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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Ojo de buey

Tres monos blancos

El Nacional, Papel Literario, sábado 21 de octubre de 2000

La mañana que me tocó acudir por primera vez al edificio donde tenía su sede la antigua Radio Caracas, de Bárcenas a Río, para comenzar bien temprano mi primer día de trabajo de libretista en esa emisora, me di cuenta de que hasta ese momento nunca en mis correrías por el centro de la ciudad, había llegado más allá de la Plaza La Concordia; lugar de encuentros vespertinos con alguna muchacha del servicio de adentro, de aquellas que usaban loción Sonrisa y polvos La Negrita y estudiaban en la escuela de noche.

Una vez pasé la raya, me interné en esa tierra de nadie rumbo al objetivo de mis sueños, la primera emisora radial del país. Eran las ocho de la mañana y asistía al comienzo de mi carrera de escritor del aire, cuando empezaba ya a dejar de tener 18 años.

Casi por inercia, me detuve un momento en la esquina de Bárcenas. «Ya estoy aquí», profeticé, a pesar de que el porvenir se estaba poniendo en mi contra y trataba de halarme hacia atrás, no sé si por mi bien o por la costumbre de llevarme la contraria: «¡Párate ahí y piénsalo, carajito! ¡Detrás de ti hay cien puertas abiertas que te llaman! ¡Cuidado! ¿Sabes lo que es escribir para eso? ¡No des un paso más o te condenas!». Pero yo sabía que el paso estaba dado. La radio había sido el gran anhelo adolescente y ya no habría detente para mí.

Fue entonces cuando levanté la cabeza y los vi. Bajo la cornisa superior de un modesto edificio que hacía esquina, distinguí tres pequeñas figuras de molde; tres diminutos saltimbanquis o juglares o payasos de feria que podían haber salido de una página mineada de Las Cantigas de Santa María, y habían quedado allí, paralizadas, sirviendo de resaltes decorativos, en una fachada a cuyo estilo no pertenecían y que seguramente obedecieron al capricho de un alarife con nostalgias insatisfechas de escultor.

Al momento, esas imágenes blancas, juguetonas quedaron esculpidas en mi memoria. Sabía que en adelante iba a tener que verlas todos los días al pasar por allí y que nunca iba a regatearles esa mirada.

—Ven, que voy a mostrarte algo, Salvador —me dijo, diez años después de aquel día, José Ignacio Cabrujas, cuando ya era la televisión y las ideas nos saltaban entre las manos como ranitas en un charco. Lo seguí sin preguntar y un minuto después estábamos en aquella misma esquina de mis años cincuenta.

—¿Ves esos payasitos allá arriba, Salvador?' —¡Mis tres payasos blancos! ¿entonces, había alguien más que compartía mi secreto? ¡Alguien más en Caracas los había descubierto!—. Andan conmigo desde que era un muchacho y celebramos la liberación de París. Hay que escribir sobre ellos, Salvador; pero hay que hacerlo ahora mismo, antes de que desaparezcan de ahí. ¿Te das cuenta de la urgencia de esa tarea? —José Ignacio dejaba escapar su emoción por el registro grave de su voz de teatro, que albergaba todos los matices sin salirse del pentagrama: era rigurosamente tonal, pero sensible como una cuerda tensa—, ¡Esto es Caracas! Es el lado secreto de Caracas ¡Es Caracas con sonido de clavecín! —desde arriba, los tres diablejos nos hacían morisquetas, nos sacaban la lengua, nos hacían la puñeta; por eso él los llamaba sus monos. Sus monos blancos—. ¡Esas figuritas deben haberse perdido de un carretón de la farándula en tiempos de Cervantes y no sé cómo vinieron a parar en Santa Rosalía! —no hubiera podido imaginarlo. Antes de conocernos, galeotes de la máquina de escribir, habíamos heredado el mismo sueño con que alguna vez se durmieron Timoneda y Sor Juana Inés de la Cruz.

Pero fue a José Ignacio a quien le correspondió escribir primero sobre ellos, por simple derecho de primacía; y lo dijo todo con esa suerte de elegancia dieciochesca con que su prosa se daba a conocer a la primera mirada:

—Tres monos blancos disfrazados de arlequines o quién sabe si tres arlequines disfrazados de monos blancos, me contemplan bajo el alero de una vieja casa. Están ahí quien sabe desde cuando, pero en todo caso me pertenecen desde 1945. Han persistido en mi recuerdo, como si fuesen un hallazgo y si algún día en Oslo, por hablar de lo que no existe, algún extraviado tuviese a bien preguntarme por esta ciudad donde nací, creo que mi relato comenzaría por tres monos blancos disfrazados de arlequines y alguna otra literatura de menor importancia.

José Ignacio fue construyendo de esa manera su Caracas. A golpes de vista, en iluminaciones sucesivas, en asombros de esquina, en parábolas, en caminatas que eran recitativos operáticos de una ciudad verdiana, donde todo lo viviente era música, compás tras compás, pero sólo para oídos atentos. «...en Santa Rosalía, camino a la sastrería paterna, vi por primera vez los tres monos retadores y burlones, tal como Edipo, a la hora de jugarse el destino.

»Y el primer mono, ciego, me dijo: ¿Cómo es tu casa?

»Y el segundo monto, mudo, me dijo: ¿De qué está hecha?

»Y el tercer mondo, sordo, me dijo: ¿Dónde se encuentra?

»Cuarenta y dos años más tarde, me gustaría explicar por qué no supe responder».

Las respuestas ahora forman parte de un libro excepcional, Caracas en 20 Afectos, concebido y organizado con ojo de buen pesquisador por Tulio Hernández. Allí encontrarán las páginas de un virtuoso del pensamiento: «La Ciudad Escondida». José Ignacio Cabrujas.


Salvador Garmendia en La BitBlioteca


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