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Encapuchados

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional domingo 9 de junio de 2002

Documentos sobre los sucesos de abril de 2002 en Venezuela

Uno de los factores que aún mantienen con vida al Gobierno del presidente Chávez es la histeria, el cinismo, la vocación antidemocrática de un cada vez más identificable y reconocible sector de la oposición que, en vez de trabajar para reforzar en los ciudadanos los valores y principios sagrados de la democracia, contribuye a crear confusión y reproduce con sus prácticas aquello mismo que dice cuestionar a la «revolución bolivariana». Para muestra, un video. Mientras distintos actores de la vida política nacional —las asociaciones políticas que promueven foros para discutir la democracia de partidos, las personalidades no chavistas que han aceptado participar en el diálogo con el Gobierno, las organizaciones de derechos humanos que propugnan una Comisión de la Verdad autónoma y eficiente— agotan los caminos para impedir que el país vaya hacia un ciclo inédito de violencia política o a una salida autoritaria, un grupo de payasos tétricos, vestidos de militares —o de militares actuando como payasos tétricos, todavía no se sabe con exactitud—, aparece en la pantalla de los televisores anunciando su voluntad de hacer justicia con sus propias manos contra los círculos bolivarianos armados.

Mientras gentes que hacía mucho no se sentaban juntos a definir futuro —de Copei, AD, Bravo Pueblo, Causa R y hasta Bandera Roja— comienzan a hacerlo, buscando consolidar una oposición responsable y abrir caminos para la reconciliación del país, este grupo de encapuchados, más parecidos en su presentación a las hordas de militares bárbaros que por mucho tiempo asediaron y desangraron las naciones africanas, este grupete no sabemos si real o simulado de militares, aparece en escena proponiendo como salida justiciera una operación similar, en su esencia, a la de los paramilitares colombianos o a la de gorilas de república bananera. Mientras un grupo de profesores universitarios, de reconocida probidad intelectual, reunidos alrededor de un documento que han denominado Un diálogo por la inclusión social y la profundización de la democracia, se reúnen en el CELARG para explorar posturas políticas alternas que, al tiempo que cuestionan las actuaciones del Gobierno, reivindican el tema de la justicia social y defienden la necesidad de una salida democrática que preserve la idea del cambio social y aísle las posiciones extremas de la polarización, este video perverso viene a plantear una solución basada caricaturescamente en el pensamiento político de Juan Charrasqueado —que era borracho, pendenciero y jugador— y en la vieja filosofía del ojo por ojo y diente por diente.

II

Que existan venezolanos capaces de fabricar o registrar, promover o difundir, este tipo de videos y este tipo de conducta, es de por sí preocupante y da cuenta del grado de desesperación y debacle de principios al que se ha llegado en la contienda que nos ocupa. Pero más preocupante aún es percibir que la propuesta encuentra simpatía, y hasta apoyo, en personas honestas del común, no conscientemente golpistas ni de extrema derecha, que, atrapadas en las redes del fanatismo y la urgencia antichavista, no son capaces de percatarse —a pesar de las lecciones del 11 de abril— de la amenaza real y el sustrato grotesco que representan todo desplante militar o armado que no esté sustentado en el ordenamiento legal y toda decisión política que no se soporte en la voluntad colectiva.

Tan preocupante como el silencio que han guardado frente a estas operaciones esos sectores autoproclamados democráticos, que han tenido entusiasmo y valor para condenar la violencia cada vez más torpe y mediocre de las turbas afectas al régimen —como la practicada en las presentaciones de humoristas en el estado Falcón—, pero no lo hacen de igual manera y guardan un silencio cómplice ante este tipo de provocación opositora que maneja y atiza explícitamente la gramática de la guerra civil. Ni la Iglesia se ha manifestado.

Hay que repetirlo hasta el cansancio: la mejor manera de frenar la barbarie es con una conducta cada vez más civilizada y civilizatoria; la mejor manera de enfrentar la violencia, sin abandonar la lucha por la justicia y la libertad —ya nos lo enseñaron Ghandi y Mandela—, es no reproducir las conductas atrasadas de quienes la practican; la mejor manera de defender la democracia es apegándose persistentemente a los principios y las normas que la hacen posible. Estaríamos escupiendo hacia arriba si, cada vez que el frenesí de un sector opositor que quiere salir de Chávez cueste lo que cueste tropieza con la resistencia de la realidad, se recurre otra vez a la opción militarista. El tema de fondo, hay que recordarlo, es la instrumentación del futuro, que va a depender esencialmente de la manera como la sociedad venezolana resuelva el conflicto del presente. Y para que el futuro sea auténticamente democrático, es preciso tomar las previsiones más efectivas posibles para que el mundo militar quede definitivamente fuera de las grandes decisiones civiles. Y, a la inversa, para que el mundo civil no interfiera maniquea y perversamente en lo modos de actuar y en lo principios operativos de la institución militar. Allí no hay puntos medios.

En Venezuela, por lo menos en el siglo XX, como no hemos tenido un subcomandante Marcos, los luchadores políticos auténticos nunca han ocultado su rostro. Algunos, como el legendario Santos Yorme, que acaba de cumplir 80 años, se vieron obligados a cambiar su nombre o su aspecto; otros se disfrazaron para fugarse de la cárcel o para burlar las persecuciones de las policías políticas, en tiempo de Pérez Jiménez o en el conflicto de los años sesenta. Pero la mayoría, siempre, arriesgaron sus vidas, sufrieron cárceles, defendiendo sus ideas con la frente en alto y la cara limpia. Los activistas políticos de rostro oculto, en cambio, han sido siempre entre nosotros una fuerza oscura, mezquina, peligrosa y violenta, como lo demostraron los largos años de fatua tiranía de los encapuchados de la UCV. Los únicos rostros enmascarados que los venezolanos demócratas apreciamos son, depende la edad, los del Tigre del Ring y Santo, el Enmascarado de Plata; los del Zorro, el Llanero Solitario y Spiderman; o los de los Diablos Danzantes de Yare, Chuao, Patanemo o Naiguatá. A los demás, siempre los hemos repudiado.


Tulio Hernández en La BitBlioteca



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