. Una suite de hotel y cuartilla y media de escritura bastan al narrador para entregarnos a los lectores un carnaval de sudor y saliva, un ardoroso y abrasivo coito capaz de subsumir en el paroxismo imaginativo al más desprevenido lector. El discurso narrativo de Sáenz es casi un cinematógrafo en pleno despliegue de ígneas imágenes de impresionantes resonancias descriptivas que proporciona una grata identificación del lector con la historia que ocupa nuestra atención crítica de lectores atentos a la buena literatura; no otra pretensión tenemos.
Rafael Rattia es Historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.
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