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Escritura y esquizofrenia 25 de enero de 2000 «Yo soy la materia de mi obra» A veces uno se sienta al frente de la pantalla de la computadora a escribir sin saber, a ciencia cierta, qué es lo que uno quiere confesar al espacio en blanco del ordenador; ese fondo sin fondo que semeja un agujero negro del espacio en blanco de la página. No sé exactamente cómo operan los mecanismos psíquicos y anímicos de un escritor a la hora de sentarse a escribir sus escrituras, pero mi caso es particularmente sui generis. Comienzo con un cierto leve «desarreglo de los sentidos» (Rimbaud dixit) y con una cierta perturbación de mi racionalidad logocéntrica. El caso es que, ya imbuido en el vértigo de ese extraño proceso mental, atisbo a discernir una relación intrínseca e inextricable entre pulsiones psicosomáticas y anatomofisiológicas y reacciones ratiomnémicas y epistemo-cognitivas. Particularmente, desconfío de esos escritores insípidos que se regodean solipsistamente en una realidad escindida del yo y de sus múltiples corolarios que lo nombran. Para escribir con autenticidad, ¿se puede escribir de otro modo?, necesito sumergirme en una especie de noche ontológica de mis angustias y desesperaciones. No me embarga ningún tipo de pudor confesarle a quien me lea que mi escritura es una manifestación casi sanguínea. Me explico: Me dispongo a escribir después que experimento un ligero dictamen que mi incorregible imaginación se empeña en expresar. Por supuesto, esto no tiene nada que ver con la publicación o no del resultado de esa intransferible y única experiencia. Un extraño proceso de alquimia mental de la razón otra se hace presente en el momento menos esperado; no es cuestión de fetichismos ni nada que se le parezca. No se trata de la manoseada musa o de la socorrida inspiración poética que, según tenemos entendido, padecían los escritores del romanticismo europeo del siglo XVIII. Pienso más bien que la escritura, como elevada manifestación del espíritu, es una particular expresión deseante de una cierta manera de estar en el mundo, vista desde una por qué no decirlo singular «psicopatología» del espíritu, según aquella feliz frase hegeliana. La crítica genética tiene un amplio, y aún no suficientemente explorado, campo de incursiones y competencias performativas neurolinguísticas que esperan por desarrollos de mayor espectro investigativo. También el Psicoanálisis de raigambre lacaniana se ha ocupado, desde su aparición, de hermenéutica intra e interdiscursivas. Si una escritura, pienso, no es el legítimo resultado de una profunda vivencia existencial ¿valdría la pena tenerla por tal?. La escritura genuina, esa que no hace trampas semióticas ni artilugios semánticos para justificarse, se reconoce por transmitir un no sé qué que revela capas imposibles de sentido alojadas en las simas abyectas o gloriosas de nuestra dichosa o desdichada consciencia. Conozco casos de patetismo escritural en la historia de las letras venezolanas sobresalientes por su atrevido escándalo. Escritores que forjaron una obra fundacional extraída de los abismos insondables de lo que Cioran gustó en llamar «ese maldito yo». Porque, si no nos engañamos, la esencia de la naturaleza humana hay que buscarla en los alcantarillados del alma tímida y blasfema de homo sapiens y ello no es ninguna invocación antropologicista; es, por el contrario, una constatación pesimista de la lamentable tragedia nada metafórica que porta y comporta en sí misma la humanidad pensante. Si usted ha leído las delirantes estridencias onomatopéyicas que nos legó Antonin Artaud, escritas a propósito de sus inigualables experiencias con los Taraumaras en México, entonces podrá advertir (y comprender) el sentido de eso que el genio francés Rimbaud denominó «el desarreglo de todos los sentidos», conditio sine qua non para la creación de una original y formidable estética verbal. Esta problemática de crisis del sentido que desde hace largos siglos sacude los cimientos del pensar está asociada a una expresa intención de tomar distancia de la «pureza ética» y del «dogmatismo moralista» que rige no pocos procesos intelectuales del acto creador. De allí que si uno quiere expresar los límites del sentido debe estar dispuesto a renunciar a ciertos esquematismos axiológicos legitimadores de los hábitos valorativos que gobiernan nuestro pensar. Se impone, por tanto, (ello es opcional, por supuesto) abrir las esclusas de la riqueza espiritual adormilada en nuestra nocturnidad yoica. Tolerar nuestras alteridades, las otredades; coexistir con las diversidades que somos, porque somos, obviamente, una unidad plural; aprender a caminar con el fardo ineludible de nuestras complejidades crecientes sobre nuestros hombros sin que ello signifique una insoportable tarea de Sísifo. He allí el busilis.
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA. |
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