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La tentación de los extremos

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional domingo 18 de junio de 2000

La palabra globalización pertenece desde ya a ese género de términos que Egard Morin, hace más de una década, bautizó como vocablos-amiba. Se refería el prolífico sociólogo francés a ese tipo de palabras que, amparadas en el prestigio de alguna disciplina académica o escuela de pensamiento —inconsciente, crisis, paradigma—, comienzan a circular intensamente por el mundo sin que nadie termine de precisar ni qué significan ni en qué sentido la está usando.

Pero, además, como el término globalización designa un complejo proceso que pone en juego las relaciones de poder entre los Estados más fuertes del planeta, los más grandes consorcios económicos y el resto de las naciones del mundo, el término puede incluirse también entre lo que podríamos llamar los vocablos-demonio. Es decir, aquéllos que —como imperialismo, agente de la CIA, castrocomunismo, o , más recientemente, neoliberaslismo— se convierten en moneda de curso corriente ya no para designar un proceso, sino para satanizar, con el morral cargado de prejuicios, determinadas ideologías o puntos de vista con los que no se quiere dialogar.

Algo más o menos análogo está ocurriendo con la globalización. De una parte, para un cierto tipo de pensamiento de izquierda tradicional, se ha convertido en el Infierno al que se le atribuye la fuente de todos los males del presente y del futuro: el fin de las diferencias culturales, el crecimiento vertiginoso de la pobreza y las diferencias sociales en el mundo, la pérdida de las democracias y de la soberanía de los países con Estados nacionales débiles o atípicos. En cambio, para muchos «grados» del pensamiento y el actuar liberal que confían ciegamente —por aquello de la mano invisible— en la capacidad del mercado sin barreras para ordenar y hacer más grandiosa, eficaz y próspera la vida del futuro, se ha convertido en Tierra Prometida y Paraíso Celestial, ante los cuales vale la pena oficiar como profetas.

Los hechos recientes del fin de siglo —la caída del bloque socialista; la emergencia de las economías del Pacífico; el resurgimiento de los nacionalismos furibundos en Europa central y oriental, y en Asia y el Medio Oriente; el fracaso de los amagos neoliberales en México, Brasil y Venezuela; el crecimiento vertiginoso de la pobreza en el planeta— nos han dejado como lección básica el cultivo de una meticulosa desconfianza hacia todo discurso fanático, y por tanto totalitario, que sugiera una visión unidireccional de la Historia y que postergue el tema del bienestar de las mayorías para un futuro hipotético, «cuando el modelo haga sus correcciones y ajuste mejor sus piezas».

En ese sentido, encuentro un ligero parecido entre la maneras como la desaparecida burocracia soviética y sus ideólogos respondían a los cuestionamiento que se les hacían desde el punto de vista del bienestar de las mayorías —incluyendo libertades y niveles de consumo—, y las posiciones de algunos defensores radicales de la globalización.

Cuando a la burocracia soviética se le cuestionaba por sus «deformaciones» —la hegemonía de un partido único, la consolidación de un Estado autoritario, los bajos índices de consumo de la población—, esta respondía que se trataba de un período de transición, que eran situaciones desagradables pero necesarias de vivir mientras se erradicaban definitivamente las perversiones del pasado, y que era ese el precio heroico —el sacrificio— que la población (por supuesto, no la dirigencia) debía pagar para apuntalar el fin de la prehistoria de la humanidad y el comienzo de su liberación.

Una respuesta similar se consigue hoy cuando alguien se interroga, por ejemplo, por las consecuencias que ciertas estrategias de la globalización podrían traer en cuanto a la pérdida masiva de empleos, o sus efectos excluyentes sobre las sociedades y las poblaciones menos preparadas para competir, o por el control monopólico de «los más aptos» sobre la circulación mundial de contenidos audiovisuales en el cine y la televisión. El defensor a ultranza responde, y así lo cree, que es ese un dato secundario, coyuntural y cuantitativo, porque precisamente, a largo plazo, el proceso mismo generará más riqueza para reinsertar a los excluidos. La idea de la mano invisible que arreglará las cosas, aunque sea al precio, por ejemplo, de la infelicidad de muchos que durante ese (largo o breve) lapso perderán el trabajo, es una idea metafísica que, como sostiene Vattimo, es necesario desterrar. Es lo que llevó a Carlos Monsiváis a afirmar cándidamente, en tiempos de Salinas de Gortari, que «el neoliberal es un proyecto perfecto para México; lo único malo es que le sobran 50 millones de personas».

En el fondo, según estos parámetros de debate, podríamos estar frente a la aparición de dos discursos «duros» y «dominantes». Aquel, bautizado y cuestionado con éxito massmediático por Ignacio Ramonet como «pensamiento único», que sostiene que la única racionalidad importante es la económica y prefiere, sin más, un mundo de consumidores antes que uno de ciudadanos. Y aquel otro, oficiado por sus opositores y negadores, incluyendo al mismo Ramonet, que al concentrarse casi exclusivamente en las dimensiones macroeconómicas y tecnológicas del proceso globalizador, lo condenan pero no ofrecen alternativa posible de resistencia y acción frente a aquello que niegan.

Pero no son esas las únicas opciones del pensamiento y el discurso político del presente. Manuel Castells, en su libro La sociedad de la información, ha insistido en la necesidad de comprender que a partir de finales de los 60 e inicios de los 70 se produjo la coincidencia de tres fenómenos: la electrónica en lo tecnológico, la participación ciudadana en lo político, y la globalización en lo económico; coincidencia ésta que no es una mera «evolución» del mundo y del capitalismo anterior, sino el inicio de una nueva forma de vida, con la cual debemos entendérnoslas y ante la cual es necesario generar nuevos hábitos e instrumentos —tanto para ejercer la ciudadanía como para dirigir las naciones y las empresas—, o correr el riesgo de extraviarnos en un mar nocturno para el cual no existen aún mapas.

La principal certeza del presente es que el mundo ya no se deja pensar como una mera extensión de las sociedades nacionales. Oponerse a la globalización como proceso económico —lo dibujó con palabras el rabino Pynchas Brener en el seminario «Tendencias básicas de nuestra época», organizado por el Instituto Pedro Gual, al cual debo estas notas— es algo así como intentar frenar un tren en marcha parándose frente a él con los puños cerrados. Pero ceder a un entusiasmo ingenuo, y dejar de hacerse las preguntas básicas sobre equidad y bienestar de las mayorías, y sobre el destino y sentido de las naciones en medio de este planeta en cambio, es igual a pararse frente al tren con las manos en alto y una banderita blanca en el bolsillo.


Tulio Hernández en La BitBlioteca



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