Caracas, Sábado, 19 de abril de 2014

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El cuento premiado de «El Nacional»

De Obras incompletas, Caracas: Monte Ávila, 1969

Lucía y Aníbal Nazoa en el 30º aniversario de la publicación de las Obras incompletas (foto El Nacional)

Lo de «. ..premiado de “El Nacional”» (1) es un decir. Porque el Cuento venezolano es el Cuento venezolano, independientemente del Concurso para el cual se escriba. Y conste que lo del Concurso no es un decir, porque la gran mayoría de los cuentistas venezolanos trabajan para los concursos o, cuando menos, con la secreta esperanza de verse incluidos en una antología. De ahí el acento de guachafita que tiene en nuestro país la cuentística, el género más generoso, si se puede decir semejante barbaridad, de la literatura nacional. Género que acoge en su seno con la misma mansedumbre a médicos, abogados, agentes de seguros, ingenieros agrónomos y hasta a cuentistas. El cuento tiene un no sé qué que tienta a todo el mundo, como si no hubieran existido Poe, Maupassant, Quiroga ni Gógol. No sabemos cómo será la cosa en otros países, pero al menos respecto a Venezuela podemos asegurar que en el alma de cada ciudadano palpita un cuentista. Dos condiciones fundamentales tiene el cuento, la una lícita, la otra horriblemente ilícita: un lenguaje limítrofe con la poesía o francamente poético y una incomprensibilidad a prueba de bomba. Ningún cuentista que se respete podrá presentar la trama de su cuento de una manera directa y sencilla que cualquier lector pueda captar sin esfuerzo. Si usted quiere narrar, por ejemplo, la aventura de un hombre a quien un perro bulldog ha obligado a pasarse cuatro días trepado a una mata de mango, deberá contar el asunto de tal manera que sólo los lectores de inteligencia privilegiada sean capaces de entender que no se trata de un misionero perseguido por un rinoceronte o de un estudiante de arquitectura atormentado por el complejo de Edipo y enamorado al mismo tiempo de su antigua profesora de Geografía pero con un componente homosexual representado por el parecido de dicha profesora con Manolete. El cuento ideal es aquel cuyos lectores no logran jamás ponerse de acuerdo sobre si el protagonista mató a su prima o la obligó a suicidarse, si la prima era la paralítica o la campeona de natación y aun si el protagonista tenía alguna prima.

Un aspecto de importancia capital en el cuento es el «lenguaje interior»: todo personaje de cuento debe reflexionar constantemente, contribuyendo con sus reflexiones a oscurecer el tema del cuento y a hacer que el lector se sienta avergonzado de su ignorancia en materia de Filosofía y Psicología. Un cuentista se puede considerar fracasado si sus lectores lo entienden a la perfección, o lo que es más grave todavía, confiesan abiertamente que no lo entienden: el truco está en ser inconfesablemente incomprensible. Eso de que usted escriba un cuento y cualquier escolar sea capaz de decir «se trata de un muchachito vendedor de billetes que sale a la calle la Nochebuena de Navidad y lo mata un carro y entonces se va al cielo y cena con el Niño Jesús», francamente, es como para retirarse del oficio.

Otra cosa que tampoco es admisible en ningún cuento digno de ser publicado es la presencia de personajes llamados Juan, Antonio, Josefina o Margarita. No, señor: el personaje decente se debe llamar Ralupio, Mamachenta, Felóxido o Marginada. Como tampoco debe hablar un lenguaje excesivamente recatado. Cuento que no tenga malas palabras —y con esto damos por terminadas nuestras recomendaciones—, no es cuento.

Ahora presentamos nuestro ejemplo (2). En el cual, por cierto, hemos dejado colar cierta remota influencia de Gabriel García Márquez para cumplir con otra de las condiciones que debe llenar el buen cuento venezolano: el de tener algún parecido suficiente para suscitar una polémica.

Tal como dijo la Muerte

Cuento de Servideo Rondín.

Mañana mismo vendo ese chivo. Mañana mismo. ¿Recuerdas, Conchepa? Digo, si el Consumidor no te bebió también los recuerdos, como le bebió las mariposas grises a las diecinueve tías de Lisandro.

Hombre escuálido y montado al aire, el Consumidor. Pero áspero y cruzado de secretos engrudos como la piel de un caimán polvoasoleado. No, Conchepa, tú no puedes recordar. Menos mal, porque si recordaras el cerebro te estallaría en un sordo eructo de vidrio medio fundido, estoy seguro. Por lo demás, me importa muy poco si recuerdas o no recuerdas. ONCE KILÓMETROS CON UNOS ZAPATOS AJENOS E IZQUIERDOS SON DEMASIADO. ¿Por qué no te robaste uno derecho, Conchepa? Es el favor más estúpido que me han hecho en mi vida. Entonces era mentira lo de Maluvia y el Consumidor. Y ahora me lo dices, cuando ya se secaron las chayotas en el conuco del Turco y yo tengo el chivo en venta. Conchepa, a veces me parece que eres más mala que la gasolina de a diez. ¿ME OYES, CONCHEPA? Todavía siento las lágrimas de Maluvia brincando sobre la piel del Consumidor como las peloticas de azogue cuando se quiebra un termómetro sobre un peloeguama. ¿Qué quieres? Esa es mi imagen de Ospino. Entonces yo no había cumplido los trescientos años y ya estaba desilusionado de las elecciones. Pero en cambio no había aprendido a tiritar ni a deletrear el arcoiris.

Ya por aquellos lustros había llegado el Consumidor. Nadie le preguntó nada, porque su mirada tigrovespucia tenía demasiada lejanía y despreguntaba el cuerpo municipal de la comarca. ¿De dónde vino? De Montenegro, de Andorra y de toda el Africa, desde Dakar hasta Port-au-Prince. En su taller de reparación de bolsas de hielo revoloteaban, no, revolotean porque él todavía está allá y SOMOS NOSOTROS quienes huimos, murciélagos de cuerda inventados por el doctor José Francisco Torrealba y pelos de la única vez que Armando Reverón fue llevado a la barbería. Sentado en un taburete íngrimo y casi lácteo, seco y yoaquimequedo en su hosca geometría de veterano de Quién Sabe Cuál Guerra, mascullaba pasajes del Manual de Apicultura de Marcelino Figarola mientras Maluvia se hacía puntiaguda por el Norte, redonda por el Sur y lo Otro por el Este.

Maluvia está desnuda. Cien, doscientos, ochocientos cuarenta y dos yesqueros tratan de prender bajo su piel, pero fallan: son yesqueros. Yo estaba peleando con Amalivaca por una danta de malaquita. Sobre el cutis de Maluvia, gélida margarina de supermercados legendarios, la luna suelta panteras de pizarra. Mañana mismo vendo ese chivo. Y no lo voy a cambiar por la motoneta, sépanlo bien. Tú, Conchepa, no pierdas la voz del grillo porque si se incrusta en la noche ya no habrá alicate capaz de arrancarla y ya nunca volveremos a jugar ludo. Maluvia sigue desnuda y el Consumidor avanza quebrando mimbres y apabullando cocuyos. Un lejano bramido de toro mortuorio se quiebra contra el aire espeso de junio y las lechuzas recogen los vidrios. Cómo me duele esta muela herida de turrón de Alicante. Cómo crece en la noche la desnudez de Maluvia. Su desnudez de cisne de alquiler: Su desnudez de pan crudo. Su desnudez de mujer desnuda. El Consumidor llega como un trueno amordazado y cuenta. Maluvia espera y él cuenta. Maluvia se estremece con estertor de culebra en frasco bocón y él cuenta. Maluvia es el arco huérfano de flecha, pero él cuenta. Maluvia turpial con bronconeumonía en todo el centro del amarillo, y él cuenta. Maluvia combate-del-ladrón-con-su-conciencia, y él cuenta. Maluvia grito del polen en el sexo de la abeja, y él cuenta. Maluvia ... ¿no te lo dije, Maluvia, que ese tipo para lo único que sirve es para contar? Si hubiera sido conmigo, Maluvia, serías tú la que contaras.

Cuenta el Consumidor, Maluvia escucha. Sólo Maluvia sabe. El resbalón, la espina, el panadizo. El dedo del Consumidor rojo y caliente como una extraña fruta de este mundo. Él mató a Rufo Calambres, sí, lo mató. La mano del brujo aprieta el dedo. «Yo no me ocupo de esto, yo soy sobador nada más, pero lo hago por ayudar a un cristiano». La hojilla relampaguea en la resolana de marzo y los yerbajos se tragan su canto de acero superinoxidable que rinde muchas, pero muchas más deliciosas afeitadas que las hojillas corrientes. Cómprela y sabrá lo que es el placer de la afeitada. Duele. Al lado, Rufo tiene su radio prendido. La mano exprime y duele:

    caserita no te acuestes a dormie
    sin comerte un cucurucho de maní.

La mano vuelve a apretar ay yayáy yayáy y el radio:

    tomo y obligo,
    mándese un trago...

El dedo palpita y lanza radiaciones atómicas y el radio:

    París, urgente. El General De Gaulle conferenció hoy con el embajador del Paraguay...

El dedo ruge, clama, canta en griego, el dedo ya no es dedo, es una berenjena de dolor, y Rufo que no apaga el radio.

Coronado en rubíes de odio, el Consumidor pone medusas de sangre en el pecho de Rufo. Es todo. Firman, conformes, los testigos que nunca fueron. Se reparan bolsas de hielo en este punto perdido del país que tú, Conchepa, no deberías recordar.

Maluvia espera. ¡Qué hombre tan pendejo es el Consumidor! Pero mañana mismo vendo este chivo.

1. El Concurso Anual de Cuentos de «El Nacional», que este diario promueve como parte de los festejos para celebrar cada uno de sus aniversarios, ha venido a convertirse en uno de los certámenes literarios más prestigiosos y el único especializado en Cuento del país. Dicho sea sin intención frívola, es al cuento venezolano lo que el Festival de San Remo a la canción italiana. Haber recibido un premio en el Concurso de «El Nacional» equivale a obtener diploma de cuentista, y en este sentido es de justicia decir que, si bien muchas veces «El Nacional» adjudica su premio a escritores ya consagrados, también en otras ocasiones un cuento premiado por «El Nacional» ha sido el punto de partida para un joven escritor a quien de otra manera le habría sido muy difícil lanzarse para fortuna de las letras nacionales.

2. Como dato curioso, recordamos que en la oportunidad de su publicación el presente cuento-ejemplo estuvo —contra nuestra voluntad— a punto de causar una catástrofe en el Concurso Anual de «El Nacional», cuando el Jurado rechazó varios trabajos (algunos de ellos candidatos al Premio) con el argumento de que se parecían demasiado al nuestro. juramos solemnemente que «Tal corno lo dijo la Muerte» no fue escrito con intención plagiaria. Cualquier semejanza entre este cuento y otros vivos o muertos es obra de la casualidad.


Aníbal Nazoa en La BitBlioteca

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