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La navegación de vapor
Este artículo fue publicado con este título en El Araucano, nº 251, Santiago [Chile], 26 de junio de 1835. Fue reproducido por Miguel Luis Amunátegui Aldunate en O[bras] .C.[ompletas] VIII, pp. 467-471, como el primero de varios artículos que agrupó bajo el rubro de "La Asociación en Chile". Restituimos el título original a este primer artículo que conocimos en el tomo de Escritos de divulgación científica. El segundo y tercer artículo, de la serie recogida por Amunátegui se insertan en el volumen de Temas Jurídicos y Sociales. El cuarto artículo no lo creemos de Bello. [Comisión Editora, Caracas, en Andrés Bello (1981), Obras completas, tomo XXIV, Caracas: La Casa de Bello, p. 556-63]. El plan recientemente proyectado de introducir la navegación de vapor en el Pacífico merece la atención y apoyo del público todo, porque nada puede ser más interesante a Chile que el ver aplicada a sus comunicaciones marítimas la potencia extraordinaria de este agente, que, sin embargo de estar todavía en su infancia, ha hecho ya tanto en beneficio de la especie humana. Mucha diversidad de opiniones ha habido acerca del primer descubrimiento de la navegación de vapor; mas al presente no admite duda que Barcelona fue el primer pueblo en que apareció. En 1543, Blasco de Garay, oficial de la marina española, después de repetidas representaciones, logró inducir a Carlos V a que se nombrase una comisión para examinar este descubrimiento, debido a Garay. El resultado fue decisivo; y las playas resonaron con los aplausos de los espectadores al ver las evoluciones náuticas del buque ejecutadas sin el auxilio de velas o remos. Los comisionados dieron al emperador un informe favorable; pero el ministro de hacienda, sea por superstición u otro motivo, desaprobó el proyecto. Este gran descubrimiento, que hubiera sido la gloria y la esperanza de España, quedó sepultado en olvido por más de dos siglos; y Garay, con su genio digno de la edad presente, bajó al sepulcro sin recompensa y sin gloria; de manera que ignoraríamos su nombre si no hubiera sido por Navarrete, cuyas eruditas indagaciones sacaron a luz la existencia de este grande hombre al cabo de cerca de tres siglos. Poco más de cien años después del descubrimiento de Garay, el marqués de Worcester introdujo el mecanismo de vapor en algunas manufacturas; y no hace mucho tiempo que se aplicó el mismo medio en Escocia (aunque no con entero suceso) para dar movimiento a un buque. Finalmente Fulton, aprovechándose de los conocimientos de sus contemporáneos, y aplicándolos con mucho talento, llevó a cabo la grande obra, que en menos de veinticinco años ha efectuado una tan gran revolución en el mundo comercial. Si Carlos V hubiese alargado una mano protectora al primer descubridor, ¡qué grandes resultados se hubieran obtenido probablemente! España, con su riqueza, inteligencia y comercio, hubiera señalado para siempre en su historia este brillante y magnífico invento. Los rápidos progresos del vapor sólo guardan proporción con las ventajas que ofrece al mundo. Todo el continente europeo goza ya de su saludable influencia. Gran Bretaña, quizá más que ninguna otra nación, animó y perfeccionó este nuevo ramo de la náutica. Sus paquetes cruzan todos los mares de Europa; y su comunicación con las colonias orientales ha llegado a tal punto de celeridad, que sólo exige ahora algo menos que la mitad del tiempo que antes se empleaba en ella. La India ha comenzado a sentir sus efectos: desde el Mar Rojo hasta las playas del Indostán se ha extendido rápidamente la navegación de vapor; y aun Nueva Holanda, que apenas empieza a salir de la barbarie, participa ya de sus beneficios. Francia es la nación que ha sabido aplicarla más extensamente a la guerra; y en su expedición a Argel la adoptó con el mejor suceso a las operaciones ofensivas. Ella ha llevado la navegación de vapor a los estados italianos, las islas Jónicas, el Archipiélago y Austria, reportando una rica recompensa para su industria. Los estados de Alemania, Rusia, Suecia y Dinamarca participaron del bien general. Los Estados Unidos, que tienen ventajas peculiares para la navegación de vapor, la han adelantado de un modo increíble: como que se hallan situados sobre una inmensa costa marítima, con una cadena de lagos que cierran casi toda su frontera occidental, y bañados por los ríos más caudalosos del mundo, cuyos brazos se ramifican y serpentean por todos los valles, y riegan sus hermosas praderas, acarreando buques y botes en todas direcciones, impelidos por la prodigiosa fuerza del vapor. El Mississippi, que recibe los tributos de infinitos ríos y raudales y lleva sus caudalosas aguas al océano, desafiando el poder del hombre, se ha sometido al yugo de la ciencia; y sus fértiles valles y prados, que pocos años ha eran unos desiertos improductivos, rebosan ahora de vida y alegría. Tales han sido los prodigiosos efectos del vapor respectivamente al comercio. En las manufacturas y caminos, su influencia sobre la sociedad ha sido inmensa: las distancias parecen aniquilarse; y puntos entre los cuales mediaba antes toda la extensión de la América comunican ahora entre sí mediante un viaje de pocos días. Sin embargo, este asombroso mecanismo se halla todavía en su infancia; y está reservado a las edades venideras ver el complemento de su maravilloso poder. Pero los que hemos mencionado no son sus más benéficos efectos: acercando las naciones unas a otras y cimentando la alianza de todos los pueblos, suaviza las asperezas de carácter, da más elasticidad a las almas, promueve las ciencias y armoniza los sentimientos. Si tales han sido las felices consecuencias de este descubrimiento en casi todas las secciones del mundo cristiano, ¡cuáles serían sus efectos probables en Chile y en los demás países situados sobre la costa del Pacífico! Si no nos engañamos, la situación geográfica de Chile hace más interesante el uso del vapor para esta república, que para la misma Europa. Es verdad que sus ríos no son tan a propósito, como algunos otros, para la navegación interior. Sin embargo, puede llevarse esta navegación hasta el centro mismo de su territorio, y sus costas y desiertos se llenarán de vida y actividad; brotarán nuevas fuentes de agricultura e industria; se sentirán los admirables efectos de la civilización en los más remotos ángulos de la república; se extenderá el goce de las comodidades de la vida, y crecerá con ellas rápidamente la población. Habiendo hecho ver las ventajas que se han realizado, y pueden realizarse todavía, con el auxilio de este poderoso agente del hombre, trataremos ahora del medio que se ha adoptado y puede también adoptarse aquí para obtenerlas. Todos confesarán que el principio de vida que lo anima consiste en el espíritu de asociación, a que debe tantos beneficios el mundo civilizado. Los esfuerzos individuales no han alcanzado nunca grandes objetos, a lo menos objetos de interés general. Tanto en Europa, como en América, se han ejecutado casi todas las obras públicas por medio de compañías, y éste es el único arbitrio para llevarlas fácilmente a cabo, pues en él se combina el bien de los individuos con el del público sin menoscabo del uno 0 del otro; y despertándose la emulación, se excita la actividad del alma para nuevos descubrimientos y nuevas asociaciones, en que se concilian de la misma manera los intereses de los individuos y de la comunidad. El espíritu de asociación produce los más benéficos efectos sobre la sociedad humana, inspirando la mutua confianza., que es la base del crédito comercial, difundiendo las noticias y conocimientos, y dando nuevas garantías a la seguridad de toda clase de propiedades. Si no fuese por él, ¿cuál sería el estado de la gran familia mercantil? ¿Quién arriesgaría sus bienes, enviándolos a los últimos confines de los mares, si las compañías de seguros no tomasen sobre sí el peligro? ¿Cómo establecería su crédito una gran nación marítima sin las asociaciones de bancos? ¿Cómo se construirían las obras públicas, los puentes y caminos nuevos, sino por este medio? El espíritu de asociación ha establecido universidades y colegios, ha fomentado las artes y las letras, ha hermoseado las ciudades, vivificado los campos y levantado asilos de beneficencia para los afligidos y menesterosos. A él debemos, en una palabra, toda la riqueza, abundancia y felicidad que se gozan en el grado más alto de civilización y cultura. Esperamos ver naturalizado y arraigado en Chile este espíritu de asociación; y nos prometemos que esta primera tentativa será el preludio de otras más importantes y grandiosas. Volvamos la vista a lo que ha hecho en otras partes, y colegiremos lo que hará entre nosotros; porque una vez puesto en movimiento, la esfera de su actividad no tiene límites. El siglo en que vivimos es un siglo de maravillas. La historia no nos presenta época alguna en que la marcha de la civilización y el cultivo de las artes y ciencias hayan hecho progresos tan rápidos como al presente. El honor de la nación y nuestro interés propio deben estimularnos a tomar parte en este movimiento general, que se deja ya sentir aun en países que parecían condenados a una eterna barbarie.
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