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La ideología sin bienestar 20 de marzo de 2000 Lo que a continuación voy a afirmar categóricamente no admite revocatoria como evidencia: Una nación que se precipita ciegamente por los derroteros del adoctrinamiento ideologizante, sus expectativas de vida comienzan a derrumbarse de manera indefectible a ojos vista. Observe usted, respetado lector, los patéticos casos que verbigracia ilustran mi aserto: Cuba, Afganistán, Libia, la tristemente célebre Nicaragua sandinista, son países donde importa más el concepto de patria que la patria misma, el constructo abstracto de soberanía que el hecho soberano, la idolatría cuasiteológica al gran «Santón», el mesías-caudillo-redentor, cívico militar en vez del protagonismo democrático-popular de las «mayorías silenciosas» como las llama Jean Baudrillard. Venezuela vive actualmente un momento histórico (¿histérico?) caracterizado por una abrupta y obsecuente efervescencia doctrinaria y doctrinarista signada por la grosera hegemonía de un intragable pastiche de conceptos absolutamente anacrónicos, sin conexión sensata con la realidad presente. La neurótica manía de querer «revivir» a Simón Bolívar a cuenta de lo que sea lo único que ha traído, como contrapartida dialéctica, es la proliferación de «próceres impresos» devaluados sin ningún poder adquisitivo. Nuestro país marcha vertiginosamente y sin freno, como una locomotora hacia el abismo, por el torbellino de una bochornosa catequesis revolucionaria de nuevo cuño en la cual resalta la emergencia a la escena pública de delirantes zombies «patria o muerte» capaces de inmolarse, cuales kamikases de la revolución, en nombre de esos pastosos «ideales» con dos siglos de atraso. Empero, el caso es que si usted no aplaude acríticamente tales aberraciones fundamentalistas de lo mínimo que puede ser acusado es de «traidor a la patria». Así opera el chantaje ideologizador, con el sempiterno falso dilema revolucionarista de siempre, el mismo ritornello apologético gubernativo: los buenos son revolucionarios, los malos son contrarevolucionarios. La revolución es el paradigma inmaculado de la dignidad y la salvación de la patria; la contrarrevolución como dicotomía antitética es el retroceso, el atraso, la basura, la traición y el infaltable puntofijismo. ¡Qué fastidio!, ¿no hay otra cinta, chamo? Total, lo que se busca es el mismo objetivo: volver a dividir al país en dos polos opuestos, irreductibles e irreconciliables. Se trata de la misma fórmula de todo régimen intolerante, autoritario y antidemocrático. O estás conmigo eufemísticamente, con el proyecto o estás contra mí y, en consecuencia, eres un pérfido antipatriota y te sale paredón. Así de simple. No hay escapatoria, nos quieren encerrar en un callejón sin salida, o mejor dicho, en una falsa encrucijada: «Izquierda» o «Derecha». A juzgar por la evidencia incontestable de todos los días, la nefasta partidocracia de los vilipendiados cuarenta años sólo ha cambiado de traje. Arias Cárdenas lo ha dicho de manera tajante como para que no quepa duda: Se trata del «mismo viejo con diferente cachimbo». Por supuesto con la novedosa guinda de rigor; antes el régimen era malignamente bipartidista, ahora es benignamente unipartidista. Como las toallitas tess; como si en Cuba.
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA. |
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