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Sección: Bitblioteca
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Retórica mesiánica o el nuevo modo de ganar votos mediante la palabra Marzo de 1999
En eso que se conoce como «la carrera política», el ejercicio de la «maquinación» (o la «cuadratura», dependiendo del origen marxista que se tenga), se convierte en una actividad a tiempo completo, tan obligatoria como fórmula de sobrevivencia y de asunción a nuevos niveles de «liderazgo», que incluso después de cuarenta o cincuenta años de militancia puede ser la actividad exclusiva por excelencia de un político cualquiera que se precie de serlo. Precisamente por eso, porque no requiere de formación intelectual ni profesional de ninguna naturaleza y sí de una especial capacidad para la zarracatería y la componenda, es que ha resultado altamente atractivo y práctico ejercer la política y, por ende, estructurar un discurso fácil y acomodaticio, aun cuando éste deba respetar ciertas normas y reglas de comportamiento y de estilo. Es decir; aunque se le vea muy feo, usted deberá hablar siempre imitando en lo posible al líder o Mesías de su organización sin ningún dejo de vergüenza o pudor; con el mayor desparpajo deberá usted ofrecer siempre cosas cada vez más imposibles de realizar, y; cuando se requiera de talento o de inteligencia (como los asuntos más serios de la nación o los más dolorosos para la gente), deberá tratar de concentrarse en hacer frases que, a su manera de ver, resulten chistosas o claramente burlonas. ¿Entiende por qué se acabaron las ideologías? Como ejemplo de esto recuerdo la anécdota de aquel singular dirigente de la legendaria Juventud Comunista, que en los albores de la etapa democratizada de la izquierda (tenida por lo general como muy culta y «leída»), arremetía aguerrida y duramente contra el anticomunismo en un muy concurrido mitin del PC en Maturín, argumentando algo así como: «Nos dicen comunistas porque queremos el bienestar para el pueblo; nos dicen comunistas porque queremos mejores viviendas para la gente; nos dicen comunistas porque aspiramos la igualdad social (y así sucesivamente)» concluyendo: «¡¡¡Pero más comunistas serán ellos, que tienen al pueblo oprimido y en la miseria!!!», etc., etc. Una muy particular manera de articulación del mensaje que, si aceptamos como impensable en esa época la intención autocrítica que pudiera darle otro sentido o justificación a tan evidente desaguisado, obviamente obedecía a una peculiar forma de manipulación del público en aquel acto, y demostrativa de la carencia de formas válidas y efectivas para salir al paso a situaciones complejas en el discurso político venezolano. Y es que nuestros políticos han confundido desde siempre «liderazgo» (individual o colectivo) con «capacidad comunicacional». El que un grupo de personas se reúna por un tiempo determinado frente a una tarima, y que reaccione emocionadamente a los ademanes y a la retórica mitinesca de un dirigente en particular, no significa en lo absoluto que se esté desarrollando en ese momento un discurso que comunique claramente ideas ni conceptos elaborados que permitan evaluar apropiadamente la calidad y valía del orador ni, mucho menos, que transmita elementos de juicio que ayuden a establecer identificación o lealtad hacia él. Si el liderazgo estuviese de alguna manera relacionado con la capacidad comunicacional del individuo o de la organización, no se explicaría la desmedida inversión publicitaria que debe hacerse para promocionar a los candidatos en cada proceso electoral. Tampoco, por supuesto, se explicaría cómo, siendo el sector con mayor presencia en los medios (o capacidad de exposición pública, como también le dicen), es, simultáneamente, el que ostenta el mayor rechazo por parte de la población. Quiere decir que lo que se ha comunicado a través de esa superior presencia en los medios ha sido un mensaje equivocado o, por lo menos, erróneo. Pregúntele usted a cualquier ejecutivo junior de la Procter, o de Gillette, o de Coca Cola, y dígame si no. Ahora, cuando se ha generalizado tanto entre la burguesía política del país el rechazo al estilo retórico del presidente Hugo Chávez, se asume sin ningún resquemor la táctica de estructurar el discurso de acuerdo exclusivamente a lo que supuestamente sería su fuerte; decir sólo lo que quiere escuchar la gente. Esto que no es sino una mezquina manera de responder al evidente éxito que el Comandante ha demostrado que puede tenerse a partir de un modo de hablar directo y muy sencillo aún cuando apele a símbolos y códigos retóricos que le den ese carácter mesiánico a su forma de expresarse, aparece como un nuevo modelo de discurso político basado en la impudicia y en la imprecisión técnica para perfilar el mensaje. Se estima, erróneamente una vez más, que bastaría un canto de sirenas para superar los niveles de rechazo o de apatía que hoy expresa la sociedad. Se desconocen de nuevo las herramientas que deben ser aplicadas para estructurar un discurso fundamentado y consistente que logre estimular la credibilidad y la confianza a que se aspira. Se olvida que Chávez, precisamente por su tan particular estilo retórico, es un líder de masas que responde a una retroalimentación (comunicacionalmente hablando) que se fundamenta no sólo en las características particulares de su formación académica o intelectual, cualquiera que ella sea, sino en la correspondencia de su experiencia y su trayectoria personal y pública con lo que dice, en lo cual, al parecer, existe, además, sintonía con lo que en efecto quiere la gente. Por eso uno ve (con todo el asombro y la pena ajena del caso) cómo, desde Pablo Medina hasta Carlos Andrés Pérez, pasando por Hermann Escarrá, Jorge Olavarría, Cira Romero y hasta Reyna Lucero, todos los candidatos a la Constituyente se permiten justificar su presencia en este proceso argumentando impúdicamente (¡todos por igual!) lo que ellos suponen es el resumen del clamor popular en este momento; promover los cambios que quiere el país, velar por la descentralización y vigilar el fortalecimiento de la democracia. Amén, por supuesto, de la retahíla de «responsabilidades» o propuestas individuales que lleva cada uno de ellos a la Asamblea, y que van desde la «necesidad de velar por la asignación de recursos para la fabricación de peñeros de agua dulce», hasta la de «fomentar el desarrollo de los criadores de cochino enano» y cosas por el estilo. Así de simple. Sería impreciso y hasta irresponsable analizar el fenómeno comunicacional que es Chávez reduciéndolo a un mero logro de campaña electoral. Su tono mesiánico (explicable más por sus gustos copleros que por su supuesta tendencia a la demagogia) y su modo llanerazo, así como la manera fresca, inteligente y sin poses «magistraturales» de Enrique Capriles Radonsky, por ejemplo, tienen que causar una evidente sorpresa entre los venezolanos, acostumbrados a escuchar siempre una misma engolillada y reiterativa retórica adecocopeyana. Esta manera de hablar de la nueva clase política (que causa escozor solamente en ciertos sectores pequeño burgueses y salasromeristas del país) es, sin lugar a dudas, parte de lo que los partidos tradicionales le desconocieron durante tanto tiempo a la sociedad, a través del cual, entre muchas otras omisiones de tipo material y espiritual, perdieron hasta la noción del modo de hablar de nuestra gente. Hoy, toda vez que la maquinaria ya no es el instrumento determinante para ganar las elecciones, la palabra adquiere un nuevo rol como instrumento político. En el caso de Chávez, existe un añadido que le da más valor a su capacidad comunicacional y es el sentido estratégico que él le otorga a este aspecto. Luego de lo que todos sus enemigos vaticinaron persistentemente como su tendencia tirana, el novel presidente sorprende apelando a una táctica del más elemental sentido común; hacer un programa de radio, uno de televisión y montar un periódico. Algo que la prepotencia y la miopía de sus antecesores les impidió deducir, empeñados como estuvieron siempre en subestimar el nivel intelectual de la gente, tildar de frívolo el poder de los medios, sobrestimar su imagen pública y dejar todo el trabajo a las indefensas y torpes declaraciones ministeriales en las escalinatas de Miraflores. Vayan y pregúntenle a Pérez.
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