Cuando, dentro de unos veinte años, nuestros jóvenes estudiantes de bachillerato y Educación Media y Diversificada, tengan que estudiar, analizar e interpretar, el período que hoy unos y otros denominan, indistintamente, chavista, no va a ser posible evadir la reflexión acerca del carácter doctrinarista, casi evangélico, que los líderes de ese período histórico imprimieron a tal época sociopolítica. Los historiadores tal vez rocen títulos como «la secularización de la edad sectaria»; quizás haya que saltarse la periodización política tradicional por razones que a continuación voy a esbozar en el presente artículo.
El siglo XIX venezolano fue un siglo impregnado de montoneras, espíritu levantisco, caudillaje y demás taras culturales de las cuales no podemos sentirnos muy orgullosos que digamos. Mientras Europa se desangraba en conflagraciones intestinas y en revoluciones políticas por crear su Estado Nacional, hacia 1848; Venezuela era una frágil entidad política atenazada por levantamientos regionales de diversa índole y por perfidias y traiciones recíprocas entre liberales y conservadores.
Casi doscientos años después de aquellas gestas libertarias, independentistas, emancipatorias de la Primera República, henos aquí, venezolanos herederos de una indoblegable tradición republicana, postrados de nuevo ante el secular fantasma del virus revolucionarista; la obsesión enfermiza del transformacionismo libertador al estilo ejército patriota siglo XIX ha ido, lentamente pero de manera firme y obsecuente, forjando una peligrosa legión de iluminados provistos del don de la profecía.
Quienes llevan el estandarte rojinegro de la esperpéntica «V República-bolivariana» son los propagadores por antonomasia de una odiosa y abominable ideología del rencor y de la venganza social que desde que desató sus esclusas no se le ve fin ni límites. Cuando los historiadores, formados en democracia, creíamos superada esa lamentable y oscura época neocolonial representada por el caudillo pre-moderno
Cipriano Castro, reaparece en nuestro horizonte cultural una nueva lepra ideológica que corroe las entrañas de los cimientos históricos de la nacionalidad venezolana; un disolvente ardor fundamentalista se apodera de una nación pulverizando y volviendo añicos los fundamentos socioculturales de la
identidad nacional. A poco que miremos a nuestro alrededor observaremos, no sin cierto estupor, la escisión insalvable que atraviesa de Norte a Sur y de Este a Oeste a Venezuela como una dolorosa herida en la piel de su conciencia: el país se ha ido dividiendo en
furibundos chavistas y en
coléricos antichavistas.
Obviamente, los primeros gozan de la literal impunidad política que les brinda el grosero ejercicio discrecional del poder absoluto y absolutista. En Venezuela existen dos febrilidades igualmente lesivas a la salud psíquica y cultural de la nación: el
chavismo y el miquilenismo; éste último espléndida y magistralmente conceptualizado por el incisivo y lúcido intelectual venezolano
Roberto Hernández Montoya. ¿Será que quienes timonean la
navis stultifera del poder no poseen la suficiente virtud autocrítica como para enmendar los entuertos que ha conducido al país abatirse entre Scila y Caribdis?
Quienes se autoproclaman orgullosamente como los inmaculados y ungidos líderes del proceso revolucionario venezolano no pueden reparar, quizás por ceguera dogmática o sectarismo esquizoide, en que la única forma de llevar a feliz término los insoslayables cambios que exige a gritos el país es convocando a quienes disienten, a las voces heterodoxas, a las voluntades escépticas e incrédulas, a los sectores librepensadores, a en fin TODOS los venezolanos, sin excepción. Una gran cruzada nacional incluyente de reconciliación política y social es, a todas luces, condición sine qua non para salir del pantano en que se encuentra atascada la máquina territorial.