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La palabra y su fulgor

Sábado 6 de enero de 2001

El verbo empalabrante, al igual que otros lenguajes humanos, también posee sus misterios irresolubles, sus enigmas insondables como toda realidad viva, compleja, dinámica. Así como el escultor talla y modela un lenguaje hecho de formas y estructuras volumétricas, perspectivas y proposiciones sensitivas que sugieren mundos autónomos determinados por un singular gusto; así también el poeta labra el verbo de tal forma que, de tanto extraerle el sentido último a la palabra ésta adquiere resonancias impresionantes hasta alcanzar brillos asombrosos que nos anonadan y nos sumergen en estados de metafísico encantamiento. La experiencia lingüística es una experiencia que comparte asombros y descubrimientos gozosos con esas otras fronteras expresivas que rozan el campo de la música, de la pintura, en fin, de la imagen y del movimiento. Homo poeticus se afana y se desvive hasta el colmo de los límites tolerables por darle al lenguaje una vigorosidad humilde y sin estridencias. Quien elige la palabra, oral o escrita, como materia prima para su diario trasegar en tanto oficio fundamental de su quehacer humano, debe estar consciente de los riesgos e implicancias que ello comporta como experiencia certera o fallida en el arte de decir lo indecible, de pronunciar lo impronunciable, de nombrar el misterio y lo inconmensurable. La palabra es inmersión intangible de aprehensibilidad de los pálpitos y corazonadas que emanan de la noche ontológica del alma sensible del ser que vive y se desvive por darle alcance al polimorfismo que comporta toda palabra. Fraguar una idea ya implica poner en relación la forma y el significado de una estructura que, una vez concebida, exige constantes modelizaciones. La palabra es una realidad escurridiza y ubicua; nunca se deja someter por la terquedad del ser que la pronuncia o la escribe. Y dependiendo de quien la enuncie, la palabra adquirirá vibrátil conmoción o inaudito brillo, o por el contrario; su gelidez indiferente no alcanzará a transmitir el calorcillo necesario capaz de mover las fibras más sensibles de una persona que escuche o lea una unidad mínima de lenguaje.

Cuando la palabra es el natural resultado de una experiencia definitiva y fundamental es imposible que ella no cause en quien la profiera o se impregne de ella por la lectura estados de febrilidad perturbadora. La palabra, se ha dicho hasta la saciedad perogrullesca, es portadora de salutífero bienestar o de tantálica tortura insufrible. Por la palabra —se va a la ciudad doliente, al eterno dolor— como diría el florentino universal. También por la palabra se habita la más indescriptible maravilla paradisíaca; por ella y en ella nos metamorfoseamos y somos la antinomia de lo que creemos ser en determinados momentos de nuestra existencia. Gracias a la palabra somos un compendio de verdades o de promesas en tránsito de verificación. Por la palabra, no solamente por la palabra poética, nuestras dudas se cuestionan a sí mismas formando una cadena inagotable de preguntas y de respuestas que no cesan nunca de explicitarse en nuestra sensibilidad de escuchas o de lectores. Merced a la palabra somos más que una simple entidad nominativa y podemos oxigenar vitalmente un cuerpo de dichos que nos definen y nos vivifican en la más amplia acepción existencial.

Ciertamente, una palabra puede derrumbarte como un muro derruido y en ruinas que nos habla de una pérdida absoluta. Una palabra puede sembrar en ti una esperanza capaz de levantarte hasta alturas egipcíacas y gloriosas. Una frase, ¡una sola y única frase!, surgida de los intersticios más hondos del alma, venida de los socavones del auténtico ser religado consigo mismo, es capaz de revivirte, de devolverte la sonrisa perdida, de restaurarte la lozanía de una esperanza extraviada en los torcidos senderos de nuestra accidentada existencia. De allí la intrínseca condición bifronte de la palabra que anochece y amanece pero que brilla en el fulgor del mediodía del sentido. 


Rafael Rattia en La BitBlioteca

Rafael Rattia es Historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.

http://usuarios.iponet.es/casinada/xrattia.htm


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