|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
De verdad, a Pérez
Continuación del artículo Si es Pérez, que no estoy Escribo este artículo sin mayor distancia ni atildado juicio, presidente Pérez. Me sale de los reaños y de cincuenta y cuatro veces, un jueves a las tres y media de la tarde, poco después de oír atentamente su discurso ante las comisiones del Congreso y tras una breve incursión a un cafetín sin nombre, en las cercanías de mi oficina. Mientras enciendo la computadora y contemplo un dibujo de Luisa Palacios, como un hábito, dos trabajadores de la fábrica de quesillos Ideal, destinatarios de esas palabras, están aún consumiendo sendos marroncitos, quién sabe si para espantar el sopor o hacer la tarde menos pesada, al precio de veinte bolívares para que la realidad me sople en la cabeza, y no vaya yo a escribir aguado. Acabo de oír, hace cinco minutos, la primera apreciación nacional sobre lo acaecido, a cargo de quienes lo escucharon mientras batían azúcar, leche y maicena en el lugar de los quesillos. Ellos. Los destinatarios. Los necesariamente verdaderos. Los que usted y todos, solemos llamar «el pueblo» a falta de mejor palabra y por distancia de vocabulario o de dinero, que es casi siempre la misma. Me permito transcribirla de manera textual, puesto que jamás serán publicadas en ninguna página de opinión por no parecerse al sermón de Tejera París que sirvió de kyrie al acto en Miraflores. Trabajador A: ¿Viste que Pérez paró el aumento de la gasolina y un poco e vainas? Trabajador B: Ojalá lo haga, pero yo no creo. Trabajador A: Pa mí que está chorreado. Y más nada. Bueno, señor Pérez, es un paso. Grueso, malicioso y nada sutil, según puede esperarse de dos quesilleros que han creído ver de todo en esta vida incluido el regreso del cometa Halley. Pero al mismo tiempo concreto y hasta esperanzador como bota de bombero, sobre todo a la hora de evocar los dolores de estómago, por más presidenciales que estos últimos puedan ser. Al menos, para uno de ellos, el Presidente, convertido en instancia, en personaje, y a lo mejor en símbolo, está «chorreado». Ayer, simplemente, el señor Pérez no estaba. Ni «chorreado» ni presente en los augurios ni al frente ni en los alrededores. Para decirlo en términos clínicos, hemos pasado del coma preluctoso a la gravedad extrema. Cuestión de estilo, por no decir de sutileza. Los Santos Óleos, siguen, desde luego, en el pasillo. Todavía me acuesto y oigo balas o cacerolas, que es lo mismo. Yo no creo que su discurso, Presidente, le haya devuelto la confianza al país. Eso sería Bambi y desde luego, obras son amores. ¿Porqué le voy a faltar el respeto? Pero, por lo menos, allí, allí, sirvió para devolvemos el escepticismo, es decir, la posibilidad de desconfiar de lo que el Presidente dice, o lo que es igual, la justa necesidad de hablar pestes del gobierno. Y créame que en el minuto, puesto en su pellejo, eso es bastante, porque un poquito antes, nada antes, aquí no existía ningún diálogo ni el más ínfimo deseo de asumir su figura en términos legales capaces de ir más allá de la semana que viene. Si es Pérez, que no estoy. Ahora, asido usted de una hilacha, porque hilo constitucional es mucho decir en esta mengua, hemos comenzado a aguardar quién sabe si hasta el martes. Ahora y por los momentos, hay una cara y un presagio. Algo que no se apreciaba desde el 4 de febrero. Pérez dijo, no importa si «chorreado» o no, una cosa parecida a la calle. Pérez se comprometió. Pérez enumeró un primero, un segundo, un tercero y hasta un cuarto. Pérez habló de un plan y de una acción. Pérez. El mismo que nombró a Lauría por vainas del «autosuicidio» y ahora quiere saber de pillos. ¿Qué le digo, Presidente? ¿Enhorabuena? ¿Aleluya? ¿Menos mal? Sería mentirle. Y usted no aguanta una mentira más. Ni de vaina, Pérez. Me solidarizo con el quesillero de la tarde, no por lo de «chorreado» que es algo que puede conjurarse con cierta capacidad en Miraflores, dado que hay enfermería y botiquín de primeros auxilios, sino en la medida del «no creo», del paso y gano, del vamos a ver. Entiendo perfectamente, señor Pérez, como fanático de los buenos westerns que usted no quiera irse ni acatar el casi paternal consejo del doctor Caldera, cuando sugiere su renuncia como una alternativa no descartable. Lo mismo hace Gary Cooper en High Noon. Puesto en su lugar, y para ser franco, yo tampoco lo haría. Admito que usted desea íntimamente, allí en el saquito, donde las cosas le duelen al macho de la especie, liderar la crisis, enmendar los errores, volver al cariño e inaugurar nada menos que una segunda etapa de su gobierno, Pérez ti, que en su caso es Pérez in, si se toma en cuenta su anterior debut cuando había pleno empleo, urinarios limpios y compañía en los ascensores. También las tuvo El Padrino, y no le digo Tiburón. Pero aquí ya no hay cheques en blanco ni palabras de fe. Aquí estamos para ver, los pocos que todavía necesitamos ver. Los pocos que no nos atrevemos a decidir. Los que creemos que el doctor Ramón J. Velásquez, es incapaz de un mal consejo. A mucha honra. No voy a incurrir, presidente Pérez, en la inelegancia de preguntarle por qué diablos no dijo usted algo parecido a este discurso tan jacobino del 5 de marzo en aquel febrero del Teatro Teresa Carreño, un poquito antes de la Octava Sinfonía de Mahler, cuando todo era futuro y el país, incluido Fidel Castro, aguardaba su espectáculo. Recordar esa hora, me provoca verdaderos calambres. Tampoco y mucho menos, inquirir antipáticamente, a pesar de que la pregunta me estalla en el hígado de puro mezquino que debo ser, ¿por qué condenada razón esperó usted tres años para amarrarle la cara a la corrupción?, para decretar esa palabra tan de costumbre y uso en el país, ¿por qué ahora se le hizo real y ayer no?, ¿por qué comienzan a invocarse a partir de marzo? (¿serán los idus? ¿Julio César?) las peticiones de extradición de tanto vagabundo que antes ni con el pétalo; ¿por qué hemos cambiado una inconcebible asepsia ante el horror del Poder Judicial por esta petición urgente de nuevos y apolíneos magistrados, capaces de garantizar algo que vaya un poco más allá de los balbuceos y los vericuetos jurídicos de Pedro Alid Zoppi, con quien la tengo cogida no tanto por malvado, que no me consta, sino por nulo y desaparecido de la vida que es mi certeza. Eso y otras preguntas, señor Pérez ¿por qué es posible ahora congelar el precio de la gasolina y la semana pasada no? ¿Un milagro económico? ¿Por qué ahora el Presidente habla de la harina Pan siendo y vaya usted a ver, que la harina Pan hace un mes continuaba viento en popa el curso de las Delikatessen, en el estante de El Rey David? ¿Qué mecanismo celestial lo hizo a usted, Pérez, hombre de colesteroles exactos, invocar la vulgaridad del precio del aceite, las tontas laticas de sardinas picapica o la simple monotonía del cuartico de leche, tan rancheras, tan tinajistas, tan de Venus a Paradero? ¡Usted, tan macro! ¡Y ahora, de repente, convertido en micro!
Es verdad, Presidente, Chávez y Arias, se alzaron junto a un número desconcertante y respetable de oficiales medios y la Constitución y las leyes establecen que si la custodia, que si la no deliberancia y la obediencia y el catecismo republicano y, etcétera, etcétera. Pero, ironías de la historia, casi siempre una bofetada es más sincera que un halago, variación de una sabiduría según la cual, quien te quiere te hará llorar. Comprendo el reflejo, el esquema mental, mediante el cual usted cita a Pérez Jiménez como la sombra detrás de estos compatriotas hoy en día encarcelados. Pero es un error. Es falso de arriba a abajo. Chávez, y me disculpa, Pérez, pronunció a cañonazos, un discurso singularmente parecido al que usted acaba de expresar en Miraflores inaugurando un segundo aire. Los mismos temas. Las mismas demandas, tal vez simplificadas por ese estilo «memorándum» y «ya está bueno» que caracteriza a los militares. Pero nada parecido al patriotismo liqui-liqui de mi general Pérez Jiménez, simplemente porque Hugo Chávez, si he de creerle al gobierno, que en estos tiempos es mucho, tenía dos añitos el 23 de Enero y es un hijo de la democracia, de la institucionalidad, del no «retrotraernos a etapas superadas». ¿De dónde sale ese perezjimenismo de última hora? ¿No es banal desempolvar un fiambre, después de 34 años? ¿Puede alguien creer en Chávez, heredero del general Pérez Jiménez? ¿O en su lugar, se trata de uno de esos millones de compatriotas que andan por la calle diciendo: ¡Si yo agarrara a esos muérganos!, simplismo cotidiano tal vez, pero algo que se deduce de la simple lectura de la prensa.
Por lo tanto, ¿qué hacen esas coincidencias en el Cuartel San Carlos, Presidente? ¿Cumplir con una instancia legal? Magnífico. Sócrates. Me tomo el veneno con tal de no violar las instituciones. Pero ¿y Lusinchi? ¿Bien, gracias? ¿Y la señora Ibáñez? ¿Vamos a ver? ¿Y Ciliberto? ¿Un día de éstos? ¿No es ese el drama? ¿El terrible logos aferrados a la constitucionalidad sin otro lindero que ella misma? ¿Forma sobre forma? ¿Barroco legal? ¿O es que hay dos órdenes? Dos constituciones. Dos países. Dos maneras. Dos explicaciones, según las cuales, robar en Recadi preserva el orden constitucional y destrozar las paredes de Miraflores, lo agrede. Regalar a los ricos diecisiete mil millones de dólares es criticable, pero caerle a tiros al Palacio Blanco es condenable. ¿Por qué? ¿En nombre de qué? Entiendo sus palabras, señor Presidente, apoyadas, espero, en los hechos, como la invocación de un país nuevo. Las celebro y no desearía llenarlas de remilgos. No contradicen el certero gesto del doctor Caldera cuando nos invitó a los venezolanos a un deslinde, por el contrario, forman parte del país que le deseo a los míos. Me sorprendió (tal vez la falta de costumbre) no encontrar en ellas ese optimismo hueco, casi farandulero, que ha caracterizado buena parte de la retórica oficial de estos años. No eran «echadas palante» y por el contrario, las percibí como reales, como el gesto de un hombre que no quiere ser expulsado de la historia. Así, lo recordé en Miraflores, semanas atrás, diciendo que Acción Democrática, su partido, el de la antorchita, se había vuelto conservador, cristalizado, reaccionario, incapaz de asumir el tiempo, por no decir la historia, que es demasiado. No lo entendí como una buena noticia, a pesar de mis sectarismos. Me pareció una tragedia ver resumido en términos de trasto, lo que alguna vez fue una esperanza, tanto que de casualidad no me nació darle una palmadita a manera de pésame. Ahora, usted decreta un momento. Usted asume la responsabilidad y promete una enmienda, una Constituyente, lo que sea, lo que venga, tal vez la nueva manera de encontramos cara a cara. Ojalá Pérez. De corazón. Lanzo al basurero mis reservas. Espero ver las suyas en el mismo lugar. Espero ver a Chávez y a esos oficiales libres o cuando menos juzgados por la misma vara que hoy se pretende cuando proclamamos el borrón y cuenta nueva. O ellos, o los corruptos. O ellos y los corruptos. No hay otra alternativa ni otra reconciliación con lo que suponíamos que era una democracia y nos resultó un pozo de mierda. Me alegra, percibirlo en el borde, señor Pérez. Siempre es mejor que adentro. La semana pasada, en esta página, me atreví a convocarlo a la asamblea del pueblo. Orestes. Ahora es usted y su conciencia. La plaza continúa esperando.
Dos piezas de teatro del mismo autor: Coedición con |
|||||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|