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Batiburrillo El mono aullador Carlos Ortega El Mundo (Caracas), jueves 21 de setiembre de 2000 Un chiste publicitado por expertos analistas literarios extranjeros afirma que la novela venezolana contemporánea es como el hipogrifo: una invención mitológica, algo que no existe. No en vano cierto famoso y temido crítico radicado en una universidad estadounidense nos despacha diciendo que apenas podemos ofrecer uno que otro texto «de intención narrativa», pero en modo alguno novelas merecedoras del calificativo. Ahora bien, si alguien luce candidato a cambiar esta apreciación es el dramaturgo Ibsen Martínez, uno de los más controvertidos y leídos articulistas de la prensa venezolana, a quien le hemos escuchado decir, en tertulia de amigos, que la de narrador es su verdadera y única vocación, que todo lo forjado por él, hasta ahora, ha sido o bien escritura «alimenticia» (telenovelas y diarismo) o bien una breve lista de piezas teatrales sólo preparadas para el libro que la editorial Grijalbo Mondadori acaba de poner en circulación. El título de la aludida obra, El mono aullador de los manglares, suena ciertamente inquietante, como inquietante resulta la lectura del primer capítulo que, a manera de tentadora primicia, ofrece la página web elaborada para promocionar esta singularísima novela. Ambientada en el mundo de la televisión venezolana, habitan las páginas de El mono... libretistas de telenovela, actrices, actores, tramoyistas, directores de cine que, «por estas calles», asimilan bien o mal las frustraciones en su eterna querella con los socarrones gerentes de programación. Su argumento, asombroso, trepidante y cruel, discurre sincrónicamente con el desarrollo de una medición competitiva: las seis semanas de un encarnizado rating. La destreza paródica de Ibsen Martínez hace de El mono aullador de los manglares una fiesta. El lector reconoce de inmediato, en el libro, la novedad de una novela que aborda con sangriento humor un ámbito tan elocuentemente latinoamericano como es el de la televisión que hacemos. No en balde se advierten, durante la lectura, acentos de toda la cuenca del Caribe: cubanos, venezolanos, puertorriqueños. El eje central de la trama es un colosal fraude que el gerente general de un canal, acoquinado por su rival, urde a partir del fervor popular hacia José Gregorio Hernández. El suceso, verídico, ocurrió hace más de treinta años, pero Ibsen Martínez logra trasmutarlo cabalmente en materia novelesca. Escuchemos lo que dice Aurelio Sotolongo, el cubano gerente general de la «Zona del Canal» como jocundamente bautiza Ibsen al universo de la TV en que transcurre ésta, su primera novela, cuando persuade a los suyos de la infalibilidad del plan: Tenemos una copia del Expediente de Canonización del doctor José Gregorio Hernández, Venerable Siervo de Dios, Santo Médico de los Pobres. ¿Sabías que el giro más frecuente en los testimonios de los creyentes es la frase «se produjo el milagro»? ¿Ves la conexión? ¡Vamos a producir un milagro diario del beato favorito de la familia venezolana, un tipo que ha generado una lealtad de marca brutal desde que lo arrolló el único taxi que circulaba en Caracas en 1919! Con un milagro diario durante siete semanas en pantalla, los vamos a hacer pomada. La novela referida sorprende por la rara entereza de un escritor dueño de sus recursos expresivos, y también porque a ratos nos regala incisivas y eruditas observaciones sobre el oficio de TV, como esta sardónica descripción que el gerente general hace al novel libretista el primer día de trabajo: Una telenovela, mi estimado, consume unos ciento cincuenta capítulos. Pero bastan dos para contarla: el primero y el último. Entre ambos deben ir los otros ciento cuarenta y ocho, cada uno lleno de cuarenta y cuatro minutos de invariable invención. El lector puede acercarse a esta novela visitando el sitio www.monoaullador.com y examinar allí el primer capítulo. Difícilmente podrá prescindir de los restantes, circunstancia que nos causa regocijo pues, con su primer libro del género, Ibsen Martínez materializa, al fin, la promesa cuyo cumplimiento parecía destinado a postergarse indefinidamente. |
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