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Sección: Bitblioteca
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Rafael Arráiz Lucca: La fascinación del ensayo literario 26 de diciembre de 1999 Acabo de terminar la gratificante y placentera lectura del fascinante libro de Ensayos literarios del joven poeta, narrador y ensayista venezolano Rafael Arráiz Lucca, titulado El recuerdo de Venecia y otros ensayos. Editorial Sentido, Caracas, Venezuela, 1999, 138 páginas. Se trata de una meticulosa y acertada selección de ensayos literarios que el escritor había venido escribiendo a lo largo de estos últimos años de su prolífica y agitada actividad literaria tanto en Venezuela como en el extranjero. Aquí está plenamente retratado el vigoroso ensayista que es Arráiz fruto de esa pasión que identifica al incansable lector que presume ser. El recuerdo... es una magnífico tetrálogo que consta de 24 densos ensayos que a ratos nos dan la impresión de estar leyendo al agudo articulista que es el escritor, en otros momentos sentimos que tenemos ante nuestros ávidos ojos de lector a un incisivo crítico literario, y momentos sentimos en que asistimos a una magistral exposición didáctica del cronista que también es el poeta y ensayista caraqueño. Sin más preámbulos, y prescindiendo de los vericuetos y el poco usual itinerario que hube de recorrer para acceder a la lectura de esta antología de ensayos, entro a compartir mis impresiones de mi aventura lectora. Extraigo los cuatro elementos que el escritor considera fundamental para acometer la tarea literaria: «Deseo, placer, entusiasmo y amor». Sin estos ingredientes previamente instalados en la estructura anímica e intelectual del autor es poco menos que imposible llevar adelante la, juntamente, gozosa y tortuosa labor de escribir. Desde el prólogo mismo de este singular libro de ejercicios ensayísticos el escritor nos advierte su impagable deuda intelectual con el poeta Rilke y con el filósofo francés Michel de Montaigne. Es bueno eso que el autor nos diga sus filiaciones predilectas, pues así nos ayuda, a nosotros sus lectores cautivos, a comprender sus secretas identidades y sus sutiles y no siempre perceptibles afinidades sensitivas y estéticas. Así, repito, comprendemos la poderosa influencia que ejerce la poesía y la filosofía en la formación intelectual de Arráiz. Decía el creador de los Essais: «Yo mismo soy la materia de mi obra» y esto parece haberlo comprendido Arráiz en toda su plenitud. El autor de El recuerdo de Venecia... lee y relee de manera continua e insaciable; nos confiesa su terco hábito de leer con irregular fruición y extraña vehemencia. Es tal la pasión del lector cuando se enamora de un libro que si no fuera por (confiesa el ensayista) la fisiológica necesidad de dormir, éste leyera durante las 24 horas del día. Lectores así, paradigmáticos, es que necesitamos en Venezuela; si en este país 30% de su población leyera como lee Arráiz, fuéramos un país indiscutiblemente distinto, radicalmente otro, más humano, más sensible, solidario, menos taimado y más emprendedores; en suma más libre. Este libro actúa en nosotros como una salutísfera terapia balsámica; nos ayuda a no tener miedo de confesar nuestras debilidades como seres-lectores expuestos naturalmente a falibilidades y a yerros propios de un país en gestación que busca denodadamente los senderos que insinúen los horizontes de sus identidades individuales y colectivas. Un lapidario epígrafe de José Ignacio Cabrujas colocado, por allá, discretamente, en el comienzo del tercer episodio del libro nos indica la búsqueda afanosa de lo que aspiramos ser como nación. Me impresiona la franqueza con que Arráiz Lucca narra la imborrable huella que dejó en su sensibilidad de lector la conmovedora experiencia de la lectura de El libro tibetano de la vida y de la muerte del maestro budista Sogyal Rimpoché, la insobornable insistencia en encontrar el libro no da la medida del obsesivo lector irreductible que es Arráiz. Pienso que, a juzgar por mi corta experiencia de lector, los libros vienen a uno y se nos descubren en su momento, salvo contadas y extrañas excepciones; siempre habrá esa misteriosa excepción que nos sumerja en esa peculiar estupefacción literaria. En realidad no sé como explicar esto. Paso. El ensayo de Arráiz sobre Émile Michel Cioran me despertó vivamente, con inusitado fasto celebratorio y revitalizado regocijo intelectual, el recuerdo de mis ígneas e inhipotecables lecturas del insomne de Rasinari. En un país poseído por el sarampión del optimismo ciego, alucinante, es raro que un intelectual de primera fila se ocupe de leer morigeradamente a quien nunca supo de límites ni de sindéresis en el pensar. Como me hubiera gustado que Rafael Arráiz descubriera a Cioran por esa suma blasfema, herética y heterodoxa que es el Breviario de podredumbre (hay una versión española en editorial Taurus). No obstante, la visión que nos presenta Arráiz de Cioran es ciertamente una visón bastante íntegra, podría decir que resume casi completo el abanico de obsesiones temáticas que mantuvieron al rumano en vela. Rafael comenzó leyendo al Cioran de Sologismos de la amargura y terminó modificando su percepción de las ideas fundamentales de uno de los más grandes «moralistas», en el sentido dieciochesco que comporta el término, que ha dado el siglo XX. Del primer contacto con Cioran, estigma prejuiciado mediante, al último y estimulante encuentro con el archimandrita del aforismo, nos dice Arráiz, pasaron por su caja craneana no pocos volúmenes. Me imagino que son legión los incontables libros que se han dejado devorar por este audaz e inteligente escritor caraqueño. Ciertamente, quien haya leído las Conversaciones con E.M.Cioran, jamás podrá volver a ser el mismo que era antes de su lectura. Se trata de una lectura definitiva que trae consigo consecuencias inevitables; paradójicamente, leer al king of pesimist te inocula una savia confortante que ayuda a soportar más estoicamente el tedio de estos días finiseculares. El ensayista venezolano queda extasiado con lecturas terribles como las Memorias de Bioy Casares, los cuentos de García Márquez, las narraciones de Julio Verne, las peripecias y tribulaciones de El Quijote de la Mancha, la atormentada vida de Raimond Carver y se pasea, muy orondo y conocedor, como el que más, por el itinerario vital e intelectual de grandes tótems de nuestras letras nacionales. Tal los emblemáticos casos de Fernando Paz Castillo, Lisandro Alvarado, Arístides Rojas, Oswaldo Trejo. En fin, pienso que con este sólido y vigoroso cuerpo de ensayos literarios, Arráiz alcanza cotas elevadísimas dentro del amplio panorama de las letras venezolanas e hispanoamericanas proporcionándonos a sus fieles lectores la grata sensación de tener entre nosotros una prosa noble y de acendrado lirismo en su pausada pero segura disertación.
Rafael Arráiz Lucca en La BitBlioteca Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.
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