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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Equilibrios El Nacional domingo 12 de mayo de 2002 Documentos sobre los sucesos de abril de 2002 en Venezuela La gran tarea [domingo 19 de mayo de 2002] Uno de los sustentos fundamentales de la democracia se encuentra en la existencia de varios poderes que, a través de un juego de equilibrios, impiden que alguno de ellos opere arbitraria e injustamente por encima de los demás o del conjunto de la sociedad. Es un principio elemental. Entre todos esos poderes hay una instancia, el Poder Legislativo, que expresa, en su propia conformación resultante de un acto de elección directa y universal, en su pluralidad casi siempre manifestación de la diversidad de opciones políticas existentes en el país, incluyendo las minoritarias, y en su modo de operar, esencialmente deliberativo, la más clara expresión de la soberanía y la representatividad popular. El Poder Legislativo es, en esencia, el gran foro democrático de la democracia. Por esta razón, en situaciones de crisis profunda, los congresos o asambleas nacionales juegan un papel definitivo para contener, disminuir o agravar los niveles de conflictividad. Por sus características, naturaleza y representatividad, se convierten en el espacio ideal para garantizar la gobernabilidad y la sustentabilidad de la democracia en momentos cuando la legitimidad o la coherencia interna del Poder Ejecutivo, o de los demás poderes, se halla amenazada desde afuera o desde su seno mismo. Un buen ejemplo de esa función la encarnó el viejo Congreso de la República cuando, luego del fracasado golpe militar de febrero de 1992, fue el escenario de un gran debate nacional televisado como los del presente que contribuyó a disminuir la ansiedad colectiva, ofreció explicaciones creíbles sobre lo ocurrido, y echó las bases tanto de la necesidad de rectificación como del consenso necesario para que el orden democrático pudiera continuar, al menos hasta que otro poder, el Judicial, decidiera que Carlos Andrés Pérez debía abandonar el ejercicio de la Presidencia. Las intervenciones memorables y lúcidas del senador Rafael Caldera y el diputado Aristóbulo Istúriz, sin justificar el golpe pero condenando enérgicamente las condiciones sociales y políticas que lo hicieron posible, permitieron que el país terminará de comprender la situación política de entonces y la gravedad de la crisis que ya se vivía, acto que catapultó a uno a la Presidencia de la República y al otro a la Alcaldía de Caracas. Un Congreso ya debilitado, pero con voces de gran ascendencia y con sentido de continuidad histórica, hizo sentir al país que la democracia tenía mecanismos de defensa más allá del grupo en el Poder Ejecutivo, para entonces aislado incluso de su propio partido. IINo es eso precisamente lo que está ocurriendo en el presente. Mientras la paz nacional pende de un hilo, el desasosiego militar es inocultable, el Presidente da pruebas palpables de no disponer de los instrumentos conductuales y cognitivos para entender las dimensiones de la fractura que lleva sobre sus hombros, el liderazgo callejero del chavismo cuyos íconos son Lina Ron y Richard Peñalver insiste en la épica de los civiles armados en defensa de la revolución, y la movilización norteamericana en contra de Chávez es tan evidente como la continuidad del intento golpista, la gran casa de la democracia, la Asamblea Nacional, pierde su tiempo en un juego retórico que, antes que a la búsqueda de la verdad, parece apuntar al desgaste mutuo entre los contrincantes. Convertido unas veces, como lo calificó el propio William Lara, en un Kinder donde algunos representantes hacen mofas infantiles o bailan en la escaleras y otras en un instituto superior de las malas maneras donde otros representantes agravian el lenguaje, la decencia y el más mínimo sentido del respeto mutuo, la Asamblea Nacional se va diluyendo en un ejercicio de proselitismo y en su propio desprestigio, mientras, paradoja de las paradojas, oxigena el de aquellos a quienes, como a Pedro Carmona, se supone debería penalizar como amenazas a la democracia. Sin grandeza ni visión de futuro, sin capacidad para ofrecernos no un debate casposo sino verdaderas piezas de interpretación de lo que nos está sucediendo y visiones alentadoras para explorar vías de resolución del conflicto del presente, que no se reduzcan a las sumatorias de cuánto poder militar se tiene para defender o para derrotar la «revolución», la Asamblea se desangra en un interminable ejercicio retórico de culpabilización mutua, que muy bien pudo haber quedado en manos de una Comisión de la Verdad inteligentemente constituida. ¿Por qué la Asamblea no logra asumir esta vez su noble papel? ¿Será porque los partidos políticos están de capa caída y carecen de capacidad de elaboración de visiones complejas del futuro? ¿O porque, en su ensueño ideológico, la bancada oficial no tiene capacidad de mirar de manera visionaria la tragedia que comenzamos a vivir, y la que con mayor fuerza aún se avecina? ¿Porque la oposición luce descosida y no ha logrado elaborar un proyecto y un discurso alternativo que vaya más allá de la desesperación reactiva y defensiva? ¿O porque no hay en el parlamento actual, como antes, grandes voces y pensadores políticos, líderes respetables y con alta credibilidad y ascendencia moral dentro de la Nación? ¿Porque un bando está muy confiado en que el desastre no es inminente, y el otro más confiados aún de que sí, y por lo tanto no vale la pena pensar ni actuar con grandeza de corazón y lucidez mental para impedirlo? ¿O porque sencillamente somos una Nación a la deriva y no hay en la embarcación, ni en el timón, ni en los camarotes, ni en las oficinas del capitán, nadie con fuerza para conducirla a puerto seguro, de modo que unos actúan como los seguidores de Antonio Conselheiro, el profeta alucinado de La guerra del fin del mundo, mientras otros miran de reojo hacia los salvavidas y los botes de auxilio? ¿De dónde saldrá el aliento último para hacer cumplir aquello del equilibrio, y del auxilio mutuo, podríamos decir, entre los poderes?
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