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Mi renuncia irrevocable al chavismo ¡Chávez, vete ya! Timoteo Vizcarrondo Ahora, cuando el oportunismo ha dejado de ser definitivamente algo denigrante y ruin, como tan injustamente fue en otro tiempo, tomo la irrevocable decisión de renunciar al chavismo, si es que así puede llamársele a ese estado terminal de inconsciencia e irresponsabilidad. ¿Cómo es posible que haya yo podido pensar que en la estúpida idea de trabajar podía haber algo de edificante para la patria, sobre todo en un país de tantas necesidades como este? ¿En virtud de qué tengo yo que remitirme al ostracismo abyecto del trabajo mientras mis vecinos de Alto Prado disfrutan su tarde de paro en la piscina disertando lúcidamente sobre las innumerables evidencias del comunismo y la criminalidad del gobierno? ¿Por qué voy a tomarme yo la atribución de estropear un paro que persigue tantas cosas buenas para Venezuela? Definitivamente, quien no se dé cuenta de los aportes que esta gente hace al país parándolo de mes en mes y gastando tanto la cornetica del carro no merece la libertad por la cual tanto ha luchado la clase media opositora. En verdad mi vergüenza no puede ser hoy mayor. Haber tenido que pasar inadvertido durante meses frente a gente como esta, cuya entrega y nobleza llega a extremos impensables de ansiedad libertaria cuando es movida, por ejemplo, a ondear una bandera que se sabe han repudiado toda la vida por balurda y subdesarrollada; a vitorear generales que apenas hace unos días se les presentaban como los más innegables y bochornosos signos de corrupción e inmoralidad, y encima tener que brindarles de su whisky particular; a abrazar acongojados frente a las cámaras a quienes todavía tienen demandados ante el Tribunal Supremo de Justicia por el más evidente y constatable delito de latrocinio contra la cosa pública de nuestra historia, como fue el caso MICABÚ, no puede haber sido menos que irresponsable y poco solidario de mi parte. Por supuesto que hay que excluir de esto a quienes ponen a las cachifas y a los hijos a tocar las cacerolas para no cansarse mucho y poder seguir bebiendo. Poco a poco me he dado cuenta de que todos no son así. Definitivamente hay que reconocerlo; fue mucho el daño que nos hizo Bolívar con esa sarta de insensateces sobre la moral y las luces. En lo personal, reconozco que he perdido un tiempo muy precioso atendiendo pistoladas como esas. De haber sabido que no había nada de inmoral en cambiar arbitrariamente de argumentos antigobierneros de un día para el otro; que se podía denigrar un día de los magistrados por sumisos al Presidente, al otro bendecirlos por preclaros y justos al dictaminar que no hubo golpe de estado y finalmente, otro día después, maldecirlos por no aprobar el referéndum como quiere la Coordinadora; de haber sabido que se podía pedir la salida de Chávez por su tiránico control del Consejo Nacional Electoral y después, cuando se descubre que quien maneja al inefable Consejo es el Presidente de Fedecámaras, quedarse callado sin ningún pudor; de haber sabido que se podía pedir durante meses la intervención de organismos como la OEA y el Centro Carter en el país y en menos de dos días acusarlos de «vendidos» por no obligar a Chávez a salir como sea del gobierno y no sentir vergüenza alguna porque días después al señor Carter le sea otorgado el Premio Nobel; de haber sabido que podía uno comprarse un Mercedes Benz y beber todos los días en los mejores restaurantes haciendo a la vez diagnósticos interminables y precisos sobre la profunda crisis económica que vive el país sin que mediara la más mínima perturbación ideológica en todo eso; me doy cuenta de cuánto hubiese podido progresar. Sí. Progresar como tantos de mis amigos antichavistas que hoy gozan de extraordinarias posiciones en sus empresas, viajan a los lugares más paradisíacos en busca de alivio al estrés que la lucha por la libertad les ocasiona, y que se compran portentosas motos de más de veinte millones, cada una, solo para lucirlas como caballería ligera al frente de las marchas. Así es como yo quiero ser. Para eso me educaron en el «sanignacio». Que no vengan otra vez los adecos a engañarnos; lucha buena esta, no aquella estafa de martiridad que nos vendieron con Ruiz Pineda y Carnevali. Tomo esta decisión, que reitero irrevocable, convencido de la profunda, irrefutable e ingeniosa verdad que revela el santo y seña de moda en la empresa privada nacional a lo largo de los miles de Nota Especial y Tips Publicitarios de los canales de televisión, en los que se ve reiteradamente el éxito de las más variadas empresas, amparadas todas en la misma frase común: «A pesar de la profunda crisis que vive el país, hemos logrado superar con creces nuestras metas». ¿Por qué tendría entonces que seguir yo del lado del pelabolismo? Ahora, para mí (gracias a Dios) no existe inconsistencia alguna entre vivir en el país con mayores libertades públicas del planeta (el único en el que se puede trancar la autopista que le dé la gana a uno sin que nadie oponga el más mínimo reparo, so pena de denuncia ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos) y luchar apasionadamente por el rescate de la libertad, sin importar, por supuesto, si se ha perdido o no la libertad. Lo importante es la lucha. Ni en Inglaterra puede uno hablar contra el gobierno si no es parado encima de una piedrita especial que ponen allá los monarcas para tal fin, solo que ellos no padecen el comunismo que aquí estamos sufriendo. ¿Cómo pude llegar a pensar en algún momento que aquí no había comunismo? Es verdad que aquí no hay las clásicas expropiaciones de los regímenes comunistas, ni los racionamientos a que ellos obligan, ni el control de la banca ni de los medios de comunicación, ni los presos políticos o desaparecidos que son emblema inconfundible de esos estados, ni los desconocimientos de deuda externa, y que, por el contrario éste es el único país de Latinoamérica que ha honrado su deuda externa a cabalidad en estos últimos años, pero de algo hay que acusar a este hombre, porque lo único que se tiene claro es que hay que salir de él a cómo dé lugar. Lo que pasa es que aquí, muy a nuestro estilo particular, tenemos un «comunismo sin comunismo». ¡Cómo no me di cuenta antes! Si me hubiese pasado apenas por la proverbial capacidad de la clase media para el análisis y el dictamen político, por su tan acertada precisión histórica en la escogencia de candidatos a la presidencia, en los cuales, es verdad ha habido algo de mala suerte y nada más (Arria, Tinoco, Carlos Andrés, Álvarez Paz, Irene, Salas Römer, Carmona Estanga, etc.) no me hubiese mantenido jamás, ni un minuto, en el chavismo. Pido perdón al señor Alberto Ravell y al señor Otero. Juro que jamás volveré a cometer la estupidez de suponerles a los medios de comunicación ninguna clase de responsabilidad social, ni ninguna obligación como servicio público. Si los medios son de la oligarquía (en el buen sentido de la palabra, por supuesto) ¿para quién van a trabajar? Hoy veo con claridad que son sólo resabios de una trasnochada mentalidad comunista eso de pretender que en el manejo aventajado y parcial de los medios subyace alguna clase de injusticia y de atentado contra la democracia. ¡Por Dios! Llego con serenidad a esta convicción porque he visto que jamás mis amigos antichavistas habían sido tan felices y tan prósperos. Pero, por supuesto; si te dejan mentarle la madre al presidente en cualquier lado sin hacerte nada, si sales en televisión a cada rato con tus mejores galas de tricolor antichavistas, si puedes granputear abiertamente a cualquier diputado en cualquier restaurante del este de Caracas, si puedes acusar de corrupto al general que te dé la gana sin pruebas de nada y puedas gritarle en su cara «cuidado si me alzas la voz» en plena vía pública, si puedes jurar que no estabas agrediendo a nadie sin que importe el video detallado que te evidencia en lo contrario y nadie pueda ponerte preso ni por la agresión ni por la mentira ni por nada, si puedes faltar al trabajo cuando quieras con el cuento de la lucha, porque te has convertido en prócer de la noche a la mañana, si puedes, en fin, hacer lo que te venga en gana y denunciar de lo mismo (es decir; por esas mismas razones) a un presidente balurdo, patizambo y que te cae mal, que, además, cada vez que hay problemas con el precio del petróleo el tipo sale a buscar mejoras en el mercado y lo logra en menos que canta un gallo ¿cómo no vas a ser feliz? Lo malo es que, visto bien de cerca, termina siendo que es Chávez quien financia las marchas y los paros de la oposición. Porque no se conoce ningún otro caso de paro «exitoso» en el mundo en el que no haya desabastecimiento ni necesidad de hacer colas por comida ni nada de eso. Pero, después de todo, esa es su obligación para eso lo elegimos. Ahora sé que el venir a preocuparse de repente por los altos índices de desempleo no es en lo absoluto la pose hipócrita y demagoga que yo antes le suponía a la clase media, sino la expresión del profundo dolor que puede llegar a sentirse por los asuntos fatuos e intangibles de la vida. Yo hoy lo siento y me da una profunda pena. Como el dolor que me causan las heridas de las montañas y el desvío inútil de los ríos. Y sé que Chávez es el culpable de todas esas desgracias, porque si no ¿por qué tendrían que abrirse las laderas de las montañas si no es porque en mala hora Chávez fue electo presidente? Ahora sé que hablar de crisis económica en un país cuyo crecimiento comercial y construcción de centros comerciales supera en tres años apenas lo que ha logrado hacer toda Latinoamérica junta en casi veinte años, no es sino una ingeniosa manera de hacer crecer el modesto estatus económico del promedio de esa clase media, depauperada y envilecida por más de cuarenta años. Si, a medida que nuestra condición económica individual mejora, la noción de crisis general es superior, entonces nuestro estatus será igualmente superior y de eso se trata. Cualquier cantidad de dinero en nuestros bolsillos se verá grande ante una idea de crisis tan desproporcionada; si yo no puedo crecer, que se hundan más los de abajo y eso, ya de por sí, me hace quedar bien. ¿No quedamos en que la actitud correcta de la clase media es tender a proyectarse de manera ascendente? ¿No es mejor ser amigos de los ricos que amigos de los pobres y compartir con la oligarquía aunque sea una insulsa caminata de turno contra el gobierno? Después de todo, el problema del desempleo no es un problema nuestro, jamás lo ha sido. Ese es un asunto que tiene que ver cómo lo resuelve el que esté sin trabajo. Si los pobres quieren hacer algo útil por el país es dejar de estar entrometiéndose y de creer que este país se va a hundir en la ruina de entregarse a la gente balurda de los cerros que lo único en que piensa es en reunirse en hordas criminales para atentar contra quienes sí entregamos nuestra vida a la lucha por un ideal libertario digno y loable. Que se queden en sus cerros para lo que sirven, para bajar a votar cuando los llamemos ¡Si es que volvemos a llamarlos! Porque lo que soy yo ¡Ni de vaina! Eso sí; que no me vayan a venir después con que ya lo de estar yendo a Altamira es una raya, ni que cargar la banderita y andar tocando ollas con una cucharita o aplaudiendo militares rencorosos del poder está pasado de moda y que eso quedó para el perraje. Yo me paso, pero me hacen el favor de mantener en alto la dignidad de esta lucha. |
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