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La Real Academia se remoza
El Nacional, domingo 3 de octobre de 1999
No hay duda de que estas nuevas normas ortográficas, más que la gramática y el propio diccionario, reflejan muy bien el remozamiento y la modernización de la Real Academia. Ya ésta no puede verse como la docta, pero acartonada institución olorosa a polilla y naftalina, de la que indirectamente se burlaba un célebre escritor mexicano llamando a los académicos de su país, «correspondientes de la Española», «micos de acá». Basta con observar que, al margen de los criterios que hoy guían en su trabajo a los académicos españoles, criterios en su mayoría muy modernos y avanzados, allí el trabajo se hace con el auxilio de los más recientes sistemas e instrumentos de la Informática. De modo que cualquier persona, desde cualquier parte del mundo, tiene acceso a los logros y resultados de ese trabajo con sólo consultar la página Web de la Academia, cuya dirección, tal como me lo pidiera recientemente un lector, doy a continuación: http://www.rae.es/. Ahí quien lo desee puede obtener todo tipo de información sobre nuestra lengua, y hasta consultar el DRAE, no sólo en su más reciente edición (1992), sino incluso en la primera que de él se hizo, el llamado «Diccionario de Autoridades», publicado entre 1726 y 1737. La Real Academia posee, además, una impresionante base de datos sobre la lengua castellana, la más grande y rica que se tiene en el mundo sobre un determinado idioma. No son, en realidad, muchas ni muy profundas las reformas contenidas en estas nuevas normas ortográficas. No hacía falta. La ortografía es uno de los elementos lingüísticos más estables y conservadores, en el nuestro y en todos los idiomas. Ello es así seguramente porque la ortografía es uno de los principales factores de unidad idiomática. Lo cual en nuestro caso es particularmente importante, por la enorme dispersión geográfica del Castellano, como lengua nacional de más de veinte países. Un relajamiento de las normas ortográficas, que condujese, además, a frecuentes reformas de las mismas, podría conducir a una peligrosa anarquía lingüística de impredecibles consecuencias. Este punto lo tienen muy claro los actuales miembros de la Real Academia, hasta el punto de que, en el prólogo de este libro, se recuerda que en sus Estatutos vigentes se señala como un objetivo prioritario el de «velar porque los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico», de tal modo que, siguen diciendo en el prólogo, «...nuestro viejo lema fundacional, «limpia, fija y da esplendor», ha de leerse ahora, más cabalmente, como «unifica, limpia y fija» (p. XV). Destaca en esta ocasión el hecho de que la Academia, por primera vez en su historia, ha querido presentar sus nuevas normas ortográficas en Hispanoamérica, antes que en España. La gira que a ese efecto realizó el director García de la Concha comenzó por Buenos Aires, y siguió luego a Santiago de Chile, Bogotá, Caracas y México. Sólo al regreso del viaje se hizo la presentación en Madrid. Esta decisión obedeció al hecho de que en la elaboración de estas normas la Real Academia tuvo la colaboración activa y muy enriquecedora de todas las academias correspondientes, en los diversos países hispanoamericanos. De ahí que los mismos académicos hayan dicho, en el prólogo ya citado, que «Los detallados informes de las distintas Academias han permitido una Ortografía verdaderamente panhispánica» (p. XIII). Esta atención por el Castellano hablado en América ya se había manifestado veinticinco años atrás, con el «Esbozo de una nueva gramática de la lengua española», publicado en 1973, aún no adoptado como gramática oficial, pero sí tenido como un cuerpo fundamental y muy respetado de doctrina gramatical. Mientras que en la gramática aun vigente como texto oficial, de 1931, apenas se citan dos o tres autores hispanoamericanos como paradigmas del buen decir, entre ellos el inevitable Andrés Bello, en el «Esbozo...» pasan de veinte, entre ellos algunos que, para el momento de su publicación eran escritores de avanzada, renovadores indiscutibles del idioma, como Borges, García Márquez, Carpentier, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Cortázar, Úslar Pietri, Rulfo, etc. Otro aspecto interesante de estas normas ortográficas es que en ellas la Real Academia modifica sustancialmente el criterio de autoridad que solía aplicar antes en materia de reglas gramaticales. En esta oportunidad son raros los casos en que se dan normas obligatorias, y, en cambio, abundan las expresiones como «suele hacerse así», «suelen escribirse...», «pueden escribirse...», «·pueden llevar...», «se prefiere»·, «es mejor...», «se recomienda...», etc. Incluso cuando se señalan formas no propiamente permisivas, sino de obligatoria observancia, se usan expresiones más persuasivas que impositivas: «se escribirán...», «se escribirán siempre...», «debe evitarse...». En otra ocasión comentaremos algunas de las principales novedades en cuanto a las normas ortográficas propiamente.
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