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Los ríos profundos El Nacional domingo 16 de abril de 2000 Más importante y reveladora que la amenaza de fraude en el reciente proceso electoral peruano, o que la entusiasta capacidad de la oposición y los observadores internacionales para conjurarla, es la imagen de los dos candidatos en los días finales de la campaña. Como bien nos mostraron las fotos de Time y de El Nacional, o los videos de CNN y del Canal N retransmitidos por Globovisión, la escena final de la campaña la copan dos hombres que hacen lo que sea necesario, ataviados hasta el exceso con los antiguos y vistosos atuendos multicolores de los indígenas del Alto Perú, para convencer al electorado de algo así como: «¡Aquí el verdadero cholito soy yo!» . Una lectura superficial del hecho podría reducirlo al carácter espectacular, festivo y televisual que han adquirido las campañas electorales en todas las partes del mundo. Desde la en otros tiempos grave Unión Soviética donde hasta Putin, el sobrio, baila para sus electores hasta el territorio ecuatoriano, donde un candidato demente baila y canta y gana las elecciones al ritmo del rock. Otra interpretación tentadora podría asociarlo a la tradición populista de la política latinoamericana, que ha hecho, siempre, descansar sobre algunos símbolos nacionalistas liquiliquis en Venezuela, ponchos en Bolivia, huipiles en México el cemento ideológico con el cual cohesionar a todas las clases sociales convocadas para la acción electoral. Pero quien conozca aunque sea un poco de Perú y de su historia sabe que ninguna de estas explicaciones es suficiente. Debe intuir que algo muy de fondo está ocurriendo para que, en un país cuyos valores fundamentales se constituyeron sobre un profundo desprecio de las élites blancas y mestizas por las mayorías de origen indígena, hoy en día el recurso comunicacional mayor de los dos candidatos con opciones de llegar a Presidente sea, precisamente, el de intentar disolverse en los símbolos, las gentes, los valores que hasta ahora han sido objeto de exclusión. No es la primera vez, por supuesto, que un intento de identificación semejante se produce en Perú. Desde Haya de la Torre hasta Alan García, la promesa de redención del Perú cholo y pobre fue un menú electoral fundamental. También lo fue, y en algunos programas con mucha sinceridad, bajo la dictadura de Velazco Alvarado. Pero la prueba más contundente de que la herida nunca sanó ni llegó siquiera a intentar suturarse, fueron los largos y cruentos años de hegemonía terrorista de Sendero Luminoso, alimentada por un coctel fatal de ideologías marxistas con resentimiento social de siglos. ¿Qué es lo novedoso, entonces, de la puesta en escena actual? Lo novedoso es que ambos candidatos ya no apelan a un discurso «populista» y «policlasista» tradicional, sino que apuntan directamente a pelearse uno a otro, sin ambages ni eufemismos, el voto de los más pobres, que, en países como Perú, son también los más indios. Por eso, la campaña ha sido una especie de competencia teatral y de vestuario. El chino quiere parecerse cada vez más a un indígena, aunque termine resultando una caricatura de National Geographic. El cholo, con la ventaja que le da el serlo de origen, se atreve a más. Realiza ceremonias religiosas milenarias que son reseñadas por la televisión, acepta ser ensalmado frente a las masas por los sacerdotes de Pachacutec o Pachacamac, y exhibe como pieza de fe en los orígenes el impecable dicen quechua de su esposa, blanca, belga y antropóloga. No estamos frente a un episodio más de nuestra cultura política populista. Lo que se ha puesto en escena en Perú es la reacción más inteligente posible en términos de mercadeo hablo, por parte de los dos candidatos, al fantasma que recorre América Latina: el fantasma de la nueva matemática electoral. Es la matemática de la pobreza, que se expresa en una regla proporcional simple: mientras más pobres engendren los países latinoamericanos, más peso cuantitativo adquirirán a la hora de escoger a sus gobernantes. Y mientras más humilladas y excluidas sean esas poblaciones pobres, más sólido y unitario será su comportamiento electoral, hasta llegar a adquirir una suerte de autosuficiencia que convierte a una sola clase social en la gran y única electora. Si le agregamos el componente étnico de aquellos países donde pobreza y origen indígena quedaron fundidos por siglos o a la inversa: riqueza y origen blanco también, entonces deberíamos concluir que la matemática de la pobreza se complementa con la ética de la sospecha racial, creando así principios de selección electoral en los que un tipo de personajes como Vargas Llosa, por ejemplo, no tienen oportunidad electoral alguna, pues son vistos por la mayoría para citar la frase de un buen amigo como los legítimos representantes de los intereses de Fernando VII. Por eso la lucha del presente en Perú es entre dos especímenes puros del universo de los excluidos: un «chino» que juega a ser cholo, y un «cholo» de origen que trata de «desharvardizarse» para que no vayan a creer que se blanqueó. En tiempos de la videopolítica, ya el discurso no es suficiente: la imagen es decisiva. Lo que la retórica marxista nunca logró unificar la voluntad de los explotados en una postura política común , y lo que el populismo tradicional fue perdiendo, lo ha venido a conquistar la videopolítica, que ha enseñado a los pobres a desconfiar profundamente de aquellos que no se parezcan a ellos. Quinientos años después, cuando las teorías y las modas modernizadoras de nuestras economías se cuentan por cientos, seguimos sin una sola teoría que nos ayude a entender cómo se hace para cerrar esa profunda brecha con el mundo indígena que brota en Chiapas, tumba presidentes en Ecuador, hace temblar periódicamente la estabilidad de Bolivia o modifica las relaciones de fuerza en el Congreso colombiano. Es un tema que nunca interesó a Vargas Llosa ni a sus iguales, aunque premonitoriamente tantos otros peruanos lo entrevieron en novelas como Los ríos profundos de Arguedas o Historia de Garabombo el Invisible, de Scorza.
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