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Con la lengua

El castellano de Venezuela II

El Nacional, domingo 7 de mayo de 2000

No pensaba dedicarle un segundo artículo a este tema, en relación con el Coloquio sobre el Español en el Caribe, realizado recientemente en Puerto Rico. Pero una carta enviada a la sección de «Cartas» de El Nacional, cuyo remitente tuvo la gentileza de mandarme una copia, me obliga a hacerlo.

He aquí la carta del economista Manuel Martínez, enviada desde Valencia: «Por favor, señor Márquez: con todo el respeto que merece por su bien ganado prestigio, como tratadista y amante de nuestra lengua, permítame hacerle llegar las siguientes observaciones, en respuesta a su resumen de ejemplos idiomáticos referidos por usted en el coloquio sobre el castellano realizado en Puerto Rico («Con la Lengua», 30.04.00): no es PR el país más apropiado como sede para esos temas, porque sus parlantes están más identificados con el inglés que con el mismo castellano. Cierto que algunos venezolanismos dan peculiaridad al castellano nuestro (vaina, bicho, coroto, mamandini, ladrar...) pero, el hecho que oigamos decir con gran frecuencia: intérvalo, cónsola, estábanos, infórmenes, méndigo, diábetes, cien por ciento, cien por cien, chirriquitico, lejísimo, en lugar de, no respectivamente, intervalo, consola, informes, estábamos, ciento por ciento, diabetes, mendigo, chirriquitico, lejísimos, este hecho, digo, no da pie para hablar de venezolanismos, habida cuenta que se trata sólo de formas corruptas, barbarismos o vulgarismos, propios del analfabetismo nacional que sigue caracterizando a Venezuela. Sé que comprenderá lo dañino que para la dinámica de nuestra lengua sería que ella se “enriqueciera” con las desviaciones idiomáticas de tales analfabetos, tal como según le entendí, usted dejó sentado en dicho coloquio».

Además de equivocado, es injusto el juicio que ahí se emite sobre Puerto Rico. Todo lo contrario, es admirable cómo los puertorriqueños defienden su cultura hispanoamericana, y en especial su idioma. Conozco muchos puertorriqueños partidarios de que Puerto Rico se convierta en estado de la Unión, pero aferrados a su cultura y su lengua puertorriqueñas. Además, en Puerto Rico existe uno de los más valiosos y dinámicos movimientos de investigación sobre el idioma castellano, desarrollado en diversos centros universitarios y académicos sumamente respetables, uno de los cuales es, precisamente, el que organizó el coloquio.

Un hecho por demás elocuente es que en Puerto Rico no ha ocurrido lo que ocurrió en Filipinas, a raíz de la ocupación de ambas naciones por Estados Unidos como secuela de la derrota española en la guerra hispano-estadounidense. En Filipinas se impuso el inglés, y el castellano desapareció totalmente, aunque después los filipinos fueron al desquite y hoy impera su lengua primigenia, el tagalo, como idioma oficial. En Puerto Rico el inglés no pudo desplazar al castellano, que sigue siendo la lengua nacional y es uno de sus idiomas oficiales, junto con el inglés. Pero éste no se usa sino en determinadas actividades administrativas, mientras el castellano sigue siendo la lengua que se habla corrientemente en todas partes. Por supuesto que es un castellano muy influido por el inglés, lo cual es explicable como fenómeno lingüístico, dada la convivencia del pueblo puertorriqueño dentro de una situación semicolonial, hábilmente matizada por la figura jurídica del Estado Libre Asociado, y la enorme influencia que en todos los sentidos, político, social y económico, ejercen los Estados Unidos sobre la sociedad puertorriqueña. Lo admirable es, precisamente, que dadas tales condiciones, el castellano haya sobrevivido como lengua nacional puertorriqueña.

En cuanto a lo que he llamado «el castellano de Venezuela», el economista Manuel Martínez de nuevo está equivocado. En primer lugar, en mi artículo al que él se refiere no empleé para nada la palabra «venezolanismo», sino la expresión «peculiaridades del castellano de Venezuela». Algunas de éstas, por supuesto, se catalogan como «venezolanismos», pero no todas.

Cuando se habla de «venezolanismos», lo mismo que de «peculiaridades idiomáticas», no se trata necesariamente de emitir juicios de valor sobre cómo se habla o escribe nuestro idioma. Es posible hacerlo, desde el punto de vista de la gramática normativa, pero ése no es mi propósito ni me interesa. Aun así, es absurdo pretender que todas esas peculiaridades idiomáticas sean incorrectas, y mucho más que se trate «de formas corruptas, barbarismos o vulgarismos, propios del analfabetismo nacional que sigue caracterizando a Venezuela». ¿Por qué ha de ser execrable pronunciar «diábetes» como palabra esdrújula, tal como es costumbre inveterada en Venezuela? En España se dice «vídeo», ¿y por eso va a ser condenable que en Venezuela digamos «video»? Lo esencial es que esas modalidades no sean artificiales ni caprichosas, sino muestras de una arraigada tradición. Ya Andrés Bello lo dijo: «Chile y Venezuela tienen tanto derecho como Aragón y Andalucía para que se toleren sus accidentales divergencias, cuando las patrocina la costumbre uniforme y auténtica de la gente educada» (Prólogo de la Gramática). ¿Y podemos ser calificados de «analfabetos» todos los venezolanos que decimos «diábetes», y no «diabetes»?

Una peculiaridad nuestra, y de muchos otros pueblos hispanohablantes, es la supresión de la «d» intervocálica: lao, melao, soldao, deo, peo, mieo, perdío, cundío, nacío, pelúo, tóo, greñúo, desnúo... ¿Habrá un solo venezolano que nunca haya pronunciado así todas o algunas de esas palabras? Son formas coloquiales que usamos comúnmente en la conversación ordinaria, pero que jamás escribimos ni empleamos en el lenguaje de nivel culto. Y eso es normal.

Es lamentable el tono despectivo que se refleja en ciertos pasajes de la carta del señor Martínez. Contrasta con su peculiar sintaxis, bastante alejada de la normativa académica que él pareciera defender.


Alexis Márquez en La BitBlioteca


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