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Pena ajena
Uno de los términos más curiosos y simpáticos de nuestro lenguaje coloquial, y por ciento uno de los que con mayor frecuencia debemos explicar a los visitantes extranjeros (quienes todavía se atreven a venir pese a la horripilante dictadura y a la diaria recién inaugurada muertamentazón que les pinta la pobrecita, martirizada, perseguidísima oposición) es pena ajena. Aunque, claro, los compatriotas saben muy bien lo que es la pena ajena, por si queda alguno que no lo sepa no está de más recordarles qué es pena ajena: por ejemplo, la sentimos cuando a un muchachito se le olvidan los versos que estaba recitando o, peor aún, cuando el papá en vez de consolarlo en su turbación y animarlo a seguir adelante lo regaña, y se muestra avergonzado y le da su coscorronazo al chamo. Pena ajena la que me embarga (o me embargaba cuando se podía ir) en el extranjero ante la noticia de que la policía de determinado país andaba buscando a unos venezolanos que se especializaban en estafar a la telefónica introduciendo a los aparatos peloticas de chicle y cosas por el estilo para hacer llamadas gratuitas a Caracas, o que en un distrito de París se había prohibido la entrada de venezolanos en bares y restaurantes porque dos «machos criollos y vernáculos» habían destruido varios negocios para demostrar lo «machetes» que eran. Pena ajena y no propiamente orgullo es lo que siento al comprobar que a la hora de robar en las librerías y tiendas por departamento, inventar trucos para copiarse en los exámenes y «colearse» en el Metro de cualquier ciudad no hay nadie tan «vivo» como los venezolanos. Casi me muero de la vergüenza cuando me enteré por la prensa británica de que estaban en manos de la justicia unos estudiantes venezolanos que se habían robado para hacer un sancocho un cisne, sin saber los muy estúpidos que estaban cometiendo un delito gravísimo porque en el Imperio Británico los cisnes son propiedad de la reina. No hay, sin embargo, pena ajena más intensa que la provocada por los papelones que con tanta frecuencia han puesto nuestros mandatarios y nuestros agentes diplomáticos. Son muchos, muchísimos, pero para citar solo uno, de los incidentes que todavía me hacen sentir pena ajena, baste recordar la visita que en 1853 hizo el para entonces diplomático Antonio Leocadio Guzmán al Perú, República en la cual se presentó para reclamar en nombre del gobierno venezolano un millón de pesos que en 1825 el gobierno peruano había ofrecido como recompensa por sus servicios en la patria a Simón Bolívar y que el Libertador, en gesto de desinterés maravilloso, había rechazado. ¿Habráse visto desprendimiento patriótico más grande que el de Bolívar y sordidez más patente que la de Guzmán? Ahora estamos ante una actitud que despierta nuestra pena ajena en su mayor intensidad, por cuanto quien la asume es una autoridad científica y gremial; la del presidente de la Federación Médica Venezolana ante la presencia en Venezuela de un grupo de médicos y enfermeras pertenecientes a la brigada de voluntarios de Cuba que vino a nuestro país a auxiliarnos en ocasión de la catástrofe natural que afecta nuestro litoral central es decir el estado Vargas desde diciembre de 1999. En agradecimiento a la valiosa asistencia que la misión cubana nos ha prestado, al generoso auxilio que sus facultativos nos han dado en nuestra emergencia en forma absolutamente gratuita y con gran esfuerzo de su parte, el doctor Jesús Méndez Quijada pide para la misión cubana nada menos que la cárcel por «ejercicio ilegal de la profesión». Los sueldos de los médicos cubanos no los paga Venezuela, los paga el Gobierno de Cuba. Pudiera pensarse que el asunto es de «celos profesionales», es decir que Méndez y sus seguidores están disgustados porque los cubanos les quitan los pacientes, o sea la mascada, podría ser por eso, pero no, ya sabemos por dónde viene la cosa, ya se adivina por dónde viene Quijada, basta con leer su acusación de que las brigadas «tienen el propósito de ser un instrumento político para un modelo político», es decir, la vieja y rayada caución anticomunista y anticubana. Según Méndez Quijada y sus amigos confederados no vinieron en misión humanitaria sino a «adoctrinar» a los pacientes en los métodos fidelistas de conquista. Según nos afirmó un colega (de ellos), Méndez Quijada descubrió el siniestro plan fidelista cuando vio a un cubano poniéndole a un paciente una inyección de comunismo intravenoso. Quedó clara la intención antivenezolana de la misión fidelista cuando un médico cubano, mientras examinaba a un paciente, dijo «saque la lengua» en el preciso momento en que pasaba Méndez Quijada con el evidente propósito de faltar el respeto a éste. Más claro aún está la orientación procomunista de los médicos antillanos cuando éstos descubren sin disimulo su empeño por aumentar en los pacientes el número de los glóbulos rojos: ¿por qué no aumentan el de los blancos, que son los democráticos? Vamos a hablar en serio; para ver si los médicos cubanos están haciendo «ejercicio ilegal» y si deben irse, bastaría con que Méndez Quijada y los suyos bajaran a Vargas y preguntaran a la gente qué piensa del asunto. ¿Por qué no lo hacen? Mientras tanto, ¡qué pena con esos señores!
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