Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela
Home
Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca Buscador
Roberto Hernández Montoya, Director 
Autores
Con imágenes
Sin imágenes
Categorías
Servicios
Argentina
Buscadores
Caracas
Colombia
Políticos
¿Qué es
La BitBlioteca?
Radios en español
Venezuela





La noche escuece (o las deambulaciones de Renato Rodríguez)

Rafael Rattia

17 de setiembre de 2000

La narrativa de Renato Rodríguez es la fiel réplica de una vida nómada, inquieta y azarosa. Escritura de la nocturnidad; bares, postìbulos, andurriales urbanos, vividuras bucólicas que sazonan la hiriente realidad de todas las ciudades que han marcado la piel de una conciencia que no experimenta sosiego ni siquiera en los estados más profundos del sueño.

Sabemos que Renato Rodríguez es un ser de ninguna parte. El azar quiso que naciera en Porlamar, Isla de Margarita, en un país llamado Venezuela: «El país más chévere del mundo». Siendo un adolescente el autor de La noche escuece, partió no se sabe hacia qué geografías, allende los mares, para vivir intensamente, con el pesado fardo de las encandilantes noche solares de Manhattan, Berlín, París, New York, cual beduino de la literatura: Renato Rodríguez es un esperanzado y derrotado por la certeza de que todo lugar (todo país quiero decir ) es igual a cualquier otro; la misma escoria sobrenatural reinado por doquier, enseñoreándose a través de los intersticios más recónditos de la sempiterna esculticia generalizada que unos y otros llaman, indistintamente, vida.

La noche escuece es una novela como pocas. En ella los personajes llevan una vida insensata, sedienta de aventuras, personajes de la diáspora nacional. Seres trashumantes, itinerantes, en fin; estamos en presencia de una novela de la gitanería venezolana. La vida de los personajes de Renato está signada por excesos sibaríticos y dandysmo irresponsable. El trabajo es una manifestación de escarnio; trabajar es considerada una actividad envilecedora por excelencia. Una prueba de ello es la labor heteroproductiva que realiza Pedrito el artista, alumno adelantado —summa cum laude— egresado de la Academia Manos de Seda de Bogotá. El mayor orgullo son sus elegantes zapatos de goma espuma que usa haciendo gala de su inigualable arte.

El negro, eterno alter ego de Renato, (el otro) amante de las interminables borracheras en el bar El Trocadero o en el Sport que terminaban en El Yoraco, ese bar que al decir de Renato Rodríguez se parece tanto a la vida por la infinita variedad de clientes que quedan prendados al sortilegio, la fascinación y la sugestión de algo ignoto propio de esas auténticas otras iglesias donde se sacraliza la noche con su miserias y sus esplendores rutilantes de verbo ebrio o de hormigueo cafeínico.

Renato Rodríguez, en su inagotable imaginación, logra construir, pacientemente, oscuras psicologías filosóficas que, subsumidas en irreductibles monólogos, en delirantes introyecciones metafísicas, se debaten entre puntuales ideas domésticas y las más abstrusas elaboraciones estético-poéticas que alcanzan el estatuto de universalidad. Tal es el caso de Aurelio, filósofo autodidacta que después de «saltar el charco», opta a su regreso por una espeluznante indiferencia frente a todo lo que normalmente tiene un supuesto interés para el común de los ciudadanos que habitan estas aceras del planeta.

La noche escuece es toda una elaboración magistral de esos temas arduos, aunque cotidianos, difícilmente abordables por una escritura en filigrana, zurcisa con un estilo inigualable.

Ya quisieran los pusilánimes literatos subsidiados por el mecenazgo gubernamental escribir algo siquiera parecido a esa joya de la literatura hispanoamericana que es Al sur del ecuanil. La soledad, el desarraigo y el absurdo son condiciones existenciales asumidas como inevitables componentes de una vida enfrentada enconadamente a los convencionalismos éticos y estéticos de un consenso asqueroso que la sociedad literaria impone a sus dóciles y genuflexos borregos de la tinta a cambio de sus puntuales quincenas.

La narrática de Renato es decir la narrativa, elogia el sui géneris universalismo de uno de los más admirables ladrones que ha tenido este país; Petróleo Crudo. Ni que decir de Irureta. Ni Francois Villón, el gran poeta homicida, asesino y atracador, puede emparentarse al linaje aristocrático y excelso de Pedrito el artista.

Desde los bares de la Candelaria, la flamenquería que exhalan las tascas de la ciudad del hombre, pasando por la Guaira, San Sebastián de los Reyes, San Cristóbal, Mérida, Margarita, Cumaná, etc., todo un delicioso Gólgota, envidiable itinerario a bordo de un Studebaker, fiel hasta el colmo de la nobleza con unos seres en su interior decidimos a no sentar cabeza mientras sus fuerzas se lo permitan.

La verdad sobre un autor, digo, debe buscarse entre la hojarasca de su obra y no en el estilo de vida que ostenta.

Realmente no me importa mucho el modo de vida que eligen llevar ciertos escritores; si llevan una vida pródiga o miserable no creo que ello sea óbice para la creación de una auténtica obra de arte. Conozco a no pocos mimados por quienes disponen de los presupuestos culturales del Estado venezolano ya ni tan benefactor pero aún en condiciones de brindar protectorado a cierto estatofilicos tinterilleros de la literatura. Y son legión los que se reclaman novelistas.

Sé, perfectamente, que Renato Rodríguez no ha formado parte de la escatología pseudoliteraria con escafandras de estetas de la palabra.

Leyendo La noche escuece uno siente un lenguaje a la vez refinado y procaz, sicalíptico y con un alto pedrigree. Esta novela proporciona sensaciones de consternación y enternecimiento, de asco y complicidad. Leer a Renato es padecer los edulcorados y ácidos susurros de la beltenebra poética contenida en las hórridas maravillas que reposan en trescientas cincuenta y cinco páginas plenas de vivencias absolutas, integras. Nada está narrado sin ser vivido hondamente.

Febril, con una violenta taquicardia, incapaz de seguir solo por más tiempo, al final de la lectura, salí en busca de alguien, cualquier transeúnte, para relatarle fragmentos de cómo se vive una vida sin estridencias; con la humildad de las piedras preciosas, de los pedernales, pero con la integridad de un loco sin locura que el estado óptimo que es el estado que padecen los que han sido abandonados por el sueño.

Nunca en Venezuela se había escrito una novela basada en experiencias tan devastadoras como el hastío y la intolerable rutina, el splín y el dulce no hacer nada. Porque «aburrirse es mucho más torturador que soportar un trabajo, aunque sea en el fondo de una minar: aburrirse es experimentar la nulidad de cada instante con la certeza de que el siguiente será más nulo aún». De allí al suicidio no hay más que un milímetro.

¡Qué negra grandeza ha logrado Renato Rodríguez confeccionando esta reliquia de la literatura latinoamericana¡ Bendita sea la insoportable felicidad y el no menos goce estético que sufran quienes se acerquen a esta obra de arte, única en su género; si es que existen géneros literarios.


Rafael Rattia en La BitBlioteca

Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.

http://usuarios.iponet.es/casinada/xrattia.htm



Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos.
Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas.