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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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De náufragos y naufragios

A Luis Castro Leiva
In memoriam

Te has ido, Luis, y quedamos desolados. La muerte tiene tantos rostros y todos nos son desconocidos. Sólo conocemos el lado de la tristeza y la desolación, el asombro, la pesadumbre. Se van nuestros seres queridos, nuestros seres necesarios y nos quedamos ausentes nosotros mismos, desconsolados, más huérfanos, más ateridos.

La vida comienza a ensañarse con nuestro amado país, tan desamparado estos últimos años, tan a la intemperie, tan desorientado como un niño perdido. Y es mayor el desconcierto porque hemos vivido tanto tiempo ajenos a las penurias que otros pasaban en otras tierras. Tan ajenos y tan inocentes, que fuimos paraíso para los ofendidos y humillados de otras latitudes. Llegaron a nuestras costas como los restos de naufragios distantes: las guerras, las hambrunas, los fratricidios. Llegaban los náufragos y nos traían ecos lejanos de conflictos, de mezquindades y miserias. Y aquí, al sol del trópico, al calor de ese sol inmensamente más generoso que es el bondadoso y límpido corazón del país, se recuperaron como los enfermos llagados de peste y persecución. También yo fui uno de esos traídos por la marea del bochorno de estos siglos: llegué tímido y asustado desconfiando de todo, como los perros apaleados. Y aquí recuperé el orgullo de la especie, la confianza y algo de entendimiento. Por eso, como tantos otros náufragos de la moral amé al país y su gente y puedo decir como alguna vez te lo dije: por fin somos iguales, me acaban de conceder la nacionalidad. Estábamos en casa de Heinz Rudolf Sonntag, otro náufrago, con mi esposa Soledad, naufragio de naufragios, y tantos amigos exiliados que mirábamos con reticencia a nuestras tierras del desastre y alabábamos con pasión esta isla del reencuentro.

Pero te has ido cuando más te necesitamos. Como se fue José Ignacio, como se fue Juan Nuño —otro náufrago—, tan sabios, tan venezolanos, tan universales. Y sobre todo tan necesarios. Recuerdo que al verme tan afligido por la muerte de Nuño, Sofía Imber, que tanto sabe de naufragios y de muertes —hacía nada se nos había ido Carlos Rangel, tan solitario en sus premoniciones y tan incomprendido— me dijo: «nos hemos quedado más solos». Y ya lo estábamos, aún antes de sus ausencias. Porque el país, náufrago él mismo y a destiempo, cuando aquellos países de nuestros naufragios intentan encontrar el rumbo y salir del extravío, comenzó a sufrir el embate de sus errores de adolescencia, de su intemperancia tropical y sus imprevisiones genéticas.

Te has ido cuando más se requiere la vigilia. El país, nuestro país, ha comenzado a vivir como en sonambulismo, en estado de hipnosis. Anda la gente como en un encantamiento de desastres, de tábulas rasas, de venganzas y rencores. Tienen razón. Siempre hay más de una grave razón para querer dar el portazo y patear el tablero. Y nadie en su sano juicio puede negar que hay un millón de razones para la protesta y el juicio, la exigencia y la reparación. Si cuando nos damos de cabeza contra un cristal hasta le echamos la culpa a su transparencia. Aunque comparar este estropicio dejado por la desidia y la irresponsabilidad de nuestro liderato con un cristal es no sólo injusto e inadecuado. Es simple prueba de tontería. Como tanto se ha hablado de «estos cuarenta años de democracia», tanta agua sucia se ha llevado al molino de la «politiquería» y la «putrefacción de las instituciones» tanta bastardía intelectual ha asomado visos de moralidad pública y deseos de catonazgo uniformado, necesita uno a muchos como tú para aclarar las aguas y despejar la verdad de entre tanta basura ideológica, tanta insolencia farisaica y tanta paja revolucionaria. Digo «muchos» y bastaría con unos pocos. Y para mayor desgracia esos pocos se mueren. Como en este tiempo que debería ser de sequía y es de temporales: en Venezuela nos está lloviendo sobre mojado.

Ayer decía Úslar Pietri por radio —la televisión ha bajado la guardia de su responsabilidad moral, si es que alguna vez la tuvo— que de qué sirven las constituyentes, si finalmente quienes van en ella somos nosotros mismos, los venezolanos, culpables únicos y absolutos del estropicio. El problema es que esta verdad tan de perogrullo, que asombra en boca de nuestro más venerable sobreviviente, es hoy prácticamente el arcano del enigma. Nosotros, los venezolanos, creemos que el estropicio lo causaron unos extraterrestres clonados disfrazados de políticos adeco-copeyanos, unos seres puestos en nuestro territorio por unos perversos selenitas mutados en Rafael Caldera, Jóvito Villalba y Rómulo Betancurt, autores de una novela de terror llamado «El pacto de Punto Fijo». Asombra que tanta estulticia pase por agudeza mental y tanto maniqueísmo convenza por su apariencia de justicialismo. Y que los verdaderos responsables del país que tenemos, es decir: nosotros mismos, nos paseemos por el ágora lavándonos las manos. Sobre todo después de haber regresado rejuvenecidos de Disneylandia y de haber deshilachado las maletas con las que veníamos de Miami.

La verdad, esa amante esquiva y deletérea, se niega a darnos el rostro. Hay quienes creen tenerla en la billetera o en el bolsillo de la guerrera. Hay quienes creen, en cambio, que se ha vuelto más esquiva que de costumbre y hacen esfuerzos por descifrarla. En eso andabas por el mundo. Inquieto, intranquilo, siempre descontento, nunca satisfecho. Como corresponde a quien asumió el duro oficio de cuestionar el velo y rasgar las apariencias. En épocas de incertidumbres, la felicidad ni siquiera nos guiña el ojo. Volvemos al naufragio. Y te has ido precisamente ahora, tú, una de las escasas lucideces.

¿Qué hacer? Alguien reclamaba en estas vísperas de naufragios la testarudez mostrada por Manuel Caballero en el rechazo y la denuncia. Aunque apenas nos conocemos asumí su airada defensa. Como tú, Manuel representa la voluntad irreductible de verdad, única y mayor obligación de un intelectual, esa especie en extinción en esta época de baratas certidumbres cibernéticas y almanaques para citas de ocasión. Cansa y cuesta pensar. Y el pensamiento es tan frágil y pasajero, no como la estupidez, único producto de sólidas eternidades. Duele y pesa que esa frágil virtud de la inteligencia, que tanto poseías, se extinga contigo y nos quedemos sin tu coraje y tu palabra. En esta época de mutismo y cobardía. Te seremos fieles. Es una mínima recompensa a tanto esfuerzo por lucidez. A cambio y por fin, descansa en paz.


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