Caracas, Lunes, 21 de abril de 2014

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La pieza de teatro contemporáneo

De Obras incompletas, Caracas: Monte Ávila, 1969

Lucía y Aníbal Nazoa en el 30º aniversario de la publicación de las Obras incompletas (foto El Nacional)

No es por mera monería o afán extranjerizante que los venezolanos de hoy nos hemos acostumbrado a decir «pieza de teatro» en vez de drama o comedia. La verdad es que las alternativas del teatro actual nos han obligado a prescindir de las denominaciones clásicas. Lo que se presenta en la escena contemporánea es un amasijo de situaciones insólitas, de diálogos indescifrables que desafía a la preceptiva y compromete el prestigio del espectador como ente pensante. Puesto a clasificar Esperando a Godot, para citar sólo una de las obras más accesibles, ¿se atrevería usted a decir que es una comedia? Nosotros no se lo recomendaríamos, porque quizá su vecino de asiento lo vea como tragedia y dos filas más adelante lo aplaudan como farsa y aun como opereta. Ante esa situación, el término «pieza de teatro» viene a ser la escapatoria ideal.

Gran parte de la filosofía de los griegos se encuentra diluida en su teatro. El teatro griego fue, como más tarde lo fueron el inglés y el español clásicos, el vehículo más importante para plantear problemas de ética, de política y de psicología: Edipo, Hamlet, Don Juan, Segismundo enseñan por sí mismos cada uno más que cien tratados. Pero todos son «imitaciones de la vida», seres y actos humanos llevados ante un jurado simple pero amplio e interesado que ahora se llama público. El teatro contemporáneo, por el contrario, nos obliga a extraer la vida de sus planteamientos endemoniadamente filosóficos y sus simbologías para uso de especialistas. Como fábulas humanas para liebres y tortugas o antilicores para desemborracharse. Este carácter profundamente enrevesado y comprometedor (para el espectador) del teatro contemporáneo es lo que ha hecho de él uno de los entretenimientos favoritos de las élites intelectuales latinoamericanas. Con la diferencia de que, así como las llamadas capas superiores de la sociedad de antes se entretenían viendo teatro, las de ahora se entretienen escribiéndolo y representándolo: amuser pour s’amuser, como diría uno de ellos. Por eso, desde que aparecieron los Ionesco, Beckett y demás yerbas, vale más decir «pieza de teatro» y no meterse en líos. Ya es bastante el riesgo que se corre de reírse ante una escena que se supone trágica o llorar con los chistes.

¿Y cuál será la receta para escribir teatro? Pues no la hay, ¿no se lo estamos diciendo? Cuando mucho le podremos indicar la conveniencia de incluir en el reparto a alguna prostituta que hable como un crítico de arte del Correo de la Unesco y un telegrafista jubilado que enseña a su nietecita a cantar canciones a favor del incesto acompañándose con la lira finlandesa. El diálogo ha de ser básicamente obsceno y combinado de tal manera que pocas veces una respuesta sea apropiada a la pregunta que se hace, erizado de proverbios que no vienen a cuento y citas de autores tales como Maquiavelo, George Santayana, T. S. Eliot.

Es absolutamente indispensable que en la obra figure algún personaje simbólico como un arlequín, un cochero o el espíritu de Haroun-al-Raschid, que se entrometerá constantemente y recitará este pasaje de la Biblia o dictará aquella receta de cocina. En cuanto a escenografía, no tenemos los suficientes conocimientos de geometría descriptiva para dar una idea de la clase de corotos raros que deben componerlas: cajones con apariencia de proa de barco, rampas que pasan sobre la platea y vuelven al escenario, jaulas, sillas de una sola pata, redes. Sí, redes: un personaje que cuelga del techo atrapado en una red resulta de un impacto inolvidable, lo mismo que otro que siempre aparece montado en una patineta o llevando un televisor amarrado con un mecate como si fuera un perro.

¿Han captado la idea? Bien; entonces vamos con el ejemplo:

El señor canguro

Pieza de teatro de Aarón Lebranebe

(Fragmento)

LUPERCIO. Marta, tengo malas noticias para ti.

MARTA (indiferente). Como por ejemplo, ¿cuál?

LUPERCIO. Ciertos coleópteros del África Ecuatorial suelen construir sus viviendas en las ramas de un árbol gutífero denominado Ñawamba, cuyo nombre técnico es Tricolufa Pepitoria.

MARTA. Me tiene sin cuidado. Ya desayuné y, además, el Partido de la Decisión Nacional acaba de perder las elecciones en Gompalia.

LUPERCIO. Pero ¿sabes cuánto marca el barómetro hoy? Marca lo mismo que marcaba el pasado miércoles menos la raíz cúbica de lo que marcará el Día de la Madre de 1985. ¿No te alarmas?

MARTA. Yo sé por dónde vienes... Mamá, Lupercio se quiere divorciar. Tú, ¿qué opinas?

LA MADRE (con cierta actitud indulgentemente cínica a lo Fantin-Latour no desprovista de cesarismo democrático). ¿Cómo lo tomas: con agua o con jugo de tamarindo?

(Entran el Pregonero Negro y el Pregonero Blanco).

PREGONERO NEGRO. Dos por dos son cuatro, pero para usted se lo dejamos en tres setenta.

PREGONERO BLANCO. Más vale pájaro en mano que la Quinta Sinfonía de Beethoven.

PREGONERO NEGRO. Per me si va nella città dolente, per me si va nell’ eterno dolore, per me si va tra la perduta gente.

MARTA. Gente.

LUPERCIO. Lo has pronunciado mal. No se pronuncia gente, sino yente. No es castellano.

LA MADRE. Yo estoy hablando, tú estás hablando, él ablanda, vosotros ablandáis, ¿quién se comió el teléfono?

MARTA. Si quieres el divorcio, ven a buscarlo. Algunos maridos creen que porque el cuadrado de la suma de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa se puede visitar sin corbata la tumba de Teodoro Roosevelt.

LUPERCIO (tratando de imitar a Gutierre de Cetina). Me calumnias, Marta. Yo jamás he comido sopa de cangrejo sin autorización de Krisnamurti.

PREGONERO BLANCO. La verdadera revolución consiste en repartir sombreros de pana entre las viudas de los afinadores de pianos.

PREGONERO NEGRO. A ver qué vais a hacer cuando se muera el hipopótamo. Suprimidos los pases de cortesía. ¡Picasso, Picasso!

LA MADRE. Volviendo a lo del divorcio ...

LUPERCIO (echándole talco a un busto de Mozart). No me parece que sea asunto suyo, y me perdona.

LA MADRE. ¡Oh, sí, por supuesto! Si es necesario decir al cobrador de la cocaína que ayer murió tu anciano perro, eso sí es asunto mío. Si se te atraganta algún hueso del verbo ir, sacártelo también es asunto mío. Si no sabes establecer la diferencia entre el dolor y la mediocridad de Simbad el Marino, asunto mío es ... ¡Oye! ¿Qué te has creído? ¡No me jorobes!

LUPERCIO. No la jorobo, querida suegra. Simplemente trato de hacerle comprender la importancia de llamarse Ernesto, o, mejor dicho, Pepe.

PREGONERO BLANCO. Lindo nombre, Pepe. ¿No se llamaba Pepe uno de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis? Mañana es una mala palabra. Yo lo dije hoy, ¿okey?

PREGONERO NEGRO. Borracho y cochino no pierden tino.

MARTA. Mamá, es inútil que discutas con Lupercio. Él es de la Escuela de Barcelona. Recuerdo lo que decía tu marido, mi padre: «El coro era al teatro griego lo que la pianola al cine mudo».

LA MADRE (comiéndose un radio de transistores con expresión ausente). Tienes razón, hija. Ochenta y cinco menos ochenta y cinco igual cero, más once menos seis igual cinco. Dame algo para estas matemáticas, me siento muy mal.

(Entra el juez)

JUEZ. ¿Ya se han puesto de acuerdo?

LUPERCIO. En cierto modo, sí. Por lo menos ya sabemos que usted es sobrino-biznieto de Carlota Corday.

JUEZ. ¡Oh, gracias! Entonces ya hemos progresado bastante. Y dígame, señora, ¿cómo sigue de su molicie?

LA MADRE. Bien, bien, bien. Óigame usted para que se dé una idea: no es oro todo lo que reluce; la casa se ve bien, el perro huye, fueron sus padres domenicocolomboysusanafontanarrossa aleluya dijo el negro y cayó de hinojos ante milord aquí está el agua caliente por el norte con el Mar de las Antillas por el sur con el Brasil y Colombia no es que yo desconfíe pero todos los insectos son artrópodos aunque algunos artrópodos tampoco son voyeurs es la verdad se lo juro señor Edison en de con por sin sobre tras etcétera son partes de la oración agita postillón el látigo inclemente Italia, Francia, Suecia, rémige, rémige, rémige.

JUEZ. Me parece una excelente idea.

MARTA. ¡Oh, Barbados!

LUPERCIO. Atiéndala, señor Juez. Yo voy por gofio. (Sale).

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