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Algunos indios
Esta imagen coincide en gran parte con la que traza Fray Bartolomé de las Casas. Sólo que el famoso fraile se aparta de ella en un punto importante, que es el de la fortaleza. El padre Las Casas no se cansa de insistir en la extrema debilidad corporal del indio. No tienen fuerzas para realizar ningún trabajo. Obligarlos a trabajar es condenarlos a muerte. Ambas imágenes combinadas van a tener una larga trayectoria en la literatura. De ellas se nutre principalmente la idea del buen salvaje que va a ser la base de las utopías del Renacimiento. Sobre ellas filosofará con lenta gracia Montaigne. Y llegarán hasta el siglo XVIII para sostener los más diversos argumentos sobre la condición natural del hombre y los males de la vida social. Pero hay una etapa en la que esta imagen sufre cierto deslustre y olvido ante la aparición de otra visión literaria que surge con avasalladora fuerza. En 1569 se publicó en Madrid la primera parte de La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga. Traía a la literatura castellana la más feliz realización de la poesía épico-narrativa de inspiración clásica lanzada por los renacentistas italianos. Sus héroes eran indios americanos. Los irreductibles araucanos de la remota Chile. Ercilla había venido a Chile a combatir con los indios. Los había visto de cerca. Los había visto vivos combatiendo, y prisioneros y muertos. Había oído sus gritos de guerra y conocía sus rancherías. Había comenzado a escribir, como él mismo lo cuenta, en mitad de la lucha durante la sobresaltada noche del campamento, sobre pedazos de papel o de cuero donde a veces falta espacio para terminar la sonora octava real. Conocía también el paisaje de Chile. Sin embargo, cuando va a describir al indio lo cambia y desfigura. Quiere asimilarlo, aun en lo físico, a los héroes de Ariosto, de Virgilio y de Lucano. Puede en él más la moda poética que la directa visión de una realidad que amenaza su propia vida. Los indios de Ercilla: Son de gestos robustos, desbarbados Esta imagen plástica de héroe de la Eneida que Ercilla crea se extiende a su vez. Caupolicán es como Aquiles, Colocolo es como Néstor. No sólo la belleza de las mujeres, sino los sentimientos heroicos son los de la epopeya latina. El paisaje mismo es en gran parte el de la égloga italiana. Un indio homérico, aquilino, de solemne gesticulación y elaboradas arengas surge de Ercilla. Será la estampa favorita del indio para los decoradores de mapas del siglo XVIII. Esta imagen se extiende por toda la literatura hispanoamericana del siglo XVII. Cuando el chileno Oña, que ha nacido en el Arauco mismo, que acaso aprendió de niño la lengua de los araucanos, se decida a escribir un poema para rectificar a Ercilla, será para rectificarle la opinión sobre don García Hurtado de Mendoza. Oña hará en su Arauco domado más latinos todavía a los indios y más italiana la naturaleza. La imagen de Colón y Las Casas y la imagen de Ercilla se conjugan en la literatura racionalista del siglo XVIII Voltaire era grande admirador de La Araucana. Y la concepción del buen salvaje y de las ventajas del estado natural, que es uno de los pivotes del pensamiento que desemboca en la Revolución Francesa, arranca de ellos. Sólo que la visión heroica de Ercilla le cede el lugar a la visión de indefensa bondad y de infantil debilidad de Las Casas. De donde provendrán las curiosas ideas de la Ilustración sobre la degeneración de lo americano y la condición debilitante de su clima sobre animales y hombres, que es la que recoge Marmotel en Los Incas y el inevitable Raynal en su trajinada historia. Con el romanticismo viene otra imagen del indio. Más que nadie contribuye a crearla Chateaubriand en Atala. Es el indio romántico. La visión que presentó Colón en la selva edénica, pero enferma del mal del siglo. Es un indio que sufre como el Corsario o como Rolla y que ama como un héroe de Musset. Este indio sentimental y atormentado puebla la literatura hispanoamericana del siglo XIX. Está en casi toda la novela histórica de tema indígena inspirada en Walter Scott. En toda la llorosa poesía de tema indiano que llega hasta Tabaré. En las novelas sentimentales que culminan en la Cumandá del ecuatoriano Mera. Ya a fines del siglo XIX aparece en el Perú la novela todavía romántica de Clorinda Matto de Turner Aves sin nido. Allí empieza a aparecer otro indio. El indio del pongo, el de la plantación, el del trabajo servil. Es la pintura de la degradación y la miseria moral y material del indio que después recogerán Arguedas, Icaza, Alegría y toda la numerosa y brillante familia contemporánea de los novelistas indigenistas. Esta imagen realista contiene más elementos de verdad que todas las otras. Pero no es tampoco el indio. Es un indio. Una de las formas de ser y de vivir del indio americano, tomada directamente de la realidad local. De estas imágenes sucesivas, que en ocasiones se mezclan y confunden, está hecha la concepción y la emoción literarias del indio en el mundo occidental. Han sido imágenes poderosamente motivadoras. Poco ha importado para ello su escasa correspondencia con la realidad, como en el caso de los renacentistas y de los románticos, o su parcial limitada descripción de una realidad como en el caso de los indigenistas actuales. Ese indio desfigurado por el arte literario ha sido el que más ha influido en el concepto histórico del indio, y por consecuencia el que ha influido también más, más que el indio verdadero, en la actitud de los otros grupos humanos hacia el indígena de carne y hueso. Lo que la historia ha hecho con el indio o para el indio ha dependido en buena parte de la imagen que las gentes se formaron de él a través del arte literario. De las sucesivas imágenes que crearon los poetas en los sucesivos tiempos.
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