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El discurso de orden De Obras incompletas, Caracas: Monte Ávila, 1969 El mundo, lector, da muchas vueltas. Aunque usted no sea ministro, académico ni nada por el estilo, le conviene estar preparado porque el día menos pensado le puede tocar pronunciar el Discurso de Orden. Si semejante desgracia le llegara a suceder, no será por nuestra culpa que usted se presente desarmado en tan embarazosa ocasión, pues hoy estamos dispuestos a agotar nuestros recursos oratorios para ofrecerle una receta inspirada en los grandes maestros del género que no será perfecta, pero al menos le ayudará a salir del paso decorosamente. Se entiende por Discurso de Orden una peroración o plática que se intercala en un acto oficial o académico con el único objeto de alejar en lo posible la hora del brindis, de forma tal que los invitados lleguen a delirar por la sed y a sentir retortijones lo suficientemente violentos como para que les importe muy poco si se les sirve whisky o liga para frenos y suspiren por un bocadillo aunque sea de casabe con mondongo frío. El Discurso de Orden debe ser, pues, ante todo, largo. Muy largo. Tan largo que para llevarlo se necesite un maletín de buen tamaño. Un truco infalible para dar a los discursos de orden la longitud deseada es el empleo del lenguaje perifrástico, o sea, el decir muy poco o prácticamente nada con la mayor cantidad de palabras que el orador sea capaz de proferir. Por ejemplo, en lugar de «El Libertador», decir «aquel Hombre que a caballo de la Historia y venciendo las vicisitudes de un mundo en cierne supo hacer un haz de naciones en su puño poderoso y dar a los hijos de la Gesta emancipadora la lección perenne de una vida guiada por la amalgama inmarcesible de la sabiduría con la Justicia». Un carácter ineludible del Discurso de Orden es la seriedad. Ha de ser esta pieza oratoria perfectamente seria, eludiendo cuidadosamente cualquier planteamiento susceptible de ser interpretado por el público o por la posteridad como una invitación a la sonrisa y mucho menos al bochinche. Obsérvese bien, a este respecto, que el discurso se llama de Orden, y con ello se está diciendo que debe estar basado en el respeto a las Instituciones y a la Integridad del Cuerpo Social, no estándole permitido por ningún respecto al Orador traspasar los límites de la compostura ni subvertir, por ende, la moral del distinguido Auditorio o desviarse de la actitud de recogimiento que cuadra al Recinto donde se pronuncia la oración. Nada hay más parecido a una telenovela que un Discurso de Orden: como aquélla, éste tiene su planteamiento, trama y desenlace. La diferencia está en que, en tanto la primera interesa por igual al vulgo y a los prohombres del intelecto, el segundo sólo interesa a estos últimos y por lo tanto no debe versar sino exclusivamente sobre temas excelsos como la Historia Universal y Patria, el Mérito Ciudadano, la Ciencia y el buen gobierno en la República de las Letras. El resto lo ponen las argénteas canas, el paltolevita y una bien timbrada voz. Chúpense esa y vean nuestro magistral ejemplo: Discurso de orden Pronunciado por el Doctor Anestesio del Carmen Toro y del Llano en ocasión del descubrimiento del Busto del General y Doctor Temístocles Mascagofio, Benefactor y Héroe Epónimo de la Muy Ilustre Villa de San Zenón de Los Araguatos, el cinco de septiembre del Año de Gracia de 1967. (Versión abreviada). Ciudadano Presidente. Excelentísimo Señor Embajador de la República de Mondragonia y demás miembros del Honorable Cuerpo Diplomático. Ciudadano Representante de la Academia de Ciencias Exactas. Reverendísimo señor Cura Párroco de San Zenón de Los Araguatos. Señor Director de la Escuela Federal Graduada «39 de Noviembre». Señor Presidente y demás miembros de la Junta Comunal de San Zenón de Los Araguatos. Señora doña Remigia Toro y del Llano, viuda de Cuyagua, y demás descendientes del Ilustre General y Doctor Temístocles Mascagofio. Señoras, señores: Justicia est constans et perpetua voluntas suum quinque tribuendi: las palabras del legislador latino, ínsitas en la sangre de viejos acentos romanos que aún pulsa en nuestras venas traídas por los varones de Castilla a bordo de frágiles embarcaciones movidas por los vientos del Grande Océano y a merced de los elementos, nos parecen la divisa más apropiada para abrir este acto en el cual se rinde homenaje, injustamente postergado hasta la hora actual, a un hombre, espejo de virtudes, encarnación del valor cívico y ejemplo de las generaciones presentes y venideras, sin cuyo sacrificio y constancia no habría sido posible la existencia de esta noble población que hoy se prosterna ante el bronce bienamado de su esfinge. (Aplausos). Lejos están ya, perdidos quizá en el dédalo de la frágil memoria de los hombres, los días bucólicos y pleonásticos en que, inédita aún la piqueta del modernismo domador de la patria geografía, nos paseábamos por estos entonces verdes y rientes vlales, a la vera de la historiada Quebrada de los Araguatos. Eran los tiempos de la honda aleve para cazar lagartijos, del asalto piratesco a los mangos de la hacienda «La Deliciosa» cuyo guardián, el siempre bien recordado Manco Rodríguez, en más de una ocasión empuñara la escopeta vigilante para marcar con un tiro de vidrio las posaderas de los transgresores. Lejos ya los combates homéricos que sostenía Nicolás el zapatero con el Comisario Villeguitas y los dos policías del pueblo, embriagado aquél por ser lunes y enratonados éstos por haber sido domingo el día anterior. Lejos las noches de serenatas junto a la ventana de Gertrudita, la hija del Coronel Pichagua y amor imposible de todos los mozalbetes araguatenses, que terminó fugándose con un mecánico de La Victoria para consternación del Coronel y amargura de aquellos corazones destrozados cuando todavía no se había inventado el trasplante. (Bostezos). Pero al traer a la mente estos recuerdos ineluctables estamos pecando de poco universales y cayendo en inmanente pecado de iconoclasia ante las ilustres personalidades que nos acompañan en este acto de antelación ciudadana. Apartemos nuestras modestas intimidades regionalistas para retornar a los cauces embriológicos de la Ciencia Histórica, como lo demanda la egregia personalidad de nuestro homenajeado y el pragmatismo hermenéutico de nuestros visitantes. Triste destino el de las Naciones que envanecidas por los áureos triunfos de su juventud olvidan a aquellos que duermen bajo el mármol frío cuando no bajo el montón anónimo de tierra generosa. (Aplausos). Medice, cura te ipsum, dijo el poeta: cuán sencillo es el hombre de saber y acogedora su choza! Inmersos en el proceloso mar de la vida moderna, huérfanos de una filosofía irrefragable, hoy somos juguetes del dios cruel del materialismo. Un Sócrates de hoy no tomaría la cicuta, y si la tomara sería porque la confundió con un coctel de ginebra con jugo de níspero. Platón apenas viviría para servir los copetines. Descartes estaría a toda hora en el Hipódromo, haciendo cálculos para ganarse el pool y jugando en taquilla. Kant andaría ladrando ante la indiferencia de sus conciudadanos. San Agustín aceptaría morir sin confesión, horrorizado ante las peleas a botellazos que se forman en los cabarets del barrio caraqueño que lleva su nombre. Sólo Voltaire podría sobrevivir en esta época de voltarios y volteretas. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Si vis pacem, para bellum. Y que este busto que hoy descubrimos con unción ilumine nuestros pasos por el difícil sendero de la existencia. Señores. (Aplausos). |
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