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Serena alegría

El Nacional domingo 13 de diciembre de 1998

Lo que ha ocurrido en Venezuela, desde el mediodía del domingo 6 en adelante, es algo que debe explicarse preferiblemente con los instrumentos de la psicología de masas o de la parapsicología, antes que con los de la teoría política o la sociología. Que una nación entera —sometida a una de las peores crisis de su historia, hace años convencida de que necesita cambiar pero paralizada por no saber como lograrlo, aturdida por un coro de analistas agoreros que pasan una año gritando como adolescentes histéricas: «¡Ahí viene la guerra!, ¡Ahí viene la guerra!», «La trae el comandante, la trae el comandante», y chantajeada por la dirigencia política que daba salticos nerviosos frente a las cámaras suplicando a última hora sin que nadie les creyera: «Unámonos, nos interesa la patria democrática, no el partido»—, que esa nación haya pasado en cuestión de horas de un estado profundo de miedo e incertidumbre colectiva a uno de tranquilidad y confianza compartida, es algo por lo menos digno de estudio.

Una primera explicación podría remitir al hecho de que no ocurrió ninguna de las catástrofes que unos y otros predecían. Es verdad, no hubo fraude. Ni hubo golpe de Estado porque —¿se acuerdan?— «los militares no van a aceptar un gobierno de Chávez». Tampoco se instalaron ni las palanganas ni los microondas donde se cocerían la ya fritas cabezas de la dirigencia adeca y copeyana. Ni salieron turbas de resentidos sociales por las calles, envalentonadas por el triunfo de su candidato, tomando por asalto las casas de las familias pudientes y apropiándose de cuanto comercio frágil encontraran a su paso.

Esas, por supuesto, son razones válidas, pero no suficientes, para explicar el sentimiento de alegría serena que se respiraba en la ciudad capital, y me imagino que a lo largo del país, en la mañana del lunes 7 de diciembre. Porque no encuentro otro termino mejor que ése —alegría serena— para calificar lo que desde entonces compartimos. No hemos presenciado entre nosotros ese derroche de euforia, jactancioso y provocador, exhibido en otras celebraciones de triunfos electorales. Tampoco la sensación de irrefrenable catarsis con la que se celebran, por ejemplo, los triunfos del beisbol o los del Brasil en el mundial de fútbol. Ni siquiera despertamos el lunes con esa sensación de ciudad satisfecha pero ojerosa, con las huellas de la juerga nocturna aún clavada en los rostros y la basura acumulada en las calles, como sucede cada vez que arriba el 1° de enero.

Hay, sin duda, muchas razones más para explicar el fenómeno, más allá de la «luna de miel» que —se supone— se produce entre electores y elegidos en la etapa de transición. Probablemente, el primer factor que convierte lo que pudo ser un acto de euforia colectiva de los triunfadores en uno de alegría serena de toda la nación, es la sorpresa. Nos ocurre como al aprendiz de manejo de explosivos a quien le corresponde desactivar, sin la guía de sus maestros, su primera bomba de alta potencia. Rompe la última conexión y cierra los ojos, se resigna a lo peor, espera unos segundos y el estallido previsto no llega. Pero el aprendiz, en vez de saltar eufórico por su triunfo, se aleja satisfecho, mas caminando casi de puntillas, como si temiera echar a perder el que sin duda será su primer trabajo del alta responsabilidad e importancia para su futuro.

El segundo factor es el alivio. Lo que se percibe en los rostros y las conversaciones de los venezolanos —con las excepciones indispensables— es la sensación de habernos quitado uno o varios pesos de encima. El más importante, por supuesto, es el castigo infligido a Acción Democrática y Copei. La gente mira hacia atrás, respira hondo, recuerda tantos años de líderes nuevos anunciando la desaparición del bipartidismo y al bipartidismo sobreviviendo incólume a las arremetidas del país empeñado en cambiar. Rememora las secuencias de engaños mil veces repetidas por los televisores. Avizora al dueño de los bufetes gritando inocuo en el Congreso: «Muerte a los golpistas». Recuerda los anuncios de los Fondos de Pensiones desaparecidos sin que nadie responda por ellos, el dinero de los ahorristas evaporado de la misma manera, los pagos al Seguro Social que nunca llegaría a usar ni a recobrar. Imagina por un segundo lo que hubiese significado para el incremento de la colección del Museo de la Arrogancia un nuevo triunfo de Acción Democrática, y un escalofrío de desagrado la estremece. Entonces vuelve a recordar los resultados electorales y una leve sonrisa, un poco japonesa, se dibuja en su rostro.

El tercer factor es la venganza simbólica contra el desprecio de clase. Venezuela, desde el domingo, se convirtió en el mundo al revés. Los miembros de la canalla, del populacho, de la pobrecía, como le gusta pronunciar al pensamiento conservador de derecha y de centro izquierda —sí, en Venezuela, aunque parezca contradictorio, hay un pensamiento conservador de centro izquierda—, terminaron comportándose como lores, mientras que quienes los acusaban de bárbaros, y se presume están más cercanos al glamour de las buenas maneras, terminaron comportándose como pilluelos de baja ralea.

Patearon por el trasero a su candidato y uno de sus fundadores. Lo echaron sin contemplaciones de su propia casa. Traicionaron vilmente a la bella dama a cuyos pies se habían arrodillado. Aplaudieron con furor al mismo candidato que pocos días antes habían vilipendiado hasta la humillación. Convirtieron una discusión responsable, seria y decisiva para nuestro futuro, como la de la Asamblea Constituyente, en una campaña de banalidades, payaserías y ardides de mal gusto. Al final, la inmensa estela de boñiga que dejaron por las calles de Caracas el día de la gran cabalgata, quedará en el recuerdo como la más precisa metáfora de su comportamiento electoral.

Sin embargo, independientemente de cualquier juicio, e independientemente también de la confianza que cada venezolano pueda sentir o no en la capacidad y el talento del nuevo gobernante y su equipo, lo más importante, lo verdaderamente decisivo es que un sentimiento que hace tiempo habíamos olvidado, el de la esperanza —la sensación de que las cosas pueden ser mejor si somos más responsables de manera colectiva—, ha vuelto a ser paladeada por muchos. Y eso es suficiente para sentir alegría.

Pero como la mayoría sabe también que ya nada puede ser fácil, que los cambios serán difíciles y seguramente dolorosos, que no hay Mesías que valga por sí solo, y que lo que se inicia es un largo y complejo proceso de reconstrucción nacional, la alegría es serena. ¿Serán los signos de un gran aprendizaje?


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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