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La derrota soy yo Timoteo Alcántara Vizcarrondo Miércoles 26 de marzo de 2003 "Me dijo que yo era feliz pero que no lo sabía" Woody Allen en Annie Hall
Lo cierto del caso es que esto último no hacia falta aclararlo porque, indefectiblemente, entre la gran cantidad de hermanos y primos que se consideraban candidatos a tan severo trofeo, era yo quien se lo ganaba. Con el devenir del tiempo he llegado a pensar que solo se trataba de una forma expresiva derivada de la profunda amargura de haber sido siempre tan pobres y desasistidos, tanto que quizás esa era la única cosa que probablemente podía haberse rifado en mi casa por aquellos años. Tampoco imaginé que a lo mejor también era yo el culpable de nuestra miseria, como muchas veces he llegado a pensar después de viejo. Pero la persistente mala leche de ser yo quien se ganara la rifa nunca me pareció algo preocupante ni mucho menos, sino un fenómeno de esos con los que la naturaleza hace pensar que efectivamente existe un ser superior que determina el camino de las cosas de la tierra según su comportamiento y que era yo simplemente un verdadero caso para algún reformatorio infantil, aun a pesar de lo bien que me portaba, entre otras razones, por el temor a un nuevo sorteo. Quizás por eso nunca tuve noción cierta de las desgracias que marcaron mi vida hasta muy avanzada mi edad adulta, cuando, más por resignación que por ninguna otra cosa, entré en cuenta de que probablemente ya era un poco tarde para esperar alguna clase de sortilegio imprevisto que hiciera cambiar mi sino. A lo mejor, de haber estado pendiente de mi mala suerte, no hubiese caído en tantas calamidades porque, dentro de todo, siempre me he considerado, y por lo general también les pasa a quienes me conocen, un tipo inteligente y buena nota. Sin embargo, tengo que reconocer que no puedo quejarme. Es posible que de tanto pelar bola en la vida termine uno por habituarse y encontrar en ese sublime estadio de la derrota un cierto encanto que le distrae de alguna manera las ansias de superación. Lo que hace que cada paso se dé con convicción de futuro y de prosperidad, aun a pesar de la recurrencia del torcido destino que con grandes probabilidades se cernirá sobre uno. Nadie, en su sano juicio, apuesta a la derrota en los caminos que emprende. Igual nos pasa a los fracasados. Uno pone la mejor intención en todo lo que hace, pero si el hado ya le tiene deparada una derrota en su la agenda individual, será muy poco lo que pueda obrarse para superar el desastre. Por eso hoy quiero rendirle mis más sinceras disculpas a la Oposición Venezolana. Probablemente en buena medida yo tenga mucho que ver con el desastroso final que les ha correspondido sufrir desde que hace apenas tres meses tomé la decisión de pasarme a sus filas (ver Chávez, vete ya). Cuando me cambié, lo hice porque percibí en ustedes una alegría y un sabor de triunfo inminente que resultaba difícil de suponer falsos o infundados. De paso, había podido notar en las huestes chavistas un alto grado de envidia que seguramente los hacía distorsionar las cosas y que de manera mezquina los ponía a ustedes como erráticos y sin rumbo. Decían entonces los sectores oficialistas que los liderazgos de la oposición eran fatuos y de muy poco nivel intelectual como para comprender la dimensión del problema en que estaban metiendo a su gente, y eso ya para mí era una injusticia. Más aún viendo el aporte que ustedes hacían emprendiendo acciones cada vez más valientes y gloriosas; cerrando las cientos de escuelas que esos criminales han abierto con dinero robado; haciendo quebrar miles de empresas para que se notara cada vez más lo mal que trabaja el gobierno; y parando la industria petrolera como lo hicieron, para que no pudieran esos salvajes producir ni un solo barril de petróleo que pudieran llamar bolivariano. Yo vi el maltrato que se le hizo al pobre Carmona (que lo único que hizo fue meter preso al Presidente) y me conmoví con su miseria; la de tener que vivir en un país ajeno cuando aquí la cosa está tan buena para cualquiera que se considere líder de la oposición. Quién sabe si, en vez de haberme puesto a pensar en las retorcidas cosas de la política, hubiese seguido feliz con mi desdichada vida y no los hubiera metido en este embrollo en que están ahora. Pero, en fin, a lo hecho pecho. Reconozco, eso sí, que fui injusto y desalmado cuando les pedí que no fuesen a decirme luego que lo de irse todos los días a la Plaza Altamira iba a ser una raya y fuesen a dejarme ahí parado íngrimo y solo. Jamás imaginé que la desolación de esa plaza podía llegar a lo que es hoy. En verdad, más que un desastre, esa es una realidad cruel y dolorosa que debemos enfrentar con la mayor hidalguía porque ¿quién puede haber sido tan desalmado de pensar que eso iba a llegar a este extremo de pena y de desconcierto? Hoy, con el corazón en la mano, les digo; no se preocupen. De derrotas sé yo. Yo sé lo que es superar una desgracia con el advenimiento de la que sigue. ¡Sigamos palante que vamos bien! |
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