La suspensión de las famosísimas y nunca efectuadas mega-elecciones ha dislocado los análisis y las opiniones de expertos y especialistas mediáticos en materia política y en coyunturalismo circunstancialista. El fiasco vertido sobre la conciencia ingenua de una nación que se resiste a creer lo que ha sucedido ha rebasado las expectativas de los sectores más escépticos; el estupor y la incredulidad se ha apoderado aún más de las calenturientas mentes «reflexivas» y «analíticas» que pueblan las más respetadas «trincheras» de opinión pública nacional. Prácticamente nadie sabe hacia dónde se orienta la brújula de este hervidero de interrogantes que salta a borbotones en la ansiosa y sedienta conciencia nacional.
Cada sector pugna por no perder beligerancia, cada institución, con más o menos influencia en la vida pública venezolana, resguarda con celo extremo su protagonismo. Las voces tradicionales y las no tan nuevas se tensan en una tirante relación de extraño antagonismo que pone en entredicho a cada momento la existencia de una Carta Magna que rija consensualmente la vida pública nacional. Todos los sectores políticos fijan posición; unos más radicales que otros; todos se expresan de viva voz a través de los múltiples escenarios mediáticos disponibles, mientras que la realidad política transcurre con una velocidad de vértigo que todo lo arrastra a su paso. Así henos aquí frente a un nuevo umbral electoral que genera más expectativas y suspicacias que el recién suspendido proceso comicial. Tal pareciera que Venezuela estuviera viviendo una hora de estruendosas definiciones o que estuviéramos dejando «atrás» un ciclo histórico y «abriendo» una «nueva era», no necesariamente más democrática ni más tolerante. Afortunadamente la temperatura de la fiebre electorera ha bajado un poco y el vendaval de dicterios y anatemas recíprocos ha amainado por unos días producto de esta tregua forzada «dictada» por el miquilenismo al mejor estilo alfarista del denigrado puntofijismo. No obstante, actores políticos fundamentales de la próxima contienda electoral se disponen a recargar sus baterías y a recoger su arsenal de plomo parejo para la inminente ofensiva que no ha de tardar en desatarse. Mientras en país contempla el triste espectáculo de violencia semántica y agresiones físicas, la cacareada transitoriedad de los poderes públicos se prolonga agónicamente con una repugnante discrecionalidad «legalizando» el desasosiego y la incertidumbre jurídica, política e institucional jamás vista en la historia republicana de Venezuela.