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De la retórica a la realidad Marianela Lafuente y Carlos Genatios Caracas, 8 de enero de 2003 La actual crisis venezolana no puede calificarse ni de crisis política, ni social, ni económica. Es fundamentalmente una crisis del discurso, un enfrentamiento retórico que solo revela las infranqueables distancias del lenguaje con la realidad, que hoy, en nuestro país, se hacen casi obscenas. En las últimas décadas Venezuela ha vivido bastante mal, con una sucesión de gobiernos reconocidos como ineficientes y corruptos, con un descrédito progresivo de los partidos políticos y las instituciones, con el deterioro creciente de la calidad de vida de la población y el aumento de la pobreza y las desigualdades sociales. Lo paradójico de la actual crisis que vive el país, es que no se presenta como reacción social ante esta problemática. Lo que causa esta explosión ocurre a nivel del discurso. Es la fragmentación del lenguaje, en la confrontación de una retórica contra otra, que deja ver el vacío de las palabras como fondo. Siguiendo a Todorov (Todorov T., La conquête de lAmérique. La question de lautre, París: Éditions du Seuil, 1977), la verdadera conquista y colonización de los países latinoamericanos se produjo a través de la imposición del discurso dominante y ajeno de las grandes potencias, verdaderos actores y autores de la Historia. Y así continúa siendo. Seguimos viviendo bajo el yugo de un discurso que nos ha conducido a la valoración de cánones que se adoptan como universales, sumergiéndonos en el mito modernista de querer «alcanzar la Historia». El mito de que nuestras realidades son simplemente un problema de «atraso» en el desarrollo económico, cuando lo que vivimos es un patético aislamiento del discurso que intentamos hablar, pero que solo podemos adoptar como figura y forma hueca, o como sueño y esperanza, pero nunca como expresión de alguna realidad concreta. La retórica de la oposición es la de defender la democracia, la libertad y la justicia. Estas son palabras que no tienen un referente concreto en Venezuela, con un 80% de la población en situación de pobreza. Sin embargo, Venezuela es considerada un país «democrático». Porque defender la democracia, en nuestro país, se ha reducido a defender las «formas» de la democracia. En eso consiste la verdadera e invisible dominación que nos somete. El discurso del poder, en el escenario internacional de un mundo globalizado, se sustenta en la amenaza de la exclusión. Pero lo que se enfrenta no es la exclusión concreta, en el ámbito económico (la cual ya está efectivamente presente), sino la exclusión del diálogo. La participación de los países en este diálogo global, se condiciona a un respeto a las formas y reglas del discurso, sin importar cuán distanciada esté la realidad objetiva del discurso aceptado. Por ello, la Carta Democrática Interamericana establece que «cualquier alteración o ruptura inconstitucional del orden del Estado del hemisferio constituye un obstáculo insuperable para la participación del gobierno de dicho Estado en el proceso de Cumbres de las Américas». Lo que define la democracia se reduce a sus formas, sus enunciados legales, sus instituciones, sin importar, en el fondo, la equidad y la justicia en la distribución de la riqueza, ni el grado de responsabilidad y participación social de la población en el desarrollo del país. Si se confronta con la realidad, en Venezuela, como en muchos países de América Latina, la democracia, en términos de participación social, no ha pasado de ser un enunciado. En los hechos, un simulacro, más o menos logrado en la última mitad del siglo XX. Pero este enunciado, frágilmente sostenido sobre el «respeto a la Constitución», ha permitido nuestra participación en la OEA y en el diálogo internacional, que se nos presenta con la imagen ilusoria de ser la posibilidad para el progreso y la inserción en el concierto global. El proyecto de Chávez se sustenta en la idea de llevar a cabo una «revolución pacífica y democrática». Con este lema (que ya en sí mismo anuncia una retórica, un velado oximorón, figura poética donde se unen términos opuestos lógicamente, del tipo: «un fuego helado»), se emprende una acción de gobierno donde la democracia participativa y popular, y la justicia social, se colocan como enunciados ideales, a ser llenados de contenidos concretos con la realización del proyecto revolucionario. A nivel internacional, la propuesta de Chávez logra ubicarse y ser aceptada con definiciones retóricas en torno a la globalización y el neoliberalismo, asimilándose a una «tercera vía», sustentada en la búsqueda de un equilibrio multipolar. Con un asidero simbólico que busca fundar una identidad nacional en la gesta heroica de la Independencia, con las figuras emblemáticas de Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora, el chavismo se instaura como gesta romántica, a partir del mítico «Juramento del Samán de Güere» de 1982. La Revolución se realiza primero, y «por ahora», en el enunciado, con la aprobación de la nueva Constitución de 1999, que contiene las bases del proyecto revolucionario. Pero la ejecución del proyecto se enfrenta a los duros obstáculos de una transformación real, que pase de las palabras, ideas y planes, a concretarse en cambios objetivos de la realidad nacional. Los enunciados constitucionales chocan con la resistencia objetiva de un escenario real caracterizado por debilidades institucionales, corrupción, falta de capacidades sociales y humanas, intereses económicos de grupos poderosos, pobreza, conflictos internacionales, entre otros factores que, unidos a las torpezas políticas del gobierno y el apresuramiento, dificultan la realización del proyecto. De más en más, la Revolución debe refugiarse en la retórica, para sostenerse. A falta de una verdadera transformación social, que solo puede ocurrir en el largo plazo, el discurso logra mantener a los defensores del proyecto con un mensaje mesiánico, con la promesa de un mundo más feliz y más justo, por el cual se debe luchar. Pero esta lucha emancipadora se enfrenta a enemigos a ser vencidos. La Revolución retórica se crea en el discurso como lucha contra los «oligarcas», los «escuálidos», los «adecos corruptos», las «cúpulas podridas». A falta de una violencia revolucionaria objetiva, de ataques reales y concretos, el discurso surge como un arma: agresivo, grosero, irreverente. A falta de poder vencer al enemigo, el discurso lo descalifica y ridiculiza. Para mantener el proyecto que hasta ahora, es principalmente un enunciado, la Revolución se traslada a la retórica, donde se construye como imagen y bandera. A través del discurso, lo que debería ser, en el contexto democrático, «la oposición», se transforma en «el enemigo» del proyecto revolucionario, en un contexto que cobra sentido no explícito, en la noción de «lucha de clases». Sin un sustento claramente ideológico, ni contenidos reales para esta retórica de revolución, las respuestas de la población son emocionales, con un asidero personalizado, a favor o en contra, en la figura de Chávez. Por un lado, la Revolución se presenta como esperanza y lucha por la verdadera democracia, la verdadera libertad, la verdadera justicia: ideales a alcanzar. Por otro lado, la Revolución se entiende como amenaza para la verdadera democracia, la verdadera libertad, la verdadera justicia: ideales a defender. El oximorón de la «Revolución Pacífica y Democrática», se quiebra en el seno de la población, en los límites de su discurso, provocando una reacción emocional, que la separa en dos grupos antagónicos. Lo realmente curioso es que esta separación solo se explica a partir del discurso. Lo que ocurre, solo ocurre como ruptura del discurso frente al significado de las palabras, las mismas palabras. Y, sin embargo, esta ruptura ha provocado lo que la difícil realidad venezolana no había hecho anteriormente, al menos hasta los extremos que presenciamos actualmente: una increíble reacción social que ha causado, y parece anunciar muerte y destrucción. Frente a la retórica de la Revolución y fortaleciéndola, los medios de comunicación han logrado erigir otra particular retórica, de corte publicitario, que ha tenido éxito en movilizar a la clase media, haciéndola aparecer como el agente protagónico de la oposición. Como producto, la clase media, tradicionalmente pasiva e indiferente, sin grandes ideales, como no sean principalmente los de la moda y del consumo, se moviliza actualmente en marchas y protestas, con el objetivo de sacar a Chávez del poder bajo el inverosímil pretexto de mantener la democracia, la libertad y la justicia. Poco importa el significado concreto de estas palabras, porque el principal sustento posible para unificar a la clase media, a falta de un proyecto político o bases ideológicas que justifiquen su acción, es el miedo. El miedo a que la revolución retórica de Chávez pueda ser posible. El miedo a perder el frágil equilibrio social que la mantiene, que la mantiene en su nivel social. Los medios de comunicación han sabido aprovechar el discurso de Chávez para construir otra retórica, que convierte a la clase media en actriz central de una epopeya romántica alternativa: «La gesta que se inició en la Plaza Altamira». La clase media logra apropiarse de sí misma como espectáculo, en una imagen en la que se ve a través de la televisión, como en un espejo, en su propia visión heroica y romántica, en cámara lenta y entre banderas ondeando al viento, de una «sociedad civil», defensora del bien, de la razón, de la civilización, y en la que se asume como víctima de la agresión violenta y gratuita de la barbarie y la irracionalidad, corporizada en los demoníacos círculos bolivarianos. La oposición se construye sobre el relato de la lucha del bien contra el mal, donde la clase media se erige a sí misma como paladín de la democracia, la libertad y la justicia, en el mejor estilo de las series y películas americanas que forman parte importante de su referente cultural. Tanto el discurso revolucionario como el discurso opositor se alejan cada vez más de la realidad, sin que a nadie parezca importarle, en una suerte de esquizofrenia nacional, que de no ser tan cercana, parecería tragicómica, y que ha llevado al país a un estado de confusión sin precedentes. La oposición, defensora de una democracia, una libertad y una justicia que solo existen en su discurso (porque poco se ha hablado de la correspondencia real de estos términos con el contexto social y económico del país) y que reacciona frente a la amenaza de un régimen totalitario e irracional (cuyo paradigma, en la retórica instalada por los medios, es el cubano), en sus acciones concretas, ha creado un escenario de desabastecimiento, de largas colas para adquirir gasolina y alimentos, de restricciones a la libertad de circulación y consumo, de paralización económica. Ese escenario concreto, que, paradójicamente, es la imagen perfecta, en su representación estereotipada, del tan temido régimen cubano, es aceptado, sin embargo, y con la ayuda de la retórica publicitaria, como un sacrificio necesario que alimenta la visión gloriosa y martirizada de una clase media que protagoniza y asiste a su mejor película. La altura y nobleza de los fines justifican todos los medios. La clase media parecería no percibir que genera lo que ella misma teme: el desabastecimiento, las largas colas, el decrecimiento económico En el plano retórico en que se construye la realidad, vencer significa hacer callar al otro, silenciar un discurso amenazante. El enfrentamiento de la palabra esperanzadora (para el chavismo), contra la palabra amenazante (para la oposición), en un discurso que utiliza los mismos términos de democracia, libertad y justicia, (términos huecos, vacíos de contenido y de referencias, en un caso porque son una utopía, y en el otro, porque no pasan de ser un mensaje publicitario), hace imposible o gratuito el diálogo. ¿Qué significado puede tener el diálogo, en un país donde las palabras están divorciadas de la realidad? Sin embargo, las dos retóricas, aparentemente opuestas, tienen un fondo común. A falta de contenidos reales, la democracia se refugia en la defensa de sus formas. Si es imposible o irrelevante un diálogo (imposible para unos e irrelevante para otros), su simulacro debe ser necesariamente mantenido por todos, porque ese es el enunciado de la democracia. El discurso del poder, en el escenario internacional, se manifiesta como amenaza de exclusión, cuando no se respetan sus formas. Y esta amenaza se revela como telón de fondo en las dos retóricas, enfrentándolas a su vacuidad. En esta paradoja, sin embargo, no nos queda otro camino que construir un diálogo verdadero, en el que encaremos descarnadamente la realidad social y económica del país, más allá de las retóricas, como única herramienta posible para crecer. Mientras el enfrentamiento político se reduce a la oposición de dos retóricas que juegan con los mismos términos de democracia, libertad y justicia, la realidad concreta se desliza prosaicamente, a pesar de las palabras y por más bellas que sean, alrededor del suministro petrolero y de los grandes intereses económicos. Los omnipresentes e intangibles dueños del discurso del poder, los autores de la Historia, se esfuerzan en mantener las formas para que estas garanticen la estabilidad de la dominación económica en el orden mundial. La última palabra, en este diálogo de sordos, dará el triunfo al contendiente que, manteniendo en lo posible el simulacro de las formas, garantice el suministro petrolero de manera satisfactoria. Como decía John Maisto, cuando era embajador de EUA en Venezuela, a propósito de Chávez: «No vean sus labios, vean sus manos». Al igual que, durante la Conquista, se impuso el lenguaje de la religión católica para dominarnos y colonizarnos, al igual que, con la Independencia, utilizamos los valores burgueses de la Ilustración y el Humanismo, para llegar a sumergirnos luego en el caudillismo y la guerra, al igual que, durante la República, confrontamos los ideales de la civilización y el progreso contra los de la barbarie, asimismo respondemos ahora, con un discurso de palabras huecas, al lenguaje impuesto que nos domina. Las palabras y enunciados que adoptamos como propios, nos aprisionan, alejándonos de la realidad. Una vez más, la Historia nos indica que esta es la contradicción a superar. Es vital impulsar las iniciativas de análisis de la dura realidad social y económica que debemos superar. solo así lograremos estructurar el camino que, comprendiendo la realidad, justifique la política y las distintas posturas enfrentadas, y sustente la transformación que requerimos urgentemente. Todos los esfuerzos en este sentido, están plenamente justificados, y deben ser atendidos como salida al enfrentamiento destructivo en el que estamos sumergidos. |
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