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100 días y una gran frustración

Caracas, marzo de 1999

aaranguibel
Alberto Aranguibel
Definitivamente es una tragedia nacional. Qué necesidad tenía tanta gente que se suponía seria y de criterio ponderado de estar haciendo tamaño ridículo el día de hoy.

El país ha visto con verdadera vergüenza y estupor cómo en los últimos meses se desató una escalada delirante, voraz, mezquina y hasta obscena, orientada con ensañamiento a empantanar hasta lo más íntimo del presidente Hugo Chávez, sólo porque no se está de acuerdo con su gobierno. Desde el mismísimo repudio a su flamante liqui-liqui verdoso, que un día (no muy feliz, en verdad) enarboló el entonces candidato como símbolo distintivo de la estirpe que aspiraba representar en aquella época del inicio de campaña, hasta la inquietante manía de contar sus anécdotas de Yare en las ruedas de prensa, pasando por la larga lista de desgracias y descalabros catastróficos que se juraron como inexorables para el país apenas asumiera el poder el nuevo presidente, aquí no ha habido nada que se haya dejado de lado en la feroz cacería.

Ciertamente, no se recuerda en la historia contemporánea venezolana una conjunción tal de teóricos, futurólogos, pitonisos y politólogos, reunidos en un mismo festival de ignorancias, disparates y hasta de buenas ideas, dirigidas todas en una misma, terca y ofuscada dirección: despotricar de este gobierno ¡porque sí!

Que «si Chávez gana las elecciones va a estallar una guerra civil», fue una de las primeras irresponsabilidades que se dijeron, pero que todavía incluso se entendía (como la fritanga de cabezas de Chelique) porque se trataba de una campaña electoral en la cual se estaba jugando lo que los temerosos salasromeristas dieron en llamar el destino del país, como nunca antes en nuestra historia.

«... porque apenas llegue Chávez al poder se alzan los militares, que no se van a calar a un simple coronel como Comandante en Jefe», fue una sentencia demoledora cuando la campaña ya se perfilaba en una dirección evidente. Algo que se argumentaba con la férrea convicción de quienes parecían considerar que Rómulo, Caldera, Leoni, Carlos Andrés, Luis Herrera y Lusinchi, llegaron a presidentes por sus logros como generales de infantería (o qué sé yo) en el frente de quién sabe qué batalla y por eso los militares no se molestaron nunca con ellos, cuando en verdad ninguno estuvo ni siquiera en la recluta. El festival de las irresponsabilidades, como venía diciendo.

En aquel momento se machacó hasta la saciedad la tesis del «fujimorazo venezolano»; la del exterminio del Congreso y el encarcelamiento de la Corte Suprema de Justicia. Nadie podía ni siquiera mencionar delante de esa gente la más leve posibilidad de una exageración en tales expresiones porque, por lo menos, era defenestrado a gritos ya ni siquiera por ignorante, sino por bruto y traidor a la patria.

Llegado el triunfo electoral, se desató la jauría de analistas y proyectistas económicos de todo pelaje. «Las inversiones no van a venir por lo menos en dos años», pronosticaron los más aplomados. «... y las desgracias de Chávez van a comenzar cuando se dé cuenta de que no puede cumplirle a la gente nada de lo que ofreció. La gente se va alzar a más tardar a los dos meses de gobierno». De verdad que era para asustarse. Todo era dicho con tal poder de convicción, que uno llegaba incluso a pensar que los gobiernos anteriores fueron un auténtico paraíso para la gente. Que era pobre porque le daba la gana, porque «rial» había. Y había un rebosante mercado de trabajo apoyado en un emporio corporativo que fungía de Seguro Social, a través del cual se dotaba a la población de todos sus requerimientos... y cosas así.

Por eso la gente no se alzó antes, pero sí se iba a alzar contra Chávez.

«El tipo va a imponer una dictadura y, amparado en el estado de facto, va a desconocer todos los acuerdos de la apertura petrolera; va a reversar las privatizaciones y va a acabar con la libertad de expresión. No puede ser de otra manera; él es así; ¡este país se jodió!» afirmaron los más recatados y comedidos.

Cuando, más recientemente, las predicciones fueron cayendo por su propio peso, los expertos en esa suerte de ideología del caos, dictaminaron doctorales: «Ahí está ¿tú ves?: Chávez no tiene programa económico; no cambió los ministros a los veinte días, no botó a la gente de su trabajo; no aumentó la gasolina, no ha aplicado un control cambiario, no ha aumentado el pasaje del transporte público ni aumentó el precio de la cesta básica y encima dice que quiere arreglar la educación, darle vivienda a la gente y eliminar los niños de la calle. Ese tipo no sabe gobernar, eso no es programa económico nada».

Para ellos, el enrumbamiento económico del país más que una gran frustración pareciera ser una auténtica desgracia: Que hayan pasado cien días de gobierno y doscientos desde que se la emprendió contra él y el tipo todavía no baja en las encuestas. ¿Cuándo será que Chávez va a bajar en las benditas encuestas?

Hoy, aún a pesar de los indicadores de la estabilización económica que se está produciendo, la impúdica adaptación del «planteamiento» de ese periodifritismo interpretativo, es aquella según la cual Chávez debe caer indefectiblemente en las encuestas... ¡después de que pase el fenómeno de la Constituyente! Es como una carrera absurda en la que el país no importa, es sólo una pista, una gran cancha; lo que importa es ganarle al presidente.

En estos primeros cien días si algo ha sucedido es que, mientras esta gente (que irónicamente se autodefine como guardiana de la patria, a la vez que manda notas de prensa para el exterior hablando pestes del país) profundiza y perfecciona su prédica del evolucionismo del sinrazón (desvergonzada capacidad para inventar una negación apenas la anterior se desmorona) aislados de la gran mayoría de los venezolanos, los empresarios, los organismos sindicales y hasta los sectores más conservadores de la sociedad están aceptando y respaldando en forma creciente las fórmulas y propuestas del novicio presidente, convencidos de que las mismas efectivamente conducen a un mejor bienestar para el país, en su conjunto, más por la confianza que inspiran los hechos que por alguna suerte de temor o de sumisión institucional, como seguramente esgrimirán los agoreros de oficio.

Lo más ruin y despreciable sería que ahora viviesen a argumentar que el repunte de los indicadores económicos presentados por el presidente como aval de sus primeros cien días, pudiera atribuirse de alguna manera a «la presión» que ellos orquestaron a lo largo de todo este tiempo.

¡Sería el colmo!


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