//2 level Horizontal Tab Menu- by JavaScript Kit (www.javascriptkit.com), This notice must stay intact for usage, Visit JavaScript Kit at http://www.javascriptkit.com/ for full source code
|
|
|
|
|
Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR
El Congreso
¡A ver, José Ignacio! ¿Qué es el Congreso? El Congreso es una institución corporativa donde reside el Poder Legislativo, maestra Cucarachita. ¿Cuáles son las funciones del Congreso? Las funciones del Congreso, maestra Cucarachita, son, a saber: primero, estudiar y aprobar las leyes surgidas de sus propios senos o propuestas por cualquier otro poder del Estado. (Y al decir senos, plural que en dos oportunidades me fue corregido por la profesora Martínez, yo no podía menos que evocar las enhiestas tetas de una cariátide guzmancista, en la entrada del Capitolio, tal vez las primeras que contemplé en mi vida, y mi sexto pecado mortal, puesto que el primero fue la contemplación deleitosa de cierta totona esculpida por Narváez). Segundo, vigilar, discutir, aprobar o improbar, las acciones del Poder Ejecutivo. Tercero, sustituir o reemplazar la presidente de la República en caso de grave emergencia. Cuarto, representar las distintas tendencias que puedan configurar el pensamiento político del país. Quinto no había, o por lo menos no podía ser dicho durante la clase de Moral y Cívica a cargo de la Cucarachita Martínez. Quinto, en mi caso, era la función de hablar huevadas, en el sentido chileno del a palabra, tal vez, la más evidente de las actividades parlamentarias. Parte de mis desgracias han consistido en que nunca me atrevo a mencionar los quintos motivos, ni en el Congreso, ni el el amor, ni en los contratos de arrendamiento. Nunca le dije nada en quinto lugar a alguien como Douglas Bravo, nunca tuve ese valor. Para Cucarachita, el Congreso era una entidad indispensable en cualquier nación que pudiese merecer algún respeto. Para el país, en estos tiempos, el Congreso no es nada. Funciona simplemente porque obedece a un horario y ocupa un espacio, desempeña en nuestra vida el papel de una costumbre, como cuando saludas al la señora Carmen y le dices ¿qué hay, señora Carmen? sin que en verdad te importen sebo los amaneceres de la señora Carmen, o su vida o sus juanetes. Tanto y tan parecido es que si mañana lunes amaneciese cerrada la Cámara de Diputados, por demolición, por huelga general, por cambio de ramo o cualquier otro motivo estoy persuadido de que nuestra vida sería exactamente la misma, la democracia sería la misma y el gobierno continuaría idéntico a ese sucedáneo que hace las veces de tal en Venezuela. La misma basura. ¿Pecaría de exagerado si me permitiera aseverar que el Congreso de Venezuela es un desecho, una mala consecuencia del plástico, totalmente carente de historia? ¿Que, en realidad lo que allí se dice ni nos va ni nos viene ni nos afecta? ¿Que no importa si el mamotreto sesiona en un club donde diputados y senadores acuden a hablar por teléfono, a encargar marroncitos, o a encontrarse por aquí y por allá y cómo está la vaina? El Congreso ha terminado por ser una sociedad de amigotes aburridos de tanto verse la cara y tanto hablar las mismas pendejadas. Los mismos itinerarios, los eternos chistecitos, las reiteradas guasas, el diputado tacaño, el señor cornudo, Peraltica es marico, Gladys Alicia le pegó a su marido. Pero más que un club, en el sentido británico de la palabra, es decir, hombres de generaciones parecidas que siempre piden la misma marca de whisky a la misma hora y en dosis idénticas, el Congreso se comporta como esos colegios de educación primaria y secundaria, que dividen al alumnado en primero A y primero B. Usted entra, por alguna razón del destino, al primero B, y la vida se le convierte en segundo B, tercero B, cuarto B, quinto B, sexto B, recopilando anécdotas, insistiendo todos los días, acumulando vergüenzas, carencias o generalidades hasta graduarse de bachiller. La diferencia es que por lo menos, en los colegios más o menos gradúan a la gente de algo, pero en el Congreso hay diputados que ya van por el noveno B sin que hasta el momento entendamos ni qué estudian ni por qué se sientan en el pupitre. Están allí y nos representan, según se lee en la letra de la Constitución. Son, se supone, nuestro representantes, pero aquí, con el corazón en la mano, ¿usted alguna vez se ha sentido representado por alguno de ellos? ¿Usted cree que Morales Bello representa algo o a alguien como mi tía María Luisa, que tampoco necesita una representación muy grande, sino apenas un poquito? ¿Usted ha sentido en su vida cotidiana la presencia de Morales Bello, digamos, le ha resuelto algún problema, le ha aclarado alguna duda, le ha servido para algo? A veces, cuando los noticieros se trasladan a la sede del Congreso, la cámara nos muestra rostros, algunos de ellos familiares, gente sentada, casi siempre hablando por teléfono o cuchicheando mientras el diputado Ríos habla. Son imágenes anónimas, y si las meditáramos un poquito, digo, en el caso de que valiera la pena, terminarían por asustarnos. Allí, a la derecha, cerca de una de las salidas, va a ver usted un señor de peluquín, vestido de azul marino y corbata roja, sentado en su pupitre. Podría estar por una circunstancia de refrigeración, haya logrado aparentar que vive, que respira, que atiende. Cada vez que en el televisor veo a Herrera Campíns o a Eduardo o a Teodoro, declarando, trato de aguzar la vista hacia el ángulo derecho. Y allí está el hombrecito del peluquín, sentadito, imperecedero, como si el tiempo no pasara, quieto y sobre todo solitario, panza de caimán, piedra oculta, alfiler perdido hace siete años. Entonces me pregunto, con enorme angustia: ¿Quién será? ¿Cómo se llama? ¿Le gustará el jugo de parchita? Pero no hay signo que responda. No hay código que lo exprese. No se mueve. Está allí y a eso se limita. A estar, a suceder, pero sobre todo a seguir. ¿Qué representan, peluquín? ¿Qué haces allí, mijo, desde la época del doctor Leoni? ¿Por qué Teodoro no lo saluda, porqué no lo quiere, porqué no lo odia? ¿O será que lo estoy inventando, que es un reflejo de la persiana de mi cuarto sobre la pantalla? ¿Será que Teodoro no lo ve? Estatua no es, puesto que ni batola tiene. Portero tampoco porque está sentado a tres metros de Canache. Cobrador, no se le nota. Policía menos. Chofer de Rodríguez Iturbe, jamás. Entonces, ¿quién es? ¿Qué estamos esperando para preguntarle: amigo, ¿a usted qué le pasa? ¡Amigo! ¡Por Dios! ¡Hable! ¡Diga algo!? Imperturbable, el convidado de peluquín, mira pasar el tiempo. No oye. No mira. No piensa. Tampoco Canache. Tengo años presenciando la gestual de Canache, en el Congreso. Siempre está de espaldas al orador que interviene. Si el diputado Tarre habla en la tribunita, Canache mira hacia los lados del extinto cine Capitolio. Si la intervención se produce en lo que podríamos llamar la bancada, Canache observa el techo, pasea sus ojos por una especie de promenade visual que abarca desde las palmeras caribeñas que dan al viejo cine Ayacucho, hasta el mural de Centeno Vallenilla que representa a La Patria haciendo alguna vaina, de esas que hace La Patria. Todo, con tal de no oír y en ese sentido, tal vez tenga razón, quizás se trate de una decisión higiénica, puesto que si el diputado o senador Canache hubiese oído digamos unas siete mil intervenciones de sus colegas en el Congreso, tal vez viviría ahora ensimismado en algún playón de Cubagua, escuchando el vuelo de los alcatraces. Canache ha aprendido a defenderse de la palabra. Por eso no oye. Pero no es él solamente, no se trata de que nuestro amigo Canache sea un ciudadano particularmente maleducado, de esos que nos dejan con la palabra en la boca. ¡Es que nadie oye! ¡Es que en ese lugar, eufemísticamente denominado la Asamblea de los Representantes del Pueblo, escrito con mayúsculas, nadie le levanta la menor bola a lo que se dice. Son diputados y senadores con esa capacidad que caracteriza a ciertos mesoneros, cuando pides un marroncito, y el tipo, sencillamente no te oye, te traspasa con la mirada, te deshace hasta convertirte en transparente, prescinde de la perspectiva donde estás sentado y mira más allá, siempre más allá. Pero aquí, ni miran. Aquí hablan, entre ellos, sin la menor urbanidad. Tiene que ser un discurso graciosísimo y dicho con el histrionismo de Moisés Moleiro, para que el murmullo constante de ese ambiente, ceda unos cuantos decibeles. Aquí sería imposible un allanamiento del Congreso, al estilo Tejero, cuando irrumpió en la sesión del parlamento español y dijo ¡Sentarse, coño! Sencillamente, porque nadie está se daría cuenta. Dispararía Tejero su ametralladora y como si nada. Caería sangrante el diputado Peraltica, junto con la indiferencia general. Nadie se alzaría. Nadie llamaría a la Cruz Roja. Peraltica muerto, y Peluquín, en algún escondrijo de su cerebro carbonizado, diría: ¿Como que sonó algo? Resulta así explicable esta frecuente reflexión que destaca la ausencia de un pensamiento político en el país. ¿Cómo se puede pensar en un lugar, donde alzar la mano y apoyar o rechazar tal o cual proposición, no es más que un hábito, un reglamento deportivo, mediante el cual se entra a la cancha a ejecutar todo lo contrario de lo que hace el equipo rival? Si Canache se piensa, Tarre tampoco se toma la molestia. La vida, la acción, consiste simplemente en decir lo contrario de lo que diga Canache. Un pensamiento binario. Pero allá, a veces, y por rareza, digamos cada once años, el Congreso es capaz de darnos una pequeña sorpresa. Por ejemplo, ahora, hemos comenzado a percibir que es posible una acción parlamentaria para impedir el viaje de Pérez a Brasil. Hasta Peluquín estaría dispuesto a abandonar su catatonia y oponerse a esa decisión del presidente de la República de ir a un acto donde, de verdad, se vería feísimo que el estadista de Rubio no asistiera. La verdadera miseria de nuestras instituciones consiste precisamente en gestos de este tipo. La malcriadez hueca. Ahora Pérez no debe viajar. ¿Por qué? Porque no. ¿Y por qué antes sí? Porque sí. Considerar que el presidente de Venezuela no puede abandonar el país durante veinticuatro horas so pena de que se le alce el general Vergara Bolaños, me parece una estupidez. Porque entonces, si las cosas están de esa manera, ¿no sería mejor darle a Pérez un permiso definitivo y que se vaya, pero sin pasaje de regreso? ¿Qué representatividad puede tener un ciudadano al que se le impide viajar, por temor a un colapso de las instituciones? ¿Dónde estamos viviendo? ¿Qué clase de presisente es éste que no puede ir un ratico a Rio de Janeiro, para echarle una lloradita a Bush y que Bush le diga, "¡Pochito, pochito, le dieron su coñacito..!" Me como las uñas de la impaciencia. ¡Por fin, el Congreso va a ejercer una de sus inéditas funciones! Va a decirle a Pérez: ¡Pérez! ¡Estás castigado! ¡Se me queda en su cuarto, y no me pisa la calle, carajo..! ¿No es encantadoramente mateerno? ¿O será que no hay ninguna razón para seguir hablando en el viejo edificio del Capitolio? Si es así, diputados y senadores, antes de irse, apaguen la luz, y sobre todo... ¡despierten a Peluquín?
Dos piezas de teatro del mismo autor:
|
Buscador Bitblioteca
|
|
| ||||||||||||||||||||
|
Copyright © 1996 - 2011 por
Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado
de fuentes externas. |