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Enigmas de la impaciencia El Nacional domingo 24 de enero de 1999 Hay una frase de José Joaquín Bruner, escrita en su libro América Latina: cultura y modernidad, que cada cierto tiempo rebota en mi memoria: En América Latina dice el sociólogo chileno hemos cultivado una gran impaciencia de la política y, en cambio, una profunda paciencia de la cultura. Con esta frase intentaba explicar, en una lúcida síntesis, de qué modo en nuestro continente la política tiene un atractivo y una presencia tan fuerte en la vida colectiva, que prácticamente supedita y absorbe todas las demás áreas del accionar humano, y que opera, para hacerlo gráfico, como una suerte de hueco negro, de fuerza centrípeta, que devora por igual a personas, empresas e instituciones. Vivimos, reseña Bruner, permanentemente aferrados a la idea de que es posible y además necesario cambiarlo todo de un solo envión, siempre desde el terreno de lo macropolítico, del sistema político en su totalidad. En muy pocas ocasiones, desde sus partes o a través de procesos que no necesariamente se resuelven en el terreno del poder gubernamental, o desde áreas o espacios específicos de la vida social. Y esto vale para cualquier tipo de ideología o coyuntura nacional. En el fondo, más o menos la misma lógica de impaciencia conduce al golpe de Estado de Pinochet que en cuestión de horas trastoca un experimento social que ilusionó al continente entero, a los distintos intentos de revolución socialista, perseguidos muchos de ellos por vías armadas, o a las ofertas mágicas de las fórmulas fondomonetaristas. La política lo envuelve todo, y ella se cultiva a través de la urgencia. En la cultura, en cambio sostiene Bruner, somos extraordinariamente pacientes y conservadores. No es usual que se produzcan entre nosotros movimientos contestatarios contra los valores dominantes, equivalentes en su capacidad de impacto a lo que significó el hippismo entre los norteamericanos, el movimiento verde en Alemania o, desde otra perspectiva, el surrealismo y el dadaismo en la Europa de la posguerra. Movimientos que a la larga terminan incidiendo de manera decisiva, tanto sobre el sistema político como sobre la cultura y los valores de la sociedad en su conjunto. En este contexto, el movimiento de Chiapas y de los zapatistas es una interesante excepción. Es contradictorio: la capacidad de riesgo y osadía que se asume en lo político, choca con una cierta prudencia, omisión, convencionalismo y conformismo en lo cultural. Mientras en Europa y en Estados Unidos la política es el reino de la prudencia, de la seguridad, de la mesura; la cultura en su sentido más amplio, de conjunto de valores y representaciones lo es del atrevimiento, de la desmesura, del riesgo. Es desde el territorio de la segunda donde se obliga a actuar a la primera. La política asegura el orden y la continuidad; la cultura es la enzima permanentemente transformadora. Entre nosotros es al revés, y tal vez se deba a esa contradicción, o a este desbalance, la dificultad que tenemos para consolidar instituciones, hacer valer la ley por encima de los privilegios individuales, y llevar a cabo transformaciones que se sustenten en profundos cambios individuales de actitud y de valores; y no en proyecciones de esperanza a través de la figura de líderes fuertes, mesiánicos y carismáticos, sustitutos en su accionar de las iniciativas del ciudadano. Miremos al Perú. A pesar de sus desafueros antidemocráticos, muchos analistas internacionales han coincidido en reconocer a Fujimori y su gobierno algunos aciertos importantes: eliminación del terrorismo, reducción de los márgenes de corrupción que aparentemente subsisten hoy sólo en las cúpulas militares, mejoramiento paulatino de la economía, entre otros. Sin embargo, ahora que el final de su mandato se acerca, esos mismos analistas coinciden en afirmar que una vez que el hombre fuerte salga de escena, Perú tendrá que volver a empezar de nuevo, pues su gobierno dejará totalmente debilitadas las estructuras institucionales. Los éxitos de su gestión han estado más asociados a su capacidad y voluntad de mando personal, que a la consolidación de instituciones que garanticen el sano funcionamiento del país. Y en eso Perú no se diferencia de la mayoría de las naciones vecinas. Son lecciones cercanas. La frase de Bruner, y su razonamiento, deberían convertirse en una referencia obligatoria para todos aquellos que, en honesta actitud, creen y participan del proceso de cambio desatado en el país. Primero, como recordatorio histórico de que no es la venezolana del presente una situación excepcional. Que liderazgos análogos a los actuales, con el más delirante apoyo popular o militar, han sido recurrentemente experimentados en América Latina, llámense sus cabezas visibles Velazco Alvarado o Allan García, Salvador Allende o Daniel Ortega. Y que las expresiones locales o internacionales de nuestra impaciencia los condujeron apoyo popular incluido al territorio de la derrota y del abandono por parte de quienes al principio fueron entusiastas seguidores. Pero el alerta mayor de la frase de Bruner se encuentra allí, donde nos recuerda que sólo los procesos sociales sustentados en sólidas convicciones y disposiciones compartidas e introyectadas por el colectivo, en su cultura y no sólo en la emergencia, pueden tener viabilidad a largo plazo. Para que en el futuro no tengamos que volver a edificar sobre las ruinas del presente, va a hacer falta algo más que una nueva Constitución. Colombia redactó una nueva en 1991; Perú, en 1993; y Ecuador, en 1998. Y allí están hoy, desangrándose en una guerra fratricida, la primera; camino de un nuevo vacío institucional, la segunda; y empeñada en el peligroso juego de destituir presidentes, la tercera. Las lecciones sobran. Ojalá en esta oportunidad no volvamos a caer en la vieja trampa latinoamericana que supone que la realidad puede modificarse por decreto y que basta enunciar un deseo, un proyecto o un plan, para que éste se haga real. El trabajo pendiente es mucho más largo y complejo. ¿Estamos preparados?
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