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La espada y la pared El Nacional domingo 28 de noviembre de 1999 Nunca ha sido más oportuna la imagen de alguien ubicado entre la espada y la pared, como en su utilización actual para calificar la situación en la que se encuentra anímica y políticamente la sociedad venezolana: entre la espada del Sí y la pared del No. La frase, acuñada por el politólogo Michael Penfold, sirvió de titular a una entrevista publicada por el diario El Mundo el pasado sábado 27 de noviembre. Penfold utiliza la imagen no para dar cuenta de una posible indecisión por parte de los electores, sino para alertar acerca de qué modo el referéndum constitucional, tal como está planteado, condena al país a una profunda división y a un escenario de caos que posterga, otra vez, la recuperación económica y la estabilidad democrática de la Nación. A través de un análisis ponderado, que elude explícitamente el territorio pasional de quienes se alinean militantemente en los dos polos en discusión, el analista advierte que en Venezuela estamos perdiendo la gran oportunidad de elaborar a través del consenso las reglas de juego que regirán nuestro futuro en esta nueva etapa que nos aprestamos a iniciar. Por lo tanto, antes que una mera llamada a votar No, coincide con tantas organizaciones de la sociedad civil que vienen planteando la necesidad de diferir el proceso eleccionario, con el propósito de que se maduren mucho más los planteamientos, sean escuchadas nuevas opiniones y posturas y se logre redactar un texto que no excluya, como el actual, a un amplio sector de venezolanos que, gracias al ardid de los kinos, no fuimos representados proporcionalmente al número de votos que emitimos en la elección de la Asamblea Nacional Constituyente. A estas alturas del proceso, no me queda duda alguna de que es la opción más sana y pertinente. De lo contrario, estaremos atizando aún más las llamas de una confrontación violenta que, desde hace mucho, se vienen cocinando en los extremos más fanáticos del espectro ideológico venezolano, silenciosamente en unas ocasiones, abierta e impúdicamente, en otras. Un proceso eleccionario en estas condiciones no será otra cosa que una medición de fuerzas entre, de una parte, el Presidente de la República, convertido para nuestra desilusión en desesperado y vociferante guapo de esquina y, de la otra, una federación circunstancial de intereses en la que conviven tanto opositores legítimamente demócratas a las imperfecciones y abusos del Proyecto de Constitución de la República Bolivariana, como pescadores de río revuelto que en su oportunidad no fueron capaces de defender siquiera la democracia interna de los partidos a los que pertenecen o pertenecieron. En ambos casos de ganar el Sí o de ganar el No, las recientes esperanzas de cambio, el proceso de reencantamiento de la política y de lo público que algunos quisimos entrever como la más importante consecuencia simbólica del proceso constituyente se habrán perdido o, por lo menos, postergado no sabemos hasta cuándo. De ganar el Sí, porque nos estaríamos dotando de una Constitución que además de las fallas, omisiones y exabruptos que especialistas y legos hemos señalado con variantes diversas no fue el resultado de un auténtico proceso de participación y consulta popular y que, por el contrario, en algunos casos como el capricho de la República Bolivariana respondió exactamente a los viejos mecanismos antidemocráticos de las imposiciones personalistas, que son ya una tradición en la cultura política que se supone ahora queríamos superar. Comenzaríamos de nuevo bajo el signo de lo que queremos erradicar. Mal comienzo. Además, el mínimo de 30 por ciento de electores que votarían por el No, más o menos el mismo porcentaje de quienes no votaron entubados, más los desilusionados recientes, definiría una Constitución que arranca con una buena carga de plomo en el ala, lo que le resta su carácter de instrumento consensual de la Nación. De ganar el No, ocurriría algo semejante, pero al revés. Se lograría frenar los riesgos y las amenazas que el nuevo proyecto constitucional trae consigo, pero se echarían las bases para regresar a lo anterior; igual, quedaría profundamente dividida la población, se reiniciaría un largo proceso de debate que postergaría de nuevo el despegue económico probable. Y, sobre todo, como ha comenzado a ocurrir, se abrirían las puertas para que el resultado sea leído como un apoyo popular a las fuerzas del pasado, ya que no ha surgido todavía un polo democrático un sector equivalente a la centroizquierda europea que le pelee al chavismo simplificador las banderas del cambio sin necesidad de aliarse con quienes nos condujeron a la tragedia de Nación en la que nos hemos convertido. Érase una vez un lama que aceptaba servir de guía espiritual a uno solo de sus seguidores. Como el número de aspirantes era tan grande, el anciano gurú solía proponer un acertijo y aceptaba únicamente a aquel que lograba resolverlo. Ese año tomo un tallo de bambú entre sus manos, y cada vez que uno de los aspirantes se arrodillaba frente a él, preguntaba: «¿Esto es una vara?». De inmediato añadía: «Si me dices que sí, te pegó con ella; y si me dices que no, también te pego». Centenares de aspirantes, uno tras otro, quedaron paralizados y sin respuesta, hasta que uno de ellos, sin pronunciar palabra, sujetó rápida y fuertemente la mano del maestro, neutralizando toda posibilidad de ser golpeado. Ese fue el elegido. Sé muy bien que no estamos en un campo de lamas sino en uno de batalla. Por eso creo que hay que sujetar la mano que nos golpeará colectivamente, digamos Sí o digamos No. La mejor vía, la que extiende la paz por un tiempo prudente, y aún no es tarde para ello, es apoyar la propuesta de diferimiento del referéndum y promover un largo proceso de diálogo y negociación. Y en caso de que no se logre, sería preferible marcar con claridad la perspectiva del rechazo. Más importante que votar No sería entonces deslegitimar el proceso, negándose a formar parte de un dilema, de una división entre venezolanos, cuyos límites no los hemos fijado soberanamente nosotros mismos. Una abstención de 70 u 80% es más tentadora que un No de 30%, y nos deja el sabor de liberarnos tanto de la espada que amenaza como de la pared que nos detiene.
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