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Sección: Bitblioteca
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Una poética de lo infinito 17 de mayo de 2000 Como toda re-lectura que se precie, este segundo abordaje (gozo y placer) que acometemos de Los trabajos interminables de la excelente poeta María Antonieta Flores, nos depara no pocas sorpresas inusitadas. En efecto, la poesía genuina, impregnada de autenticidad por su originalidad, jamás se agota en sí misma si no que se distiende hacia y más allá de posibilidades perceptivas siempre nuevas e innovadoras. Esto precisamente es lo que sucede con la poesía de la joven poeta y ensayista venezolana María Antonieta Flores. Una continua sensación de descubrimiento nos embarga a los lectores cada vez que entramos en contacto visual, mnémico, sensitivo con los textos reunidos en Los trabajos interminables. Un sutil y levísimo registro baudelaireano se deja percibir al nomás abrir uno el libro y leer con inaudito regocijo un bellísimo poeta que inaugura el libro al modo de insustituible epígrafe sobre la ubicuidad de la Belleza. La autora de estos Trabajos interminables es desafiante desde la primera página de su osada aventura literaria; ella sabe que el poema es una premonición, intuye que la absoluta perfección de la palabra poética es un sui géneris estado del espíritu en una especie de fuga hacia delante. No otra cosa advierte el lector si fija su atención en esa terca y denodada anhelación de la poeta cuando profiere con discreto sigilo: Si yo pudiera ser [...] La piedra y la flor, como si dijéramos la abyección y la sacralidad. Inextricable relación de dialecticidad es la que nos propone la poeta mediante la puesta en escena en la página en blanco de aparentes extremos que al ser asimilados por el lector produce eso que la misma autora llama «la serena virtud del misterio». Flores teje con innegable maestría una hilvanación de sentidos que al cruzarse con impecable expresión poética alcanza el más grande logro al que puede aspirar un poeta: la extracción de la piedra de la belleza desde los ignotos abismos del ser. Mientras la mayoría de nuestros poetas venezolanos del presente se zambullen en las turbias aguas amnióticas de un pasado irremediable para fundar un reino de lenguaje, María Antonieta Flores rasga el espeso velo de inquietante silencio que exhibe la poesía venezolana de este momento y con hiriente convicción iza su poemática de melancólica esperanza en el poder demiúrgico del verbo poético. Por ejemplo, con un raro fulgor metafórico la escritora trueca la fugitiva instantaneidad de una visión en una no menos extraña infinitud únicamente posible si la acompañamos en su intenso itinerario a los oscuros y luminosos socavones de la memoria poética que ostentan sus imprescindibles textos. Todos los que padecemos «el inconveniente de haber nacido» Cioran dixit sabemos de sobra que todo futuro tiende a degradarse, se presentiza, por obra de una irreparable ineluctabilidad; «lo que un día fue no será» y lo que no ha sido, indefectiblemente, será; así sea en el «inexpugnable» paraíso de la imaginación. El futuro se desgasta y se convierte en silencio, pese a nosotros, o mejor, en virtud de nuestra deliberada intrusión. La poeta nos trae las noticias de ese futuro aún no devenido. Los trabajos interminables son una prueba fehaciente de esta afirmación.
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.
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