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Silencio

Tulio Hernández

El Nacional, domingo 26 de noviembre de 2000

Las manifestaciones contra la ETA, que se reproducen en las calles de las ciudades españolas cada vez que el grupo terrorista asesina a algún político, un juez o un funcionario policial —sus víctimas más preciadas—, dan cuenta del hartazgo, el dolor y la perplejidad que la saga criminal produce en la mayoría de los ciudadanos de esta nación.

Hay algo particular, que no se parece en nada a lo que estamos acostumbrados cuando de una manifestación política se trata. No solamente por el silencio con el que marchan, que en algunos momentos llega a ser profundamente conmovedor. Tampoco por la parsimonia y el orden casi religioso con el que millares y millares de personas salen a manifestar su rabia y su solidaridad. Probablemente, lo que con más fuerza llama la atención es que, a diferencia del común de los actos masivos de protesta política que conocemos —generalmente concebidos para realizar reclamos a los grandes poderes o, como sucedía en los regímenes comunistas, para celebrarlos—, estas manifestaciones son realizadas por la mayoría de un país —grandes poderes incluidos— contra la acción de una minoría sin ningún poder político real y sin ninguna posibilidad de alcanzarlo.

No hay nada parecido a la iracundia de las manifestaciones de los opositores contra un gobierno, o la de unos huelguistas obreros contra una empresa particular. Tampoco el tono apasionado de las manifestaciones de los militantes antiglobalización en Seattle, Washington o Praga, o el cíclico y repetitivo de las protestas antipatronales a las puertas de las empresas norteamericanas. Mucho menos el vigor enérgico de las marchas estudiantiles que periódicamente irrumpen por las calles de las capitales latinoamericanas. Ni siquiera el lejano dejo de esperanza impotente que puebla las manifestaciones masivas colombianas en demanda de paz.

Lo que se respira en estas manifestaciones contra la ETA es un punto de equilibrio entre la rabia profunda y el dolor repetido. Marchan grupos de jóvenes, parejas con sus hijos pequeños, ancianos abrazados a sus amigos y, casi siempre, al frente de la marcha, una representación de los más importantes partidos políticos del país: el PSOE, el Partido Popular, la Izquierda Unida y, de vez en cuando, el Pnuv, una organización nacionalista vasca de derecha cuya indefinición frente a ETA ha creado una legendaria confrontación con el gobierno del PP.

Esta vez, la causalidad ha querido hacernos testigos presenciales de una de estas manifestaciones. El crimen, y también la más importante marcha, han ocurrido en Barcelona. El afecto y respeto por la víctima —Ernest Luch, catedrático universitario y ex ministro socialista de Felipe González, hombre apreciado por todas las comunidades a las que pertenecía y conocido por su persistente vocación para fomentar el diálogo entre los españoles, incluyendo los terroristas vascos— han suscitado una de las más intensas reacciones de ira que, según cuentan, se haya producido contra ETA. El jueves por la noche, en medio y a pesar del frío invernal, las calles de Barcelona, desde el tradicional barrio de Gracia hasta la céntrica Plaza Cataluña, se convirtieron en escenario de una de las más grandes aglomeraciones humanas que la ciudad recuerda en los últimos tiempos.

El acontecimiento marca una semana muy peculiar para España, porque ocurre en los mismos días cuando el país se encontraba celebrando los 25 años de la muerte de Franco, que son al mismo tiempo los del inicio de la transición hacia la democracia y los del aniversario de la coronación del rey Juan Carlos, auténtico héroe, protagonista y hombre victorioso de esta celebración.

Lo paradójico es que mientras, de una parte, analistas de las más diversas posturas ideológicas coinciden en pronunciar entusiastas elogios a una sociedad que en tan breve tiempo logró pasar del atraso y el autoritarismo a la democracia y la prosperidad económica; de la otra, una minoría fanática, por nacionalista, todavía ambiguamente respaldada por un número significativo aunque minoritario de electores vascos, logra crear un clima de guerra episódica basada en tácticas que generalmente se usan en el seno de países autoritarios, o, como ocurre en Colombia, con graves conflictos de grupos armados en su interior.

Y, aunque cada vez más gente concluye que ya no se trata de un grupo político sino de una mafia asesina, la situación no deja de revivir los duros conflictos que ha vivido España, con particular ferocidad durante el período del centralismo franquista, en lo que a la relación entre el gobierno español y las diversas naciones, culturas y lenguas —vasca, catalana, gallega, entre otras— que la conforman se refiere.

Hay todavía una paradoja más. Del rey, salvo algunos disidentes que no lo reconocen como tal, todos —socialistas y comunistas incluidos— hablan bien. Muchos analistas reconocen que se equivocaron cuando irónicamente lo llamaron Juan Carlos El Breve, o cuando se afincaron públicamente en su contra, argumentando su inutilidad, inexperiencia o idiotez. Contraviniendo los manuales de socialdemócratas y marxistas —enemigos por principio de todo orden de poder que no provenga de la voluntad, real o aparente, del pueblo—, nacionales y extranjeros, incluyendo al implacable Fidel Castro, han terminado por reconocer que su presencia, sobria, neutral e inteligente, ha sido fundamental para la construcción de la democracia, y que sin ella España no habría llegado a donde está, en medio de un proceso tan armónico y equilibrado.

De la ETA, en cambio, pareciera que poco o nada se puede salvar, con la excepción de la capacidad que tiene para lograr unir a una sociedad que, por encima de sus divergencias internas, se convierte periódicamente en un solo silencio que le recuerda al mundo el destino del fanatismo y las amenazas de la intolerancia.


Tulio Hernández en La BitBlioteca



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