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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Pulgarcito toca piano Rafael Alberto Montoya Mujica
El niño estaba próximo a cumplir sus cuatro años. Edad en que ya lo podían recibir en la escuela comedor. Por tanto eso iba a resultar un descanso para la abuelita, en virtud de que Pulgarcito no le causaba molestia alguna. Solo con llamarlo él iba corriendo hacia la cocina, donde la viejita ya le tenía su plato de sopa con mechitas de carne. El trabajo grande era realmente el niño Manuelito, con quien ella estaba lidiando desde su nacimiento. «Menos mal que ya va a cumplir los cuatro años», se decía siempre la abuelita, «todo no es más que picarle la torta y al otro día para la escuelita y desde entonces yo estaré descansada de este trabajo». Pero no hubo necesidad de que tal cosa pasara, porque ella logró por mano de Dios que su descanso llegara antes del tiempo trazado y mucho mejor. Porque una mañana la abuelita Juana, que así se llamaba, amaneció con un gran dolor de cabeza y no veía nada. De manera que su hija la llevó al ambulatorio del Seguro Social para ser consultada, mientras que al niño Manuelito se lo llevó su padre para donde una hermana de su esposa y a Pulgarcito lo dejaron encerrado en la casa. Del puesto asistencial trasladaron a la abuelita Juana al hospital, donde era necesario hacerle una operación en los ojos, a fin de extraerle algo que le perturbaba la visión. Mientras tanto Pulgarcito pasó todo el día solo y muerto de hambre. Por la tarde cuando llegó la familia, Pulgarcito notó que la abuelita no estaba con ellos. La hija preparó una comida rápida y a Pulgarcito le dieron las sobras que quedaron. Al otro día Pulgarcito estaba atento para cuando abrieran la puerta de la calle. Él tenía que buscar a su verdadera ama donde quiera que se encontrara. Y cuando la familia se dispuso a salir, Pulgarcito se escapó por entre las piernas de ellos y por más que lo llamaron él no quiso volver. Solo se puso en expectativa para ver adónde se dirigían ellos. «Seguro que si los sigo», se decía Pulgarcito, «sabré dónde esta la abuelita Juana». Sin que lo notaran los fue siguiendo, pero la familia tomó un autobús y aquel vehículo corría mucho y Pulgarcito al fin se cansó y no pudo continuar el seguimiento. Por esos lados estaban unos hombres recogiendo perros callejeros y entre ellos cayó Pulgarcito. Los perros fueron llevados hasta al circo que estaba estacionado a poca distancia. «Ahora sí es verdad que estoy perdido, quién sabe para qué nos habrán traído aquí», dijo Pulgarcito. «Porque esta no es ninguna perrera municipal». Y los hombres decían: Agarramos un buen lote. Por hoy no necesitamos buscar más. Ahorita los probamos y el que no sirva para nada lo matamos para dar de comer a los leones. Pulgarcito estaba muy asustado entre tanto perro sucio y tanta gente rara que no conocía. Todos los perros fueron llevados hacia el ruedo del circo y allí comenzó la prueba de aptitud de cada uno de aquellos perros realengos. En eso Pulgarcito vio que allí cerca había un piano abierto y enseguida se montó sobre el instrumento y comenzó a caminar sobre las teclas y a producir esa música deliciosa que agradaba tanto a su amo Manuelito y su abuelita Juana. En ese instante todos los perros que estaban nerviosos se fueron quedando tranquilos, los payasos y toda la gente del circo se quedó embelesada con el ritmo que producía aquel piano tocado por Pulgarcito y se olvidaron de cuanto habían pensado hacer con todos los perros, a quienes de inmediato soltaron. A Pulgarcito lo colmaron de besos y le dieron ricos alimentos. Desde ese momento Pulgarcito se convirtió en el mejor atractivo del circo y en todas partes por donde viajaban, lo anunciaban como la maravilla del siglo. Pulgarcito conoció muchos países y grandes ciudades, pero nunca se olvidaba de Manuelito ni de la abuelita Juana. Siempre estaban presentes en su memoria y cuando se acercaba a personas mayores y a los niños que regularmente le obsequiaban dulces, era como verlos a ellos. Dos años más tarde el circo volvió a su ciudad y los dueños hicieron publicidad radial para anunciar sus funciones. La abuelita de Manuelito ya no trabajaba en los quehaceres del hogar porque después de la operación el oftalmólogo le prohibió todo trabajo cerca del calor excesivo. Por lo tanto ella siempre estaba sentada en su poltrona disfrutando de la música en su radio portátil. Esa tarde, entre una que otra noticia, escuchó cuando anunciaban la llegada del circo Los Leones y sus atracciones. Lo que más le llamó la atención fue cuando anunciaron la maravilla del siglo. Venga y vea decía el locutor pausadamente. Al perro pianista. De inmediato la abuelita de Manuelito se acordó de Pulgarcito y se dijo: «Yo nunca creí que otro perro pudiera tocar piano como Pulgarcito. Así que trataré de que mi hija y su esposo me lleven con mi nieto a ver y oír cómo toca el piano ese perro». La abuelita logró su objetivo, porque su hija también se entusiasmó para ir, de manera que toda la familia se preparó ese sábado, que era la primera función. Todo el espectáculo fue muy bueno y muy aplaudido por el público y por ellos también, al ver los monos ciclistas, los perros bailarines, los leones domados, los elefantes maromeros, a los trapecistas y a los equilibristas. Además payasos con sus números cómicos. Lo del perro pianista era el mayor atractivo y el que realmente llenaba en circo en todas partes. Por ello era el último número. Su anunció lo hacían con bombos y platillos. Luego colocaban un piano de cola en el centro del redondel, con su banqueta. Enseguida aparecía el perro pianista vestido con una chaqueta azul, sus patas calzadas con botines negros, en su cuello un colar de oro del que pendía una cadena igual, llevada de la mano por un artista bien trajeado. El perro fue montado en la banqueta por su acompañante, quien a su vez le quitó la cadena. Entonces el perro se montó sobre el teclado del piano y comenzó su concierto Mientras tanto la abuelita comenzó a recordar que esa era la música que interpretaba Pulgarcito, cuando su nieto estaba más pequeño. Entonces ella dijo a Manuelito que si recordaba la canción. Sí, abuelita dijo él. Es la misma que me tocaba Pulgarcito todos los días en mi pianito. Al terminar el concierto el perro fue muy aplaudido y al bajar el piano se acercó al público para saludarlo, como siempre lo hacía. Claro está que esta vez fue distinto, porque cuando se acercó adonde estaban la abuelita y Manuelito se quedó parado mirándolos un rato. Luego les lamió las manos con mucho cariño y se acostó a los pies de la abuelita. Pulgarcito, Pulgarcito, al fin te encontramos. Tanto tiempo buscándote. El público creía que aquello era parte del espectáculo y aplaudía frenéticamente. Como Pulgarcito no se movía de allí, el artista que lo acompañaba lo tomó en brazos y se lo llevó. En ese momento Manuelito se puso a llorar porque él quería su perro, así que sus familiares se acercaron hasta el dueño del circo para exigirle la entrega de Pulgarcito. El empresario les manifestó que ese perro era muy valioso para el circo y que él y todos lo querían mucho y lo trataban como un rey. Además, ya su compañera había tenido recientemente varios perritos. Yo puedo darles uno de ellos, además un cheque que será suficiente por su precio, ya verán. Entonces el empresario sacó su chequera y comenzó a escribir. Al terminar les entregó la orden de pago ante el banco. La abuelita fue quien tomó el cheque; lo vio y se quedó sorprendida. Igual pasó con su hija y su esposo al verlo. Creo dijo el empresario que con esa fortuna podrán vivir ustedes ricos y felices por el resto de sus días y Pulgarcito, como lo llaman ustedes, también, porque él aquí tiene las mejores comodidades y amor por demás. En virtud de que todo había salido como menos se lo esperaban, no les quedó más que dar gracias y despedirse para siempre de aquel perro prodigioso que los había hecho muy ricos. Manuelito también comprendió perfectamente todo lo hablado y también se despidió de Pulgarcito y de aquellos perritos de los que le habían ofrecido uno. Se agachó y tomó el negro de hocico blanco como el padre y se fue con sus familiares a disfrutar de las riquezas obtenidas. Valencia, Venezuela, 15 de abril de 1992
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