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Caudillo, ejército, pueblo. La Venezuela del presidente Chávez

Norberto Ceresole

Caracas, enero-febrero de 1999

Norberto Ceresole

Índice

Introducción

La «cuestión judía» y el Estado de Israel

Capítulo 1. Caudillo, ejército, pueblo
La Constituyente
La concentración del poder dentro de la historia reciente
La internacionalización del conflicto colombiano

Capítulo 2. Cambios y conflictos

Capítulo 3. La participación popular

Capítulo 4. El amplio marco de la política exterior venezolana
Las nuevas fronteras de la política mundial
Polarización versus globalización
La fragmentación antioligárquica
La despolarización del sistema internacional
Los Estados Unidos de América como factor declinante de la polarización internacional
Decadencia de la civilización norteamericana
Estados Unidos: capacidad de globalización y voluntad «aislacionista»
La ruptura del orden bipolar
Hegel, Haushofer y Spengler
La estructura global y los segmentos de poder
La «ruptura del mapa»

Capítulo 5. Una forma de generación de poder: la producción de Inteligencia
La Inteligencia como nueva forma de conocimiento y condición de supervivencia
La Inteligencia entendida como «capacidad de anticipación»
«Entorno» y «Sistema» entendidos como sistema comunicacional 

Capítulo 6. Cuatro enfoques finales sobre la Venezuela del Comandante Chávez
a. El 25 de julio de 1999 o la mochila del presidente
b. La Asamblena Nacional Constituyente y el Nuevo Orden Mundial
c. Inteligencia y geopolítica
d. Defensa y Seguridad en América Meridional

6.1. Anexo Documental: El extraño caso de José Vicente Rangel

Anexo 2: Marzo-Mayo de 2000. La reconducción del proceso

  1. Venezuela ha comenzado a transitar el camino hacia la guerra civil
  2. Sobre la Fuerza Armada Nacional
  3. Carta al diario El Universal
  4. Venezuela en el mundo
  5. La abdicación de la Iglesia Católica Romana
  6. Kuwait News Agency (Kuna)
  7. Fuerza Armada y partidos en Venezuela
  8. El «Holocausto» argentino (según Israel)
  9. El mundo apolar: Fujimori y Brasil
  10. Los Mariscales de la derrota

Introducción

Del 1 de enero al 5 de marzo de 1999 (1)

«Hay dos chavismos. El de los partidarios de Ceresole y el de los que creen en la democracia. Hay un chavismo, pues, ceresoliano, y un chavismo democrático representado por José Vicente Rangel» (2).

«Pero entonces llega Ceresole y dice que hay que pulverizar a los partidos (con lo cual estoy de acuerdo), y entonces se arma el escándalo» (3).

«El plan cívico-militar parecía el único hueso sano (del gobierno de Chávez), encabezado por el ministro de la Defensa, un prestigioso oficial del ejército venezolano. lucía alentador, positivo, hasta que apareció Ceresole» (4).

«Ahora resulta que después de tanto Bolívar, de tanto Zamora, de tanto Simón Rodríguez, la pócima de Ceresole parece ser la que, en realidad, ha embriagado el ánimo de Chávez. La pócima de Ceresole es la del absolutismo caudillista» (5).

La crisis política que se originó en Venezuela por mi presencia en ese país durante los primeros meses de 1999 no tiene, tal vez, antecedentes en el mundo actual. Nunca una persona privada, sin ningún tipo de apoyatura organizativa, ni mucho menos oficial, generó tanta polémica política e institucional, ni tanto espacio en la prensa escrita, ni tantas horas de radio y televisión, en un período tan corto de tiempo (6). Cualquier lector que recorra los archivos electrónicos de los principales diarios de Venezuela podrá contabilizar más de 350 artículos desde finales de febrero hasta finales de diciembre de 1999, y ni uno sólo de ellos favorable ni a mi persona ni a mis ideas, lo que confirma la tesis del presidente Chávez sobre el carácter mafioso y regiminoso de las empresas periodísticas de Venezuela.

Se trató sin duda de uno de los «episodios más desconcertantes que pueda haber vivido un país latinoamericano, indicativo del grado de confusión en que ha caído la sociedad venezolana» (7). Nunca se dieron las circunstancias para que un intelectual aislado lograra polarizar a un país entero de la manera como yo lo hice en Venezuela, aunque lamentando haberme convertido, contra mi voluntad, en un «super star» (8).

Para que tal increíble circunstancia se produjera fue necesario que confluyeran, en tiempo y espacio, dos poderosos factores primarios, y un tercero, secundario, que era mi historia personal en ese país, mi antigua amistad con el comandante Chávez y mi expulsión de Venezuela en junio de 1995.

Los dos factores principales fueron la inestable y frágil situación interna de Venezuela, y la agresiva posición adoptada contra mi persona por la comunidad judía venezolana y por la alta dirigencia del Estado de Israel (9). A los pocos días de abandonar yo Venezuela llegó a Caracas, sin ser invitado por el gobierno, el entonces ministro israelí de Seguridad Interior, Avigdor Kahalani, con un portafolios lleno de ofertas, como es habitual en estos casos. Israel venía a ofrecer asesoría sobre seguridad, sistemas, cuerpos policiales, «y la manera cómo éstas pueden proteger el territorio» (El Nacional, 20 de marzo de 1999). «La presencia de Norberto Ceresole en Venezuela generó interferencias en las relaciones entre el gobierno venezolano y la comunidad judía. A propósito de estos ruidos, y en un intento por contemporizar, el gobierno emprendió una negociación, ya bastante avanzada, para la adquisición de misiles israelíes. Esas transacciones y la presencia en el país del ministro de Seguridad Interior de Israel., señala que la política venezolana comienza a interesar por aquellos predios. Desde allí, por cierto, el Premio Nobel de la Paz, Shimon Peres, acaba de enviar una carta, dirigida al partido Acción Democrática, en la cual manifiesta su inquietud por el proceso de cambios que se desarrolla en Venezuela y, sobre todo, por el papel que los radicales fundamentalistas pudieran tener en él. Se refería Peres a la presencia del sociólogo argentino en nuestro país, hace unas semanas» (10).

Uno de los periodistas venezolanos más sensibles y antagónicos al chavismo, Roberto Giusti, dio en el clavo: ante tantos asesores frustrados del presidente, y contrariamente a las propuestas abstractas pero sobre todo irrepresentativas que llegan al Palacio Miraflores, «la formulación teórica de Ceresole tiene una traducción, se manifiesta en las calles vestidas de boinas rojas y patriotas bandas vociferantes dispuestas a imponer la dictadura de la mayoría». La Venezuela del comandante Chávez presenta dos opciones. Entre ellas, «. con sus correspondientes matices y variantes. hay toda una ofensiva y contraofensiva, una pugna de intereses que se pone de manifiesto en el señalamiento de Ceresole, según el cual existe un lobbie (sic) del capitalismo internacional incrustado en el dominio del alto gobierno» (11). Es cierto. Mi propuesta para Venezuela es representativa en lo civil y en lo militar. En todo momento estuvo respaldada no sólo en la calle, por los «boinas rojas» (distintivo de las unidades de paracaidistas: una versión «militarizada» de los «descamisados» argentinos) del chavismo. También fue asumida como propia en cuarteles y organizaciones populares de base, a todo lo largo y ancho del país. Esa demostrada y aún demostrable representatividad de mi pensamiento, a escala nacional, y no mi humilde persona, fue lo que provocó el pánico y la histeria del establishment, instalado tanto dentro como fuera del gobierno.

Ello fue acertadamente expresado en una columna de opinión de El Universal, titulada «La conversión» (se refiere naturalmente a la «conversión» ideológica que, según el articulista, está experimentando el Presidente), quien «. viene de una cosmovisión demasiado primitiva y porque necesita alcanzar otra demasiado avanzada. Porque viene de esa mezcla confusa y atávica de fascismo y moral medieval, que se sintetiza en un nombre: Ceresole. (sin embargo) el verdadero problema es lograr que la conversión se produzca en la masa de gente que lo acompaña, en el conjunto de cuadros y dirigentes que han asumido conscientemente la posibilidad de un proceso revolucionario. Para ellos, el choque entre la inevitable economía de mercado y el deseo de redención social, entre el inexorable capitalismo y la revolución que creen estar adelantando, será muy difícil de asimilar» (12).

La «cuestión judía» y el Estado de Israel

La cuestión judía, en su doble e inseparable dimensión (la que representa la comunidad judía residente en Venezuela y los intereses específicos del Estado de Israel en la región) tuvo y tiene una influencia particularmente importante en esta crisis, debido a cuestiones que no tienen nada que ver con Venezuela. La primera agresión contra mi persona, a nivel público, la produjo el periodista Jorge Olavarría el domingo 21 de febrero. Allí ese señor, entre despectivo y arrogante, me acusa de «antisemita» — con un desconocimiento absoluto sobre mis libros — y de ser, al mismo tiempo, el «mentor del presidente»(13). Una oportunidad única ¡Un «antisemita» influye sobre el presidente!

Por supuesto que no soy ni «antisemita» ni «neonazi». Recientemente una revista «seria», la pretendida versión en lengua española de Foreign Affairs, (Política Exterior, Madrid, noviembre-diciembre de 1999, p.32, Vol.XIII, Nº 72) me definió como «montonero», la «ultraizquierda del peronismo en los años setenta») (14).

Soy, eso sí, un crítico del Estado de Israel y de las organizaciones judías internacionales, a las cuales dediqué mis últimos libros. Me considero parte de un nuevo revisionismo que tiene por objeto demostrar :

  1. que una parte importante del relato canónico de la deportación y de la muerte de los judíos bajo el sistema nazi ha sido arreglada en forma de mito.
  2. que dicho mito es utilizado hoy en día para preservar la existencia de una empresa colonial dotada de una ideología religiosa (monoteísta y místico-mesiánica): la desposesión por Israel de la Palestina árabe.
  3. que ese mito es asimismo utilizado para chantajear financieramente al Estado alemán, a otros Estados europeos y a la propia comunidad judía en los Estados Unidos de América y de otros países con diásporas significativas.
  4. que la existencia de tal empresa política (Israel: un poder concretado en el monopolio de monoteísmo, e implementado por un ejército, varias policías, cárceles, torturas, asesinatos, etc.) busca consolidarse por una serie de manipulaciones ideológicas en el seno del poder hegemónico de los Estados Unidos, que procura por cualquier medio hacerse aceptar como amo del mundo, mediante el terror generalizado y además mediante prácticas disuasivas y persuasivas.

Mi caso es un «testigo» que muestra cómo los revisionistas se van convirtiendo, a pesar suyo en ciertos casos, en un elemento de importancia creciente, en la deconstrucción de las ideologías que sostienen estas empresas hegemónicas.

Entre todos los sentidos que se le ha dado a la palabra «revisionista», se trata de señalar principalmente el que distingue a los historiadores y científicos sociales que consideran comprobado el hecho de que no hubo — en ningún caso — (en los campos de concentración alemanes de la época del Tercer Reich, incluido el territorio no alemán administrado militarmente por Alemania) uso de gases homicidas que supuestamente se operaban en recintos llamados «Cámaras». Junto con muchos otros expertos, químicos, por ejemplo, el revisionista considera, en consecuencia, que no existe cifra definitivamente establecida para evaluar las pérdidas humanas en las comunidades judías durante la segunda guerra mundial pero que, en todo caso, la de seis millones de personas es absolutamente desmesurada y contrapuesta a la ofrecida por los registros de la Cruz Roja Internacional (150.000 muertos — judíos y no judíos, del comienzo al fin de la guerra — en Auschwitz-Birkenau).

El 21 de septiembre de 1989 la ex agencia oficial soviética Tass hizo públicos los archivos de Auschwitz y de otros campos de concentración alemanes. Allí constan los registros de los prisioneros y de los fallecidos, uno a uno. Desde 1939 hasta 1944-45 hubo un total de 300.000 prisioneros en Auschwitz y también un total de 74.000 fallecidos en el mismo campo. Los soviéticos no especifican cuántos de ellos eran judíos, aunque sí señalan que más de la mitad de esos fallecimientos se debieron a desnutrición, tifus y otras enfermedades (que por lo demás eran compartidas con el resto del pueblo alemán, tanto civil como militar). Por lo tanto durante unos cinco años habrían sido asesinados en Auschwitz (y no necesariamente por las autoridades alemanas del campo, sino por las «mafias» que lo gobernaban en el interior), no cuatro millones de personas (en su mayoría judías, según el mito), sino algo menos de 40.000, entre judíos y no judíos. Sin duda alguna un horror. Pero recordemos que durante la misma guerra, y solamente en Hamburgo, en una sola noche de bombardeo aliado, murieron asesinados 48.000 civiles alemanes, en su mayoría niños, mujeres y ancianos (para no hablar del genocidio de Dresden).

Desde la óptica «holocáustica» no hay ninguna posibilidad de hacer ni historia ni arqueología, en su más estricta definición académica. Pasados 55 años desde el final de la segunda guerra en su frente occidental, y abiertos los archivos de Moscú hace ya una década, no existe aún, ni existirá jamás ningún documento ni resto físico o químico que demuestre la existencia de las «fábricas de la muerte» tal como se ven en las películas de Hollywood, imaginadas bien a partir de novelas, o bien a partir de «memorias» de testigos indirectos.

El análisis revisionista ha demostrado hasta la saciedad que esas «memorias», que pretenden reemplazar a documentos inexistentes (como por ejemplo órdenes de exterminio [oficiales o extraoficiales], presupuestos económicos para construir «fábricas de muerte», diseños o representaciones creíbles del «arma del crimen», procedimientos administrativos para ejecutar tan vasto y único crimen, etc. etc.), o bien están basadas en hechos falsos, o bien en testigos directos de dudosa credibilidad. Es imposible, además, reconstruir los hechos históricos a partir de la pura «memoria». Por otra parte sabemos con absoluta precisión de dónde (de qué «campos», exactamente), y qué factores provocaron la muerte de personas que muestran ciertas fotografías que se exponen como «pruebas» en el mundo entero desde finales de la segunda guerra.

Es por eso que los revisionistas tienen una buena noticia que darle al mundo: la maldad humana absoluta (como p.e. el «jabón judío» presentado como «prueba» por los soviéticos en esa aberración jurídica que fue el Tribunal Militar Internacional de Nuremberg), inventada para definir una etapa de la historia de Europa, y en especial de Alemania, definitivamente no existe; la historia real humana no es un duelo entre ángeles y demonios (15).

Los revisionistas reclaman la aplicación de los métodos de rutina en historia para estudiar los acontecimientos que condujeron al origen y al fin de la segunda guerra mundial, porque constituyen el fundamento común de la historia de nuestro tiempo. El revisionismo no es político y no tiene línea política. El revisionismo es lo común y corriente para cualquier historiador serio. Es lo que distingue la historia del dogma religioso. En un dogma, la verdad ha sido establecida y autentificada de una vez por todas. No hay lugar para la duda. La mente humana anhela las certidumbres y puede encontrar consuelo y amparo en unos dogmas establecidos — en el «mundo antiguo» — desde mucho antes de la aparición de los primeros síntomas del llamado «monoteísmo».

La historia en cambio es una tentativa para comprender el pasado desde el punto de vista del presente. Queremos conocer y comprender, con nuestras palabras propias, lo que sucedió hace veinte, cincuenta, quinientos años. Lo que nuestros antecesores hayan entendido no es más que un elemento del cuadro que nos interesa. Pensamos que debemos revisar el juicio de aquéllos a la luz de nuestro propio modo de pensar y con el aporte de los documentos de los que disponemos, y que posiblemente consideremos con un enfoque diferente. Nuestra comprensión forma parte de un caudal que no termina de modificarse. Esto vale para la forma en que consideramos a Atila o a Julio César, vale también en lo tocante al Renacimiento italiano o a la Revolución francesa. A la colonización española de América, Meridional y Septentrional, y a la Inquisición. Es inevitable que un día ocurra lo mismo para lo relativo a la segunda guerra mundial y a los inmensos sufrimientos que provocó en nuestro pequeño universo europeo.

Nunca antes en mi vida había percibido el «problema judío» hasta el momento que descubrí, empíricamente, que los llamados «atentados terroristas de Buenos Aires» (1992 y 1994, a cuyo estudio dediqué hasta el momento cuatro libros(16)) correspondían a una crisis interna del Estado de Israel y no a la acción de un supuesto «terrorismo islámico». Fue en ese momento, a partir de 1995, que «los judíos» irrumpen en mi vida. «Los descubría de pronto no tales como los había conocido hasta entonces, es decir como individuos distintos unos de otros, sino como elementos imposibles de desprenderse unos de otros, un grupo unido por el odio, y para usar el término que prefieren, la «cólera». Frenéticos, echando espuma por la boca, en tono que combinaba el gemido y la amenaza, me venían a gritar que mis trabajos los erizaban, que mis conclusiones eran falsas y que tenía que rendir pleitesía a su propia concepción de la historia. Los responsables de estas asociaciones me tratan a menudo de «nazi», cosa que no soy. Más bien, soy, en mi relación con ellas, un «palestino», tratado como tal e inclinado a creer que los judíos en la diáspora tratan a los que les caen mal como lo hace el Estado de Israel, a ojos del mundo entero, a los palestinos en Palestina. Si se quiere mis escritos son las piedras de mi Intifada. Y francamente no descubro diferencia esencial entre la conducta de los responsables sionistas en Tel Aviv o Jerusalén y la de los responsables judíos de París o Nueva York [Buenos Aires, Caracas, y la totalidad del «mundo occidental», NC]: la misma dureza, el mismo espíritu de conquista y de dominación, los mismos privilegios, sobre un fondo incesante de chantaje..» (Robert Faurisson, Écrits Révisionnistes (1974-1998), Vol 1, Introduction).

Hacia fines de febrero de 1999, el ministro de relaciones exteriores de Venezuela, José Vicente Rangel, me «acusó» de ser un «negador» del «Holocausto» (es decir: un «negacionista», que es el término con que los judíos designan a los revisionistas). Atacó mis declaraciones a las que definió de asquerosas y repugnantes, y yo le respondí, en su momento, intempestivamente, que él era un estúpido. Aunque en La Falsificación de la Realidad (op.cit.) ya hice un esbozo general de mi pensamiento, dejaré para un próximo libro una respuesta más acabada (17). Por el momento reproduciré, ante tamaña ignorancia de un tema capital de nuestra época, las opiniones de mi amigo, el sociólogo francés Serge Thion: «El revisionismo Histórico, que ha ganado todas las batallas intelectuales desde hace veinticinco años, cada día va perdiendo la batalla ideológica. El revisionismo choca con lo irracional, contra un pensamiento cuasi religioso, la negativa a tomar en cuenta lo que proceda de un polo no judío; estamos en presencia de una especie de teología laica de la cual Elie Wiesel es el gran sacerdote internacional consagrado por la atribución del premio Nobel».

El día 1 de diciembre de 1999, es decir a sólo 14 días de la histórica elección estratégica que realizó el pueblo de Venezuela, un jefe religioso judío, Pynchas Brener, rabino principal de la Unión Israelita de la comunidad judía residente en Venezuela, utilizando un lenguaje militar al mejor estilo de Josué, escribió una nota de opinión en «El Nacional», titulada «El rey está desnudo». Nadie que haya leído esa nota pudo dejar de percibir — porque ése fue el objetivo del autor — que el «rey desnudo» es el presidente Hugo Chávez. A quien el bueno de Brener — un «profeta del odio» sionista — le dedica explícitamente el último largo párrafo del escrito. En lo personal hacía muchos años que no había leído nada que destilara tanto odio: el «religioso» judío Brener toma parte activa en la política de los «nativos» y compara al comandante Chávez nada menos que con Hitler y con Stalin; plomo del supergrueso vomita Brener, exige sangre como Josué. Pero de acuerdo con Esdras, esa sangre será la de «los otros», la de los «nativos» y no la de los «elegidos»:

    Líderes carismáticos, pero pasajeros, tiranos de turno bajo el manto de un interés profundo por el trabajador y las clases desposeídas, tal como lo hicieran Hitler y Stalin, con demagogia, siguiendo las enseñanzas de Goebels (sic.), tergiversan la realidad, abusando de palabras como igualdad y oportunidad, cuando lo que siembran es el desequilibrio, la incertidumbre y la pobreza. Se nos quiere convencer de la propiedad y de la justicia del líder. El temor y la cobardía, la protección del hogar obliga a muchas personas a no disentir, incluso hasta apoyar. Pero tarde o temprano llega alguien que abre los ojos de la comunidad, y señala que ese líder carece de un designio claro para el crecimiento y avance de la sociedad. Sus promesas de un futuro mejor son sólo parte de una demagogia que, tarde o temprano, quedará al descubierto, de darse cuenta la sociedad que el rey estaba desnudo (Fuente: http://www.el-nacional.com/eln011299)

Hay un odio de clase pero sobre todo un odio racial, o genético, en este texto: los «índígenas» (bíblicos, del Antiguo Testamento) chavistas, cobardes, pobres y de piel oscura, serán despertados por un nuevo mesías blanco, rico, neoliberal e iluminado.

Dado que el judío-polaco Pynchas Brener es el rabino principal — la máxima autoridad religiosa y moral- de la comunidad judía residente en Venezuela, su opinión, por lógica, no es personal sino colectiva. La interpretación correcta del texto es — entonces — que toda esa comunidad señala al presidente Chávez como la reencarnación del «mal absoluto» (Hitler y Stalin), y al pueblo venezolano como cómplice (del mal) y cobarde (ante su propia malvada creación). Se debe suponer, asimismo, que tal concepto es también representativo de los «judíos por elección», como es el caso de José Vicente Rangel, quien hace unos pocos meses dijo: «Mi conducta en la vida se inspira en la epopeya del pueblo judío. Así he criado a mis hijos y a mis nietos. Es una epopeya que inspira la lucha por la vida, por la dignidad del ser humano» (Fuente: Congreso Judío Latinoamericano, Boletín OJI, Nº668, mayo de 1999, E-mail: counselors@counsnet.com).

Un analista judío residente en Venezuela, Sammy Eppel, me definió como «. practicante de una de las disciplinas más despreciables del género humano, el Revisionismo Histórico.» (18). En el mismo sentido se expidió desde Nueva York Abraham Foxman, Director de la poderosa Liga Antidifamatoria (ADL): «Comentarios como el formulado por el señor Ceresole son característicos del movimiento de propaganda antisemita del revisionismo del Holocausto.» (Carta de la ADL al presidente Chávez, publicada en El Universal, el 6 de mayo de 1999).

Para las organizaciones judías los revisionistas somos Untermenschen, sub-hombres a los que no se les puede dar existencia: «No podemos debatir con esos sujetos., no podemos darnos el lujo de darles existencia. Cuando (en Francia) en Abate Pierre (en relación con el juicio contra Roger Garaudy) propuso que se organizara un debate entre historiadores para discutir las tesis negacionistas yo me opuse terminantemente, porque es inaceptable que estos señores puedan asistir a un debate en la radio o la televisión para justificar todas las atrocidades y absurdos que promueven. El día que sean tenidos en cuenta para un debate, habrán ganado la partida, y su «pensamiento» empezará a ser considerado como una escuela» (19).

La cuestión judía en Hispanoamérica (en la doble dimensión antes señalada) tiene una larga historia que no es posible analizar en este trabajo (20). Esa historia comienza con la Expulsión española de 1492. Pero desde la fundación del Estado de Israel en 1948, esa presencia judía — ya a nivel estatal — se especializa en cuestiones de seguridad. Es posible afirmar, sin ningún margen de error, que no existió ningún proceso insurreccional en Hispanoamérica, en las últimas décadas, que no haya tenido su otra cara, la contra insurreccional apoyada, siempre y en todos los casos, por «asesores israelíes» y por armamento israelí. Sobre este tema existe una abundante documentación que yo utilizo en otro de mis libros recientes. Esa historia, mitad contrainsurreccional y mitad negocios armamentísticos, tiene una expresión puntual en Venezuela y Colombia en estos momentos. En Colombia es público que la apoyatura contrainsurreccional de los llamados «paramilitares» — esos asesinos de poblaciones civiles sospechosas de apoyar a la guerrilla — son los «asesores israelíes». Se trata de un hecho de enorme implicancia para la política interior venezolana (el jefe de esa banda amenazó, desde Colombia, con perseguir hasta Caracas a los guerrilleros de las FARC y del ELN, al mismo tiempo que el jefe del Comando Sur del ejército de los EUA pedía al ejército venezolano «estrechar el cerco» sobre los irregulares colombianos). Simultáneamente las fuerzas armadas venezolanas estaban negociando con una empresa israelí la compra, nada menos, que de ¡misiles antimisiles! ¡Un país con el 86% de pobreza y ubicado fuera de cualquier zona de conflicto de alta intensidad estaba — está — negociando comprar una tecnología propia de la guerra de las galaxias! Como ocurre en todos los casos, inexorablemente, la comunidad judía residente en Venezuela vino rápidamente en auxilio del Estado judío. Mientras el presidente Chávez — con absoluta cordura — se declaraba neutral respecto de la guerra civil del país hermano y asumía la realidad tal cual es (que hay dos partes beligerantes en Colombia), la comunidad judía lo atacaba asociándolo conmigo, con mi «antisemitismo». Sin mencionar, naturalmente, la escandalosa apoyatura israelí a los «paramilitares» colombianos. Todos los dirigentes judíos residentes en Venezuela corrieron rápidamente en auxilio de la estrategia norteamericano-israelí orientada a internacionalizar el conflicto colombiano, a partir del reforzamiento, como parte beligerante, de las bandas paramilitares del señor Castaño, quien prometió asesinar al mismo presidente de Venezuela.

Madrid, diciembre de 1999.

Capítulo 1. Caudillo, ejército, pueblo

Caracas, enero, febrero de 1999

La orden que emite el pueblo de Venezuela el 6 de diciembre de 1998 es clara y terminante. Una persona física, y no una idea abstracta o un «partido» genérico, fue «delegada» — por ese pueblo — para ejercer un poder. La orden popular que definió ese poder físico y personal incluyó, por supuesto, la necesidad de transformar integralmente el país y re-ubicar a Venezuela, de una manera distinta, en el sistema internacional.

Hay entonces una orden social mayoritaria que transforma a un antiguo líder militar en un caudillo nacional. La transformación de aquel líder en este caudillo hubiese sido imposible de no haber mediado: 1) el golpe de Estado anterior no consumado y, 2) de no haberse producido la decisión democrática del pueblo de Venezuela del 6 de diciembre de 1998. Es una decisión democrática pocas veces vista en la historia moderna lo que transforma a un líder «golpista» en un jefe nacional. Hubo decisión democrática (6 de diciembre de 1998) porque antes hubo una militarización de la política (27 de febrero de 1989 y su contraparte inexorable, el 4 de febrero de 1992). Esas tres fechas están íntima e indisolublemente unidas. El anterior golpismo — la necesaria militarización de la política — fue la condición sine qua non de la existencia de un Modelo Venezolano posdemocrático. De allí que no deba sorprender a nadie la aparición — en el futuro inmediato — de un «partido» cívico-militar, como conductor secundario — detrás del caudillo nacional — del proceso revolucionario venezolano.

Todos estos elementos [«Orden», o «mandato popular»; líder militar devenido en caudillo o jefe nacional; ausencia de instituciones civiles intermedias eficaces; presencia de un grupo importante de «apóstoles» (núcleo del futuro partido «cívico-militar») que intermedian con generosidad y grandeza entre el caudillo y la masa; ausencia de ideologizaciones parasitarias preexistentes, etc.] conforman un modelo de cambio — en verdad, un modelo revolucionario — absolutamente inédito, aunque con claras tradiciones históricas, hasta el momento subestimadas y denigradas por el pensamiento sociológico anglo-norteamericano.

El modelo venezolano no es una construcción teórica, sino una emergencia de la realidad. Es el resultado de una confluencia de factores que podríamos definir como «físicos» (en oposición a los llamados factores «ideológicos») que no habían sido pre-pensados. El resultado de esa confluencia de factores es un modelo revolucionario que pivota sobre una relación básica entre un caudillo nacional y una masa popular absolutamente mayoritaria, que lo designó a él, personalmente, como su representante, para operar un cambio amplio pero sobre todo profundo.

El modelo venezolano no se parece a nada de lo conocido, aunque nos recuerda una historia propia, que generalmente hemos negado por nuestra anterior adscripción y subordinación ante los tabúes del pensamiento occidental-racionalista (marxismo incluido):

  • Se diferencia del «modelo democrático» (tanto liberal como neo-liberal) porque dentro de la orden popular (mandato) está implícita — con claridad meridiana — la idea de que el poder debe permanecer concentrado, unificado y centralizado (el pueblo elige a una persona (que es automáticamente proyectada al plano de la metapolítica) y no a una «idea» o «institución»). No es un modelo «anti-democrático», sino «pos-democrático».
  • Se diferencia de todas las formas de «socialismo real» conocidas durante el siglo XX, porque ni la «ideología» ni el «partido» juegan roles dogmáticos, ni siquiera significativos. En todos los casos conocidos los partidos comunistas llegan al poder por guerra civil interior, guerra internacional o invasión militar. 
  • Se diferencia de los caudillismos tradicionales o «conservadores», porque el mandato u orden popular que transforma a un líder militar en un dirigente nacional con proyecciones internacionales fue expresado no sólo democráticamente, sino, además, con un sentido determinado: conservación de la cultura (independencia nacional), pero transformación de la estructura (social, económica y moral). 
  • Es distinto de los nacionalismos europeos de la primera posguerra, por algunos de los elementos ya señalados que lo diferencian del «socialismo real»: ni «partido» ni «ideología» cumplen funciones motoras dentro del modelo, aunque aquellos partidos nacionalistas hayan llegado al poder por decisiones originalmente democráticas (voto popular). 

El modelo venezolano posdemocrático es una manifestación clara de que en la América de raíz hispánica existen fuerzas profundas que buscan diferenciarla de los modelos independentistas instaurados por las revoluciones inglesa y francesa del siglo XVIII. Los antecedentes de la posdemocracia venezolana deben buscarse en otros movimientos nacionales y populares, como el peronismo argentino, que siempre gobernó dentro del sistema democrático (ni un sólo día dejaron de funcionar los tres poderes de la dogmática liberal), pero requiriendo permanentemente la participación de un pueblo dignificado y de un ejército nacionalizado e industrializado (21). Es asimismo irresistible comparar la posdemocracia venezolana con el proceso de la revolución cubana: desde la caída de Moscú lo único que hoy queda vivo en ella es la acción pertinaz de un caudillo que aglutina al pueblo-nación. Sin ese cemento implosionaría la totalidad del sistema: después de cuarenta años de experimentos nada quedaría en pie a los pocos minutos de la eventual desaparición del caudillo. En ese sentido, también, la posdemocracia venezolana es una tradición fuertemente arraigada en la cultura política hispano-criolla.

Liberales (y neoliberales) y marxistas de todo tipo buscarán atacar al modelo venezolano — simultánea o alternativamente — desde dos ángulos que ya han sido perfectamente diseñados. Los primeros exigirán la «distribución o democratización del poder», y los segundos la «participación popular», en el sentido de sustitución (reemplazo) de «líder» (concreto, físico) por «pueblo» (abstracto, genérico). Por lo demás, y en toda lógica, la distribución o licuación del poder parece casar muy bien con la idea de «participación popular». Y ello es así en la exacta medida que el marxismo representó, en la historia de las ideas, la exacerbación (su puesta en el límite) del Iluminismo y sus concecuencias: el racionalismo y el positivismo.

Los primeros exigirán desmontar el «presidencialismo», potenciar el corruptor pseudo caudillismo local (gobernaciones, municipalidades, etc.), reforzar los poderes legislativo y judicial, liquidar el «centralismo» del Estado y, finalmente, diluir su poder para insertarlo en el «Nuevo Orden Mundial». Los segundos buscarán fundamentar la falsa idea y la demencial esperanza (nunca jamás verificada en la historia) de que puede existir «participación popular» sin liderazgo físico y personal, sin «dialéctica» masa/caudillo, o que esa participación puede (y debe) buscarse fuera o independientemente de esa relación entre los dos polos centrales del modelo: el caudillo y la masa.

Esas serán las dos vías básicas de la contrarrevolución venezolana. Ambas ya están activadas y se están manifestando con mucha fuerza en torno a la Constituyente, pero ahora los intentos por desvirtuarla ya no se manifiestan como oposición a la misma, sino como impulsos orientados a su desnaturalización.

La Constituyente

Los desnaturalizadores pretenden que la Constituyente deje de ser una instancia imprescindible para racionalizar administrativamente el poder, y se convierta en un mecanismo de «distribución» o licuación del poder. Es decir, en proceso entrópico que produzca una pérdida acelerada de energía política. Y ello, curiosamente, a muy pocos días de haberse pronunciado el pueblo venezolano, mayoritaria y contundentemente, por todo lo contrario: la concentración y la centralización del poder.

Dada la existencia ineludible de ese mandato, la Constituyente no puede ser un «proceso independiente» de la orden popular ya emitida el 6 de diciembre de 1998, sino parte indesligable de la misma. Para que ello sea así, los constituyentes — en tanto personas físicas — deberían ser, exclusivamente, los «amigos del pueblo», los «apóstoles» del presidente, por él designados y, luego, consensuados por el pueblo, con un «sí» o un «no» definitivo (22).

En el Modelo Venezolano el poder emerge fundamentalmente de la relación Caudillo-masa. Existen otras instancias y niveles en donde también se produce poder, como los cuadros de conducción que hemos denominado «apóstoles». Ese poder así producido debe comprenderse como un objeto físico que, al fracturarse o «distribuirse» o disolverse, se «gasifica» y, automáticamente, se licúa y diluye. La des-concentración del poder fue siempre el antecedente inexorable de la muerte de cualquier estrategia social antisistema, cualquiera haya sido su signo ideológico, su «tempo» histórico o su campo de aplicación (nacional o internacional). La concentración de poder es imprescindible para la producción de poder con un entorno exterior agresivo, ya que el Poder es la principal escala de medición de toda acción política — incluyendo el pensamiento político — en cualquiera de sus niveles.

Queda pendiente, naturalmente, el tema final de la distribución del poder, que se puede convertir en prioritario por la muerte del líder y/o la desaparición de las instancias dramáticas que entornan actualmente al modelo, correspondan estas a la política interior o la política internacional. Pero eso ya sería tema de otra circunstancia, muy distinta a la que afecta actualmente a Venezuela. El problema que se le plantea a las sociedades y a las fuerzas políticas ubicadas en los «mundos» del no/occidente y de la periferia de occidente es cómo enfrentar una crisis internacional inédita que día a día generará condiciones crecientes de excepcionalidad.

En última instancia la acción y el pensamiento políticos deberían poder representarse como una matriz de producción de poder, en la cual cada «política», cualquiera fuese su escala — municipal, provincial, nacional, regional e internacional -, o su naturaleza -social, cultural, económica, militar, etc-, pueda ser comprendida como un input de un sistema capaz de producir un output llamado poder (23).

La finalidad última de toda estrategia es organizar la interconexión óptima entre cada componente de la matriz, lo que conlleva a incrementar el poder de una determinada «unidad» política: como p.e., el Estado/nación. La forma de incrementar el poder -entendido como producto final de una matriz- es aumentando la cantidad y calidad de insumos — «políticas» — que ingresan al sistema, pero sobre todo, estableciendo una determinada calidad de relacionamiento entre ellos.

Desde el inicio, la forma institucional que adopta el poder adquiere una importancia extraordinaria, ya que ella es uno de los factores centrales que hace a la capacidad de generarlo, acumularlo e incrementarlo. Existen dos formas institucionales polares para administrar el poder en cualquiera de sus fases (generación, acumulación e incremento): la forma concentrativa y la forma distributiva. Sólo en sus expresiones distorsionadas y dependientes, la forma concentrativa es una «dictadura» y la forma distributiva es una «democracia».

Las formas concentrativas que adopta el poder pueden estar basadas en presupuestos distintos: de «clase», de «raza», de «nación», de «destino», etc., pero en todos los casos y circunstancias esas formas emergen en circunstancias excepcionales, críticas o límites. Siempre existe la mediación de una circunstancia dramática de la historia. Generalmente se da por sobreentendido que las formas distributivas del poder nacen todas en el Iluminismo que entorna a las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa. Ello es relativamente cierto en términos de cultura «occidental». Es un hecho que en los amplios espacios y en las crecientes concentraciones demográficas del mundo «no-occidental» y en la misma «periferia de Occidente» (»mundo» al cual pertenecemos) la democracia Iluminista no ha funcionado ni funciona en términos de sistema político distributivo. Tradicionalmente se planteó como alternativa a esa inviabilidad largamente comprobada la implantación de dictaduras coherentes y cooptadas por las potencias hegemónicas respectivas.

De hecho en el no-Occidente y en la periferia de Occidente nunca — o casi nunca — la «democracia» tuvo un contenido estratégico opuesto a la «dictadura». Existió más bien continuidad entre ambas formas de administrar el poder porque las «democracias» no fueron ni son distributivas (hacia dentro) y las «dictaduras» fueron y son concentrativas sólo «hacia fuera» (en función de un presupuesto estratégico externo señalado, en cada caso, por la potencia hegemónica).

Ello exige precisar bajo qué formas institucionales esas fuerzas políticas, alejadas y/o expulsadas de los cinco principios básicos que determinan al «nuevo discurso político» (abdicación, adscripción, servicio, continuidad y conservadurismo), bajo qué formas ellas pueden administrar el poder interior (y hacia el exterior) en condiciones críticas de excepcionalidad creciente. Una postura eminentemente «democratista», en el sentido occidental del concepto (dado el entorno regional e internacional antes señalado, al nuevo tipo de agresiones que hoy sufre Venezuela, y a su creciente vulnerabilidad dependiente) conducirá no a una verdadera distribución «democrática» del poder (»hacia abajo»), sino a su dispersión, licuación y anulación. La dispersión del poder es lo opuesto a su distribución. «Democracia» y «dictadura» se continúan una a otra para producir una curva decreciente en el proceso de producción de poder.

Soslayar ambas formas «occidentalistas» de administrar el poder significa incursionar en el campo de la propia historia. En nuestro caso hispanoamericano, revalorizar positivamente el fenómeno de la «democracia inorgánica», o del caudillismo como una forma específica de liderazgo. La proyección hacia el futuro de formas políticas que en nuestro pasado iberoamericano tuvieron un indudable fundamento de legitimidad es una operación absolutamente lícita, dada la crisis actual que sufren los sistemas «occidentales» de representación política.

Puede ser imaginada una «democracia inorgánica» para el futuro, relacionando los conceptos de «participación» y de «territorialidad». La «democracia inorgánica» de nuestro siglo XIX iberoamericano era un sistema político legítimo, y en la mayoría de los casos, justo. Fue atacado desde el liberalismo y desde el «progresismo» en nombre de la «democracia» y de la «revolución», respectivamente. Pero de una y la otra hoy sólo quedan ruinas y corrupción.

En este marco conceptual, la corrupción debe tratarse como una cuestión específica que incide en las curvas decrecientes de producción de poder. La corrupción no es un fenómeno moral individual asintótico al sistema, independientemente de la forma que éste adopte, la «democrática» o la «dictatorial». Es un componente estructural inherente a todos los procesos entrópicos de pérdidas de poder, aunque éstos se produzcan bajo la «dictadura/democrática del partido del proletariado».

No es posible siquiera pensar en la posibilidad de un cambio, de una transformación interior (no digamos de una revolución interior) sin un proceso simultáneo de concentración de poder. La concentración de poder, inevitablemente, es directamente proporcional a la intensidad del cambio. Cuanto más cambio más necesidad de concentración. La naturaleza de la concentración del poder está referida a la «transpoliticidad» del proceso. Es decir: en él intervienen de forma muy intensa factores sociales, culturales, históricos, étnicos e institucionales ubicados más allá de los «partidos».

La concentración del poder dentro de la historia reciente

Para el caso venezolano la concentración del poder es aún más importante, si cabe, dada las particularidades del proceso militar que tiene como eje el alzamiento del 4 de febrero de 1992.

Para empezar existen datos inquietantes, que señalan inequívocamente el carácter inducido de ese alzamiento militar. Todos los comandantes que se insubordinan tenían en ese momento — inexplicablemente — mando de tropas, lo que constituye un hecho absolutamente insólito, cuando todos los servicios de inteligencia (DIM y DISIP, especialmente) conocían perfectamente los alcances y ramificaciones de la conspiración. Se trata sin duda de un hecho anormal en la historia internacional de las conspiraciones militares. Existe una razonable cantidad de argumentos que permiten pensar que había «otro» golpe detrás del golpe visible del 4 de febrero de 1992. Luego, tanto en la prisión de Yare como en la de San Carlos, comienzan las disidencias políticas entre los conspiradores ya encarcelados.

Definitivamente no hubo un «partido» verticalizado o militarizado detrás del proceso sino, sobre todo, la voluntad indomable de una persona física: el teniente coronel Hugo Chávez Frías. Las disidencias más importantes — las que luego se fueron reproduciendo hasta el mismo día de hoy — las tuvo Chávez con muchos de sus propios compañeros de prisión, un grupo significativo de oficiales «moderados». Como la radicalidad política no fue la ideología de todo el grupo militar insurgente, sino de una minoría dentro de ese grupo, las tensiones comenzaron a aflorar muy pronto dentro de los alzados ya encarcelados (en Yare y en San Carlos). Los sectores más «moderados» buscaron muy pronto una alianza con el gobierno de Rafael Caldera. De hecho la consiguieron, obtuvieron sus premios, y prácticamente aislaron a Chávez, que durante un largo tiempo navegó por la política venezolana en casi total soledad, aunque siempre protegido por el calor del afecto popular, ganado definitivamente el 4 de febrero de 1992, que fue la respuesta militar al «caracazo» del 27 de febrero de 1989.

Luego de las disidencias vino la libertad de los conspiradores, decretada por el ex presidente Caldera. De ella emerge un Chávez en completa soledad política. Un dirigente militar aislado que comienza a recorrer los caminos de Venezuela. Es allí donde comienza a fraguarse la relación directa y física entre el líder y su pueblo: sencillamente, en esos tiempos, no había nadie entre ellos.

Es en ese punto de la trama cuando yo tomo contacto personal con el comandante. En esos tiempos recorrimos juntos, varias veces, casi toda la geografía venezolana, en un periplo que había comenzado en la lejana Buenos Aires y, luego, continuado en Santa Marta, Colombia. Pude ver, en la práctica, cómo funcionaba el «carisma», algo que yo había estudiado «en los libros», pero que no había visto casi nunca en la realidad. Pude ver — en definitiva, y en una época de «alto riesgo» — a un político excepcional luchar contra las grandes adversidades de la historia y las pequeñas miserias de la vida cotidiana.

En su origen, entonces, el Modelo Venezolano se basó en la radicalidad de una fracción de un grupo militar — y, dentro de él, de un líder militar — que fue interpretada positivamente por el pueblo con la velocidad de la luz y la fuerza de un huracán tropical. Esa radicalidad militar, no exenta de una fuerte carga nacionalista, es asumida como política alternativa por el pueblo de Venezuela.

Durante años Chávez carece de «partido». La fundación posterior del Movimiento Quinta República (MVR) obedeció a un propósito meramente electoral. Ese movimiento fue la consecuencia de una decisión finalmente asumida: concurrir al proceso electoral. Cuando se aproxima el desenlace electoral del 6 de diciembre de 1998 ya es perceptible en Chávez un cambio de lenguaje, de actitud y de selección de amigos y colaboradores. La radicalidad inicial se va transformando en «realismo político». El tránsito de una a otra posición obedece a una lógica intrínseca de la política de poder y fue, es y será la condición ineludible para acceder al gobierno por «consenso democrático», en cualquier tiempo, latitud o altitud.

Hugo Chávez no pudo haber llegado nunca a presentar su candidatura electoral — no ya a ganar unas elecciones — si no hubiese habido algún tipo de negociación previa, tanto en el plano internacional como en el nacional. Negociación significa compromiso. Hugo Chávez llega a presidencia de Venezuela por la vía del compromiso. En términos reales la otra alternativa era su desaparición física. ¿Esto quiere decir que Hugo Chávez es un nuevo Menem? Plantear esta similitud es un ejercicio enormemente atractivo, no porque existan perfiles psicológicos parecidos, sino porque en ambos casos se trata de aprovechar una enorme masa de legitimidad histórica acumulada — en el caso argentino, el peronismo — en beneficio de una política contrapuesta con los motivos fundacionales de ambos movimientos (24).

Es así que el chavismo tiende ahora a escindirse entre los «establecidos», que buscan potenciar las tendencias «moderadas» (neoliberales) de los últimos tiempos, y los «radicales», que buscan reconstruir los elementos fundadores del movimiento militar. Es así que — por ahora — dentro de la política interior venezolana, no se plantea la búsqueda de una alternativa a Chávez. Los grupos chavistas más ortodoxos intentan una acumulación de poder para lograr constituirse en apoyaturas para que Chávez pueda evadirse — algún día no muy lejano — de un compromiso que fue necesario adquirir. El límite de esta política es, naturalmente, la guerra civil. El otro sector es el que acepta complacido las decisiones de continuidad. Ambas facciones — aún — no están absolutamente escindidas, en el sentido de que ambas buscan la legitimidad del «paraguas carismático». Unos para reforzar las decisiones de continuidad; otros para intentar revertirlas. Todos buscando el amparo del líder.

La fracción continuista pretende convertir a Chávez en un nuevo actor de un viejo libreto. Pretende orientarlo en la dirección de «ganar tiempo»; impulsándolo, con pretendida sigilosidad, hacia el plano de la falsa astucia, fingiendo que, por esa vía, al final, se logrará engañar al enemigo (25).

En el plano internacional ello significa la aceptación de ciertas reglas no escritas de «buena conducta». Con un comandante así reconstituido, Venezuela no se convertirá, por supuesto, en un conflicto internacional. Es decir, en una fractura geopolítica, ni siquiera leve. En el plano interno la fracción conservadora representa una negativa a «explotar el éxito», es una actitud que en la práctica vuelve a poner en pie un sistema político que había sido literalmente pulverizado el 6 de diciembre de 1998. Sin duda alguna ese «partido» pretende que Chávez recorra el camino del «reconocimiento» exterior y del «apaciguamiento» interior. Una línea de absoluta continuidad con la anterior historia política y económica de la Venezuela puntofijista.

El hecho es que, hoy, no existe ni puede existir oposición a Chávez. Mejor dicho, la opción a Chávez es una sangrienta y destructora guerra civil. Esto todos lo saben o al menos lo intuyen. Chávez constituye la única opción de gobernabilidad para una Venezuela que unos proponen transformar pero que otros sólo necesitan maquillarla — eso sí — con toda urgencia. Para presentarla ante los ojos de su pueblo y del mundo como si estuviese transformada, cuando en realidad sólo estará pos-modernizada. Es decir, apta para ingresar en la sección sudamericana de ese cementerio de pueblos llamado «Nuevo Orden Mundial».

Pero esa opción de continuidad pretende ignorar la existencia de una historia, la presencia de una relación líder-masa que se ha constituido en el hecho determinante de la historia contemporánea de Venezuela. Así, en estos términos concretos, y en esta pequeña parte del planeta tierra, está planteada la vasta dialéctica de este duelo global entre los orgullosos y los humillados.

La internacionalización del conflicto colombiano

Veamos ahora el marco regional, dentro del cual Venezuela aparece ante el observador con serios problemas. En el «frente andino», Colombia continúa su camino sin retorno hacia una guerra civil ampliada y generalizada que provocará inexorablemente una intervención militar — unilateral o multilateral — externa. Cada día con mayor claridad se hace evidente la incapacidad del ejército colombiano para dominar militarmente la situación. Las fuerzas armadas colombianas se encuentran en una situación sin salida, ya que si dispersan sus fuerzas persiguiendo a la guerrilla, en todos y cada uno de los teatros de operaciones rurales, la guerrilla — o, mejor dicho, los ya poderosos ejércitos irregulares rurales — en un rápido movimiento, estarían en condiciones de ocupar los principales centros urbanos del país, Bogotá incluida.

La insuficiente capacidad militar del Estado —o, lo que es lo mismo, la creciente capacidad militar y política de las fuerzas irregulares (26) — es lo que originará la intervención final de otros Estados y de otros ejércitos, que deberán penetrar necesariamente en Colombia. Esos movimientos militares de los países vecinos — Perú, Ecuador y la propia Venezuela — ya han comenzado. Pero mientras tanto se incrementan las acciones de los «paramilitares» — totalmente conscientes de la deficiencia militar básica antes señalada -, que cometen sus crímenes contra una población civil inerme, supuesta base política de los movimientos armados irregulares. Esos «paramilitares» son asesorados — de manera cada vez más activa y pública — por «profesionales» israelíes: «expertos» en seguridad y contra-guerrilla. Los mismos que vienen actuando en tareas de contrasubversión , en Suramérica, desde hace aproximadamente tres décadas. La cada día más crítica situación colombiana limita severamente la proyección andina de Venezuela. Por motivos distintos, también existen interferencias serias con su proyección amazónica. La crisis social, económica y financiera que afecta hoy al Mercosur tornan problemática esa apertura hacia el sur. Además tenemos el ejemplo argentino. Gracias al Mercosur la Argentina ha logrado convertirse en el segundo Estado más importante. de Brasil, después del Estado de San Pablo.

Estas limitaciones regionales no son en absoluto definitivas, pero actuarán, en todo caso, limitando opciones, sobre la política interior venezolana.

Capítulo 2. Cambios y conflictos

Caracas, enero, febrero de 1999

La complejidad, intensidad y amplitud de los problemas que afectan a Venezuela, en la actualidad, es enorme. Esa complejidad, intensidad y amplitud es el producto de que sobre este país, sometido a un fuerte proceso de cambio, inciden simultáneamente dos sistemas de factores a los que normalmente se los suele analizar y procesar en forma separada: los internos y los externos.

Venezuela está viviendo una situación revolucionaria, es decir un intenso período de cambios internos. Inexorablemente esos cambios internos provocarán conflictos externos. Esos conflictos externos serán, en parte, proyecciones exteriores de una resistencia interior — visceralmente opuesta al gobierno popular-militar — que es impotente para enfrentar los cambios desde adentro. Cambio interior y conflicto exterior son, entonces, los dos polos inexorables de una misma ecuación estratégica.

Las presiones internas y las campañas externas en contra del presidente Chávez irán en continuo aumento. Sin embargo, las acciones en contra del presidente Chávez que no se puedan realizar desde el interior de Venezuela, que serán la mayoría de ellas, se intentarán desde el exterior del país, por el mismo sistema de complicidades por todos conocido. La capacidad del presidente Chávez para enfrentar internamente una oposición cada vez más ilegítima son muy grandes, casi totales. Pero sucede lo inverso en el plano internacional. Su capacidad para enfrentar conspiraciones que adoptarán el camino exterior (bajo la forma de «estrategia de aproximación indirecta») es, en cambio, casi nula. Por lo tanto ese será, sin duda, el camino de la conspiración contra la transformación de Venezuela y contra las proyecciones estratégicas que el modelo venezolano producirá sin duda en todo el mundo Hispanoamericano.

En este momento no existen en Venezuela ni las ideas ni las instituciones con capacidad para medir los impactos estratégicos que producirá el proceso venezolano en el mundo. No existe la capacidad para relacionar los cambios internos con los conflictos externos. Ello podría limitar la calidad y la intensidad de los cambios internos, aduciendo o temiendo falsos conflictos externos. O podría precipitar el desarrollo de cambios internos innecesarios o secundarios, pretextando que ellos producirían conflictos externos, que en la práctica son poco probables. En verdad, existe una amplia gama de cambios internos de alta significación histórica que se pueden realizar con un mínimo de conflictos externos. Por el contrario, cambios internos de poca significación podrían producir impactos exteriores altamente negativos. Debe ser analizada, sobre todo, la siguiente opción: la necesidad de amortiguar conflictos externos producidos a partir de la implementación de cambios internos impostergables pero altamente impactantes en el exterior.

Personalmente estoy convencido de que el presidente Chávez deberá terminar de pulverizar, en un plazo de tiempo relativamente corto, al viejo y corrupto sistema político venezolano y a prácticamente todas las instituciones que lo articularon en el tiempo «democrático» del Pacto de Punto Fijo. Ello significa que las circunstancias que se avecinan lo obligarán a asumir — de una manera cada vez más explícita — un liderazgo personal sobre la totalidad del proceso venezolano. Los acontecimientos internos lo obligarán (y no sólo simbólicamente) a llevar el uniforme militar con cada vez mayor frecuencia, porque sólo un «partido» cívico-militar podrá actuar con eficacia — ya está actuando como situación de facto — entre el líder y la masa.

El impacto de esta situación será enorme dentro del actual sistema internacional. Particularmente en la Europa socialdemócrata, en los EUA y en el resto de Hispanoamérica. Se deberán adoptar, en consecuencia, medidas muy rápidas tendentes a amortiguar ese conflicto; a hacer que él no perjudique — más de lo necesario — la evolución económica posterior de Venezuela. Para lo cual será necesario crear una red de solidaridades con el proceso venezolano a partir de personalidades, partidos políticos, organizaciones culturales y empresariales, etc., — en todo el mundo — destinada a legitimar esa transformación esencial — sine qua non — de la política interior venezolana.

Además está la cuestión de la proyección internacional de Hugo Chávez. En mi opinión existen hoy todos los elementos que permiten hacer de Hugo Chávez un líder de toda la América hispano-criolla. Pero eso no quiere decir que ese proceso de «internacionalización» del «modelo venezolano» se producirá automáticamente. Que caerá del árbol, simplemente, como una fruta madura. Esa proyección sólo podrá ser el resultado de un laborioso trabajo de edificación político-estratégico dentro de un entorno altamente favorable en casi todos los movimientos populares de la región. En términos de poder, la proyección regional-internacional del liderazgo de Hugo Chávez le dará al proceso venezolano interior un grado de protección (contra conspiraciones interiores-exteriores) del que hoy carece.

De lo que se trata, en definitiva, es de elaborar una Inteligencia Estratégica que pueda ser utilizada por el Presidente de la República para el tratamiento de los problemas internos de Venezuela y, simultáneamente, en la valoración de los impactos externos que originará una determinada resolución de esos problemas internos. Contra lo que muchos analistas académicos sostienen, la naturaleza actual del sistema internacional posibilita maniobras y contramaniobras, alianzas y contra-alianzas mucho más intensas y profundas que las que se podían hacer en otras épocas. Pero será necesario encontrar los puntos de fractura para incidir sobre ellos y así lograr que esta Venezuela en proceso revolucionario se «filtre» por las grietas del sistema internacional y logre adecuados niveles de seguridad o de supervivencia.

En la base del proceso orientado a lograr un alto grado de protección para los cambios que se realizarán en Venezuela está el trabajo para «internacionalizar» — en todo el espacio hispanoamericano — la figura carismática de Hugo Chávez. Ello obedece a un principio esencial de la Estrategia: la respuesta más eficaz a las agresiones externas será el incremento del propio poder. A partir de la sucesiva ampliación de ese liderazgo originalmente venezolano, las agresiones provenientes de otras áreas del mundo podrán ser amortiguadas con mayor eficacia y, paralelamente, las necesidades de Venezuela — en Europa y los EUA, sobre todo — podrán ser resueltas con mucha mayor «liquidez». Se trata, en definitiva, de incrementar el poder de Venezuela en el mundo, que hoy es, en un sentido estricto, no-significante.

La campaña nacional e internacional contra la revolución venezolana ya se ha desatado. Y por el momento marcha victoriosa: el chavismo no dispone de una estrategia definida y, por ello, no dispone de los elementos ni de la percepción adecuada para neutralizarla. Su grandeza original será su principal debilidad futura: no existe una estructura organizativa — a excepción de unas fuerzas armadas sólo provisoriamente motivadas — con la capacidad para enfrentar y administrar los conflictos que ese proceso generará.

La inexistencia de esa estructura política es la causa principal de que el nuevo aparato del Estado se encuentre fracturado a partir de la creciente consolidación de grupos de intereses, la mayoría de las veces furiosamente contrapuestos entre sí. La mayor parte de esos grupos de intereses o lobbies que se han repartido el nuevo aparato gubernamental — cuya principal motivación parece ser el beneficio económico individual de cada uno de sus miembros — responden asimismo a intereses externos. De tal manera en la actualidad la mayoría de los servicios de inteligencia occidentales dispone de una exacta radiografía de lo que pasa en Venezuela, de una radiografía perpetuamente actualizada, día a día y hasta hora a hora. En estas condiciones se hace necesaria una vigorosa reacción por parte del presidente. Ella debería canalizarse: 

  1. Hacia la utilización del sistema nacional de inteligencia en tareas activas de «amortiguación de conflictos».
  2. Hacia la pulverización definitiva del viejo sistema político «democrático» y hacia el desmantelamiento de la capacidad económica de esos grupos.
  3. Hacia el desarrollo de una campaña internacional de afirmación de los valores positivos de la revolución venezolana, de aquellos que diferencian este modelo de otras experiencias internacionales anteriores.

Venezuela se ha convertido, tal vez por primera vez en su historia independiente, en un centro de interés estratégico dentro de la política mundial. Esa realidad geopolítica — en tanto proyecto aún a construir — es el producto, en lo fundamental, de la emergencia de un liderazgo absolutamente genuino y original. Hugo Chávez no sólo está en capacidad de conducir a Venezuela: podría ser, también, el referente obligado de las grandes masas desheredadas y de las Fuerzas Armadas humilladas de toda nuestra América hispano-criolla.

Venezuela es el país de Hispanoamérica donde con más fuerza se ha implantado la cultura de la Modernidad (revoluciones inglesa y francesa). Muchas veces el observador cree estar presenciando un culto pagano, que se desarrolla en torno a los héroes nacionales oficiales, muy al estilo de la cultura original de la revolución francesa. La idolatría (en un sentido estricto), y no tanto la historiografía, impregna la cultura de este país. En un sentido histórico profundo, la revolución venezolana es la prolongación de un mito histórico que nace en la sorprendente idea de que la «independencia» nacional fue, en las viejas provincias hispanas de América, una acción eminentemente «progresista». Se persiste en ver las guerras civiles que se inician en los comienzos del siglo XIX como el origen de una «guerra internacional contra una potencia ocupante» (una guerra de «Liberación», como luego se las llamó — ya en el siglo XX — y hacia finales de la Segunda Guerra Mundial); como si la Idea de Venezuela, con su mapa actual (27), hubiese estado ya explicitada en 1800 (28), en vez de haber sido — como en verdad lo fue — el resultado de acontecimientos no previstos y ciertamente manipulados por agentes históricos concretos. Venezuela, al igual que otras tantas «naciones» americanas de origen español, fue el resultado de la miseria de sus oligarquías dominantes, y no el efecto de la «grandeza de los pueblos que luchaban por su libertad». Los Mariscales de Bolívar fueron el calco sudamericano de los Mariscales de Napoleón. Ni los unos ni los otros pensaron en «liberar», sino en dominar. Pero a diferencia de los franceses, los Mariscales de Bolívar tuvieron como antecedente lejano a un Miranda que planificó en Londres, junto con Pitt, y en nombre del «progreso», la invasión británica a las provincias españolas americanas. «Provincias», porque el posterior calificativo de «Colonias» sólo sirvió para justificar hechos consumados, y convertir una guerra civil secesionista en una guerra «internacional de liberación».

En rigor de verdad, las guerras civiles en todo el espacio grancolombiano — y, luego bolivariano — representaron una doble secesión pero muy poco de «independencia». La primera secesión, respecto de España, provocó la ruptura de todos los tejidos sociales pre-venezolanos y el nacimiento de un siglo — el XIX venezolano — realmente catastrófico (29). La segunda secesión, respecto de la gran Colombia — el espacio bolivariano en sentido estricto — , fue un achicamiento histórico que sólo el petróleo, es decir, la pertenencia dependiente de Venezuela al mercado mundial capitalista (ya entrado el siglo XX), pudo atenuar y hasta ocultar. Ambas secesiones — es decir, la aparición de un mapa final que señala la existencia de una nación extremadamente joven — fueron el resultado de las manipulaciones, primero, de un pequeño grupo de «iluminados» pro-británicos y, luego, de una oligarquía caraqueña con visión no nacional, sino municipal. Esto es lo que se insiste en ocultar. ¿Cuál será entonces el futuro de una revolución montada sobre una sucesión de mitos históricos creados por un grupo social esencialmente conservador y secesionista? Con una «independencia» ficticia y con un precio a la baja del crudo, la revolución venezolana necesita urgentemente de una nueva fundamentación histórica. Esto es, de un soporte historiográfico que le otorgue viabilidad en un mundo que se fragmenta — una vez más — bajo la apariencia de la uniformidad.

Venezuela, más que ningún otro país «latinoamericano», necesita liberarse del manto de plomo que representó haber asumido la doble herencia de la revolución inglesa (pertenencia subordinada al mercado mundial capitalista) y de la revolución francesa (cultura política «ciudadana»). Ello significa admitir, en primer lugar, que la Modernidad inducida desde el Centro (Londres y París) no fue ningún «progreso», sino más bien todo lo contrario. Significa admitir que las guerras llamadas de «la independencia» no fueron sino simples guerras civiles-sociales devastadoras que le dieron el triunfo a una oligarquía siniestra, que se apresuró a generar una ideología histórica deforme con el único objeto de autolegitimar su poder, puramente militar, primero, y «democrático», después. Significa admitir que todas las ideologías alternativas que actualmente aporta la pos-modernidad — como por ejemplo el indigenismo — no son sino prolongaciones de la Modernidad original; es decir visiones en las cuales la España Negra — la gran creación mítico-propagandística de la confluencia anglo-judía que comenzó a elaborarse desde la Expulsión de 1492 — era el gran enemigo a combatir (30). La España Negra fue la contraparte de un Capitalismo Luminoso (británico), pero sobre todo «progresista»; y de una «fraternidad universal eterna» (Revolución Francesa), dos devastaciones globales que hoy pretenden prolongarse a partir del concepto de Nuevo Orden Mundial.

No asumir hoy estos significados representa permanecer en el mundo de la falsa identidad. Y ello es particularmente grave en un «tempo» en el cual el motor de los nuevos procesos históricos es, precisamente, la búsqueda de nuevas (viejas) identidades.

Para mí, hoy, estar en Venezuela es un privilegio que significa encontrarse, potencialmente, en el núcleo geopolítico y en el origen histórico, en el espacio y el tiempo, respectivamente, de una posible nueva época en nuestro mundo Hispano-criollo.

En efecto, estamos transitando la etapa final del doloroso proceso entrópico que sufren dos grandes mitos, los de mayor destructividad desde la época del «progreso indefinido» que impulsó el proyecto independentista. Ellos son: el mito del desarrollo (»económico») inducido (desde el exterior) y el mito de la «democracia» (también inducida [desde el exterior]). El primero destruye todos los tejidos sociales y morales de la sociedad; el segundo se encarga de legitimar esa barbarie con el manto de una falsa participación «ciudadana».

Si la vigencia del mito del «progreso indefinido» generó, en todos nuestros países hispano-criollos, casi un siglo — el XIX — de destrucción, los mitos del desarrollo inducido y de la «democracia» han producido, en mucho menos tiempo, en estos finales del siglo XX, no menos desgracias, bajo formas que tampoco excluyeron las guerras civiles limitadas. Las «guerras de liberación» pos-cubanas (por lo tanto, exceptuamos el caso colombiano) que desde los años 60 del siglo XX se planteó en nuestros países a partir de un duelo a muerte entre «ejércitos» y «guerrillas» (ambos meros apéndices de poderes globales bipolares), fue el antecedente necesario para la posterior devastación que provoca la hegemonía neoliberal; de la misma forma que las guerras civiles del siglo XIX — «independencia» incluida — fueron la conditio sine qua non de nuestra decadencia y balkanización, es decir, del inmediato dominio británico y norteamericano que se prolonga hasta nuestros días.

La forma que adopta — en cambio — el modelo venezolano, es el de la unidad nacional, el de la confluencia pueblo-ejército. Esto quiere decir que ese modelo podría ser el origen — en el tiempo — de una nueva época. A diferencia del modelo «democrático» neoliberal, el proceso venezolano plantea una exclusión justa y necesaria de nuevo tipo: la exclusión de las minorías oligárquicas. El neoliberalismo, en cambio, excluye y destruye a las mayorías y a su marco nacional. En el plano geopolítico — el espacio -, el modelo venezolano tiene una sola alternativa de supervivencia: su proyección hacia el resto del mundo hispano-americano. Estamos así en el punto de una doble convergencia: histórica y geopolítica — tiempo y espacio. Es por eso que estar en Venezuela, hoy, es estar con algo más que con Venezuela: es estar en el posible origen de la Patria Grande, nuestra vieja esperanza de todos nosotros.

Capítulo 3 La participación popular

Caracas, enero, febrero de 1999

Diálogo con Norberto Ceresole, realizado en el Hotel del Círculo de las Fuerzas Armadas, en Caracas, durante los primeros días de enero de 1999.

Iván Freites (31): Buenas noches Norberto. Queremos darte la bienvenida en nombre de todo el pueblo de Venezuela. Todavía recordamos cuando te expulsaron de aquí como si hubieses sido un delincuente, y nosotros no pudimos hacer nada para impedirlo. Ahora queremos comenzar preguntando cuál es tu interpretación sobre aquél incidente.

NC: El escándalo de mi expulsión de Venezuela en junio de 1995 puede ser ahora analizado con la claridad y la frialdad que ofrece la perspectiva del tiempo. Esa expulsión fue un atentado grave a la soberanía de Venezuela porque, no tengo ya ninguna duda al respecto, fue organizada y realizada por los agentes del Mossad (Inteligencia exterior israelí) que entonces controlaban la DISIP (policía política venezolana). Por aquel entonces yo ya había comenzado a publicar mis primeras conclusiones sobre los dos atentados terroristas de Buenos Aires (1992 y 1994) realizados contra dos instituciones judías. Mis primeras conclusiones, que son las que aún hoy mantengo, pero mucho más desarrolladas y fundamentadas (a lo largo de seis libros publicados en los últimos cinco años y de casi dos años de investigaciones sobre el terreno en muchos países del Oriente Medio y del Asia Central) fueron que esos atentados, supuestamente «antijudíos», habían sido cometidos por grupos judíos que operaban contra el llamado «Plan de Paz». Esos atentados de Buenos Aires pertenecen entonces, según mi opinión, a un mismo proceso terrorista que tuvo su punto culminante en el asesinato — cometido por judíos fundamentalistas — del general Issac Rabin, partidario, entonces, de ese funesto «Plan de Paz». Yo tuve el atrevimiento de señalar esa culpabilidad. Y por ello fui castigado, en Venezuela, por quien en ese momento era el Director General de Inteligencia de la DISIP, Israel Weissel.

El día de mi detención fui interrogado durante doce horas por el propio Israel Weissel. Por lo tanto tengo muy claro la naturaleza de ese escándalo antivenezolano, pues se pretendió — en el fondo — implicar a Hugo Chávez en una inexistente campaña «antisemita». Hace pocos días estuve conversando con nuestro querido amigo común, el actual diputado Fredy Bernal, quien también sufrió — en una escala mucho mas salvaje que yo mismo — los interrogatorios del señor Israel Weissel, un ciudadano israelí quien desapareció de Venezuela poco antes del gran triunfo electoral de Hugo Chávez. Israel Weissel atentó contra Fredy Bernal y amenazó la vida de su pequeño hijo en innumerables oportunidades. En fin, todos ustedes conocen muy bien — mucho mejor que yo — quién era Israel Weissel y cuán grande era el control del Mossad sobre la DISIP.

Para finalizar este punto quiero decir que al día de hoy no hay detenidos en la Argentina en relación con ninguno de los dos atentados, que costaron la vida a más de cien personas. Es la prueba concluyente de que es totalmente falsa la hipótesis judía de la «culpabilidad islámica» que habría operado en conexión con «grupos nazis» argentinos.

Ivan Freites: Sabemos que tú caíste prisionero en 1995 y que en ningún momento firmaste ninguna declaración contra Hugo Chávez, como te exigían tus interrogadores. Te mantuviste altivo y «arrecho». Ahora la situación es muy distinta. Ahora tú eres el hermano querido del pueblo de Venezuela. Pero dinos ¿Cómo perciben a Chávez fuera de Venezuela? 

NC: Hay percepciones muy disímiles sobre Hugo Chávez fuera de Venezuela. El mismo 7 de diciembre de 1998, por ejemplo, el diario socialdemócrata español El País, que obedece a la mafia Carlos Andrés Pérez-Felipe González, definió a Hugo Chávez como «un Hitler sudamericano». Textual. No como un Stalin, o un Pol Pot, o un Castro. Sino como un Hitler sudamericano. Este es un indicador que yo creo es bastante significativo y que señala cuál será la opinión de un sector muy importante de la comunidad internacional sobre el futuro gobierno.

Una opinión muy distinta tienen los pueblos de nuestros países sudamericanos. Concretamente en la Argentina, que es de donde yo vengo ahora, Hugo Chávez goza de un prestigio cada vez más amplio dentro del movimiento popular. En especial los peronistas lo ven como a un líder propio. Yo he escuchado decir: «Ése es el hombre que nosotros necesitamos», «Queremos a alguien como Hugo Chávez». A mí me parece que en Venezuela aún no existe una idea clara sobre esta cuestión: las posibilidades que tiene Hugo Chávez para proyectarse continentalmente son enormes. Habría que crear aquí un equipo de trabajo para desarrollar este tema y actuar en consecuencia. Por primera vez desde hace décadas vuelve a plantearse, en un país suramericano, la alternativa de una alianza entre el ejército y el pueblo; la alternativa de un «partido cívico-militar» dotado de un proyecto revolucionario. Yo fui uno de los impulsores, en la Argentina de la década de los 60, de esta alianza militar-popular que abortó, en los años 70, por el maximalismo delirante y provocador de la guerrilla que choca, en la Argentina, con un ejército encuadrado en el «alineamiento automático» con los EUA.

Ronald Blanco La Cruz (32): ¿Cómo definirías tú el proceso venezolano a partir del 6 de diciembre de 1998?

NC: Es un proceso único. El pueblo de Venezuela generó un caudillo. El núcleo del poder actual es precisamente esa relación establecida entre líder y masa. Esta naturaleza única y diferencial del proceso venezolano no puede ser ni tergiversada ni mal interpretada. Se trata de un pueblo que le dio una orden a un jefe, a un caudillo, a un líder militar. Él está obligado a cumplir con esa orden que le dio ese pueblo. Por lo tanto aquí lo único que nos debe importar es el mantenimiento de esa relación pueblo-líder. Ella está en el núcleo del poder instaurado. Es la esencia del modelo que ustedes han creado. Si ella se mantiene, el proceso continuará su camino; si ella se rompe el proceso degenerará y se anulará una de las experiencias más importantes de las últimas décadas. Esa es la relación que hay que defender sobre todas las cosas. Por lo tanto será necesario oponerse con toda energía a cualquier intento que pretenda «democratizar» el poder. «Democratizar» el poder tiene hoy un significado claro y unívoco en Venezuela: quiere decir «licuar» el poder, quiere decir «gasificar» el poder, quiere decir anular el poder.

Sobre ese modelo habría que escribir un nuevo tratado de ciencia política. Para ello deberíamos quemar todo lo hasta ahora leído y aprendido. Ahora deberíamos comenzar por leer no un libro, sino la realidad. Esta nueva realidad. Sólo a partir de esta lectura podríamos llegar a formular una nueva definición de modelos políticos aptos para generar cambios nacionales dentro de un mundo que se encuentra en situación de emergencia. En Venezuela el cambio se canalizará a través de un hombre, de una «persona física», y no a través de una idea abstracta o de un partido político genérico. Repito: hay una orden explícita dada por un pueblo concreto a un hombre concreto. Esta es la grandeza pero también la debilidad del modelo venezolano.

Pregunta: Dentro de tu esquema, ¿Cómo será posible hablar de participación popular — que ha sido una de las promesas del presidente electo?

NC: Lo esencial de esa participación popular, por el momento, ya se produjo. La gran decisión popular, eminentemente participativa porque fue plenamente democrática, se produjo el 6 de diciembre de 1998. El pueblo de Venezuela, en forma masiva, casi unánime, le dio el poder a Hugo Chávez. El próximo paso es que el líder cumpla con esa orden o mandato popular. Ello abrirá un proceso complejo que estará lleno de conflictos con el poder establecido, tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Y ante cada conflicto que se plantee se abrirá una nueva instancia de participación popular. La participación popular es inseparable de los conflictos que abrirá, a cada paso, el desarrollo del proceso.

La participación popular verdadera no significa que se deba diluir el poder en «n» partidos políticos, aunque estos se autodefinan «amigos del pueblo». Tampoco un poder revolucionario como el generado aquí en Venezuela puede ser compartido con otras instancias «institucionales», como lo señala la dogmática liberal y neoliberal.

Pregunta: La Constituyente, ¿No sería un caso de disolución del poder?

NC: Si se quiere orientar la Constituyente en esa dirección sería efectivamente un caso típico de disolución del poder. Pero yo creo que el presidente Chávez quiere la Constituyente para otra cosa; la quiere para reordenar administrativamente al sistema y así disponer de una herramienta eficaz para producir el cambio. En este tema debemos diferenciar con total claridad lo que es el poder como concepto — dado a una persona concreta y no a una idea abstracta — de lo que es la administración ordenada de ese poder. El poder que emerge de un mandato popular absolutamente cristalino no es divisible. Su administración, en cambio, sí puede y debe ser delegada. Para ello se necesita la Constituyente: para ordenar, racionalizar y refundar administrativamente al Nuevo Estado emergente. No para fragmentar el poder.

Pregunta: En las últimas décadas se nos quiso encajonar en la dicotomía «capitalismo» contra «comunismo» ¿Está naciendo ahora una «tercera vía»?

NC: No confundamos «tercera vía» con «tercera posición». La «tercera vía» es un intento por amortiguar las destrucciones sociales que realiza necesariamente el capitalismo en esta fase «global». Para funcionar, ese capitalismo debe generar una enorme y creciente masa de excluidos sociales, de marginales absolutos en todo el mundo. La «tercera posición», en cambio, fue una actitud orientada a evadirse del conflicto bipolar. Y naturalmente conllevaba un proyecto social y económico diferenciado, tanto de uno como de otro polo del poder mundial.

El concepto de «tercera vía» está asociado hoy con Tony Blair. Ahora bien, en mi opinión ese señor es uno de los grandes canallas de este mundo. Fue quien sostuvo, hace poco, que Irak albergaba importantes stocks de «armas de destrucción masivas», y que Sadam Hussein tenía la capacidad para destruir al mundo nada menos que tres veces. Esa gran mentira sirvió como excusa para bombardear — una vez más — a un pueblo prácticamente inerme, indefenso, hambreado y enfermo por falta de medicamentos. Las ideas de ese señor están afectadas por una «falsedad de origen», que es su propio comportamiento político en la escena internacional. La «tercera vía» — dentro de un enfoque más amplio — es una trasnochada de una Europa socialdemócrata que pretende balancear el poder internacional de unos Estados Unidos ubicado en el neoliberalismo más extremo. Pero esa Europa no es una situación antagónica a esos Estados Unidos de América. Son más bien dos caras de una misma moneda.

Pregunta: Si pensamos que en Venezuela se está dando un nuevo proceso distinto a todo lo que ha existido hasta ahora, ¿Cuáles son las vulnerabilidades que según tú tiene ese proceso que se está iniciando? ¿Dónde se debe concentrar el poder para asegurar que el proceso se mantenga como el pueblo lo decidió?

NC: Para mí la máxima debilidad está en la implementación de un concepto — que es toda una actitud geopolítica — que podríamos definir como «la falsa astucia». La «falsa astucia» es pretender engañar al enemigo con maniobras dilatorias, realizadas con el único objeto de «ganar tiempo». Se eligen, por ejemplo, funcionarios que forman parte orgánica del sistema anterior. Se supone que esas personas van a calmar las ansiedades de la oposición, nacional e internacional. Si se cede parte del poder a personas e instituciones que forman parte del enemigo mismo no sólo no se «gana tiempo» — el tan preciado tiempo necesario para desarrollar nuestra propia estrategia — sino que se fortalece al enemigo y se debilita nuestro propio campo. Esas son acciones — las de la «falsa astucia» — que aumentan la sensibilidad de las percepciones que el enemigo tiene sobre nuestras propias vulnerabilidades. Ese es el peligro mayor: alimentar a la fiera que finalmente nos va a devorar. La «falsa astucia» es, en definitiva, una percepción falsa sobre nosotros mismos, sobre nuestra verdadera ubicación en el mundo.

Pregunta: ¿Cómo hacer para darle fuerza a este proceso desde una situación de debilidad como la en que se encuentra ahora Venezuela? ¿Cómo hablar de una nueva Venezuela que se tiene que enfrentar a un proceso global inhóspito?

NC: Lo que le preocupa a los Estados Unidos no es la estabilidad de la democracia venezolana. Eso es lo que ellos dicen que les preocupa. Vean a la actual «democracia» china y a sus relaciones privilegiadas —antijaponesas— con los EUA. Lo que en verdad le preocupa a los EUA, por ejemplo, es que Venezuela se lance a una campaña de producción de alimentos — sustitución de importaciones básicas — que elimine la influencia en este país — y en otros del área andina — de los grandes monopolios de la alimentación, que son en su mayoría empresas norteamericanas. El conflicto no se producirá porque Venezuela, a través de la Constituyente, va a fundar un Nuevo Estado. El conflicto comenzará cuando Venezuela, por ejemplo, desarrolle un proceso de sustitución de importaciones de alimentos, entre otros. La cuestión, entonces, será definir si Venezuela producirá, fronteras adentro, los alimentos crecientes y otros productos básicos que su población necesita, o seguirá malgastando sus divisas comprando alimentos a los grandes monopolios norteamericanos y europeos. La cuestión será definir si Venezuela generará nuevas empresas sociales y familiares — es decir, una nueva sociedad — a partir de una utilización racional de su espacio geográfico actualmente vacío-depredado, o seguirá dependiendo de importaciones dejando esos espacios en manos de garimpeiros y bandeirantes. La cuestión será definir cuál será el rol de las fuerzas armadas en todo este proceso: integrarlas a una expansión productiva o dejar que se sigan pudriendo en la corrupción de los grandes centros urbanos.

En el fondo, el contenido de la revolución venezolana estará dado por la intensidad con que se encare el proceso de des-urbanización. Es decir, dependerá de la fuerza que se emplee para enfrentar a la pos-modernidad (no olvidemos que uno de los paradigmas de la modernidad fue la urbanización: a mayor urbanización mayor «modernidad», por lo tanto más «democracia», etc.). De esas opciones surgirán los conflictos. Y esos conflictos exigirán una participación popular creciente. Participación popular querrá decir, también, distribución de territorio. Re-apropiarse «popularmente» del espacio físico nacional. Re-distribuir a la población en todo el espacio físico nacional. Ocupar ese espacio con nuevas fuerzas productivas. Todo ello originará conflictos. Pero las formas que adoptarán esos conflictos esconderán siempre su verdadera naturaleza. Se plantearán como conflictos entre «democracia» y «dictadura», por ejemplo, cuando en verdad son conflictos originados en la lucha por el control del mercado interno de Venezuela, y no sólo en el campo de los productos alimenticios. Si en Venezuela se hace entonces lo que se tiene que hacer, lo que está ordenado en el mandato popular del 6 de diciembre, esto es, alimentar a su pueblo a partir de su propia tierra, crear nuevas unidades productivas, etc., entonces habrá conflicto. Por lo tanto hay que saber cuál es el conflicto, no equivocarnos en su definición. El conflicto es la independencia y la soberanía de Venezuela, y no la forma que adopte su sistema político interno. La gobernabilidad del proceso venezolano dependerá entonces de la correcta administración de esos conflictos. De tratar de mantenerlos dentro de límites controlables por el poder político. No se trata de eliminar los conflictos, porque en ese caso sólo tendríamos más de lo mismo. O peor de lo mismo.

Pregunta: Venezuela está en estos momentos en las peores condiciones para iniciar ese proceso de independencia nacional.

NC: Claro, porque allá afuera hay un mundo hostil. Hay un «gobierno mundial» en proceso de consolidación que se opondrá a la independencia de Venezuela. Que buscará eliminar o pervertir esta experiencia que ustedes están iniciando. Pero también hay fuerzas que se oponen a la consolidación de ese gobierno mundial. Por lo tanto la clave es disponer de una Inteligencia Estratégica adecuada que nos permita aliarnos con los elementos fragmentativos que están operando en el plano internacional. Disponiendo de esa Inteligencia Estratégica lo que hay que hacer de inmediato es regular y administrar los conflictos. Asumir los conflictos que vamos a generar y darles una dimensión «controlable». Para ello habrá que hacer alianzas y contraalianzas complejas y rápidas en el plano internacional. Pienso que hay una manera de fracturar ese muro de hostilidad, porque vamos hacia una creciente despolarización del sistema internacional. De lo que se trata es de subsistir hasta que esa apolaridad sea una realidad efectiva.

Pregunta: ¿Y que pasará en el caso de que Chávez desaparezca?

NC: Pues que todo será diferente. Por lo tanto nada de lo que hemos dicho hasta ahora tendría sentido. Pero yo creo firmemente de que «nadie muere en vísperas». Chávez es un hombre joven y fuerte que tiene cuerda para rato. De todas formas si Chávez no está, no hay proceso, tal vez habrá otro proceso, pero ciertamente no este proceso. Chávez es un caso único, un fenómeno pocas veces visto. Pasará muchísimo tiempo antes de que aparezca un nuevo Chávez. Por lo tanto su «desaparición» es un tema que escapa a esta discusión: estamos hablando de un poder que emerge de una relación líder-masa.

Pregunta: El Presidente nos dijo a los venezolanos que el poder nos sería devuelto, que su poder personal sería una etapa pasajera.

NC: ¿Pero cómo crees tú que se realizará esa devolución? ¿Tú crees que un día el Presidente le va a dar a cada venezolano el poder dividido por el número de habitantes de este país. Es decir que a cada venezolano le correspondería un pedacito de poder: P dividido por «N»? Eso sería sencillamente la liquidación de un país. Cuando se habla de distribuir el poder siempre se cae en una forma perversa de gobierno, pues lo que reciben el poder — como supuesta devolución — no son todos los habitantes de un país sino los grupos organizados de ese país. Es decir, los mismos de siempre. No se puede devolver el poder al «pueblo», porque «pueblo» es un concepto abstracto. «Pueblo» no es la suma de cada uno de los habitantes de una nación. «Pueblo» — al igual que «humanidad», en otro plano — es una visión genérica abstracta y no una suma de personas concretas.

Así y todo tiene que haber un proceso de «devolución» del poder. Ello fue parte del mandato que recibió el líder. Pero esa «devolución» del poder no debe significar una disminución o eliminación del poder de uno de los polos de la ecuación, de ese polo que hemos llamado líder. Esto quiere decir que no puede haber poder popular sin la existencia permanente de un liderazgo fuerte. Por lo tanto no es correcto usar la palabra «devolución». Tendremos que pensar más bien en el reforzamiento mutuo de un poder que sólo existe cuando se comparte: cuando ambos polos, el líder y la masa, comparten un mismo poder. Porque la desaparición del líder dejaría a la masa en estado de absoluta indefensión. No hay un sólo ejemplo en la historia del mundo, desde los orígenes hasta nuestros días, que nos demuestre que las cosas hayan sido de otra manera.

El tema de la «devolución» del poder nos lleva nuevamente al de la participación popular. Tradicionalmente se tiende a creer que la participación popular se puede organizar, es decir, resolver por métodos burocráticos. Pero esta es una visión equivocada. ¿Cuánto durará en Cuba, por ejemplo, todo el andamiaje político existente, luego de la muerte de Fidel Castro? En mi opinión ni un minuto. Otra cosa sería que hubiese una agresión externa visible contra Cuba, una nueva Bahía de los Cochinos, por ejemplo. En ese caso tal vez surgiera un nuevo líder nacionalista. Un nuevo escudo nacional. Pero en condiciones «normales», bajo un régimen de agresiones de baja intensidad como es el actual bloqueo, toda la superestructura política se caería automáticamente una vez desaparecido el líder. Por lo tanto volvemos a relacionar la participación con el conflicto. La participación se realiza siempre por la vía del conflicto y nunca por la vía burocrática.

Capítulo 4. El amplio marco de la política exterior venezolana. La crisis del «nuevo orden mundial». El entorno global: una nueva oportunidad antisistémica

En lugar de la monótona imagen de una historia universal en línea recta, que sólo se mantiene porque cerramos los ojos ante el número abrumador de los hechos, veo yo el fenómeno de múltiples culturas poderosas, que florecen con vigor cósmico en el seno de una tierra madre, a la que cada una de ellas está unida por todo el curso de su existencia. Cada una de esas culturas imprime a su materia, que es el hombre, su forma propia; cada una tiene su propia idea, sus propias pasiones, su propia vida, su querer, su sentir, su morir propios.

Oswald Spengler, La decadencia de Occidente

La política exterior de la revolución venezolana deberá recorrer una singladura inédita dentro de un mundo nuevo. Descubrir los mecanismos que mueven a ese «mundo nuevo» será entonces conditio sine qua non para la supervivencia de la Nación. Y, a partir de allí, para la construcción de un espacio geopolítico independiente en la América Meridional.

Los acontecimientos internacionales señalan que el proceso de transición que en la escala planetaria comenzó con la ruptura de la bipolaridad (implosión soviética o caída de Moscú), ha llegado a un punto muy próximo al estadio apolar, lo que puede definirse a partir de la nueva y específica «distribución del poder» que existe actualmente dentro del sistema internacional.

Esa nueva distribución del poder se produce no sólo de manera desigual sino en niveles distintos. El poder se distribuye en nichos diferentes: la velocidad del desarrollo tecnológico no coincide con la capacidad militar y el crecimiento económico no siempre logra traducir o expresar control político. Ni la capacidad militar, ni el crecimiento económico ni el control político pueden traducirse, finalmente, en hegemonía ideológica (religiosa, cultural, etc.). Ello quiere decir que los alineamientos internacionales ya no se producen por consenso, sino por necesidad o conveniencia y, por ello mismo, son esencialmente transitorios.

En definitiva, el mundo global ha dejado de ser -definitivamente- un mundo blanco-occidental. Las estructuras internacionales (políticas, económicas, militares, culturales, etc.) son incapaces de contener las enormes presiones que sobre ellas ejerce la emergencia de multitudes -una inmensa mayoría de la demografía mundial- no blancas. Todas — o casi todas — ellas se asoman a la estrategia global provistas de culturas y religiones diferenciadas y en oposición a la cultura blanca-occidental (¿judeo-cristiana?). Esas masas están además excluidas por la economía global. Su participación en ella es meramente virtual, es decir tiene que ver más con una imagen que con una realidad concreta.

Durante unos ocho siglos — dentro del área geográfica de lo que hoy se llama «mundo occidental» — existió una bi-polarización del poder entre dos razas-culturas: la árabe-oriental-musulmana, y la europea-occidental-cristiana. A partir de finales del siglo XV — descubrimiento de América — uno de esos polos crece y el otro decrece. El pensamiento de la raza occidental se había potenciado, mientras que el de la raza oriental se había estancado. Ello provoca, entre otras cosas, el fracaso militar otomano ante las puertas de Viena.

A partir de ese momento el dominio de la raza blanca-occidental se fue globalizando progresivamente. También a partir de ese momento muchas de las guerras fueron guerras civiles europeas. Por eso mismo fueron guerras intra-raciales e intra-culturales dentro del mundo blanco-occidental (a excepción de las acciones japonesas contra Rusia y contra China-Manchuria, antes y después de la primera guerra civil europea del siglo XX). La totalidad de la «política internacional» se desarrolló dentro de ese escenario, que perduró hasta las «revoluciones raciales» del «tercer mundo» que eclosionan a partir de la última guerra civil europea del siglo XX (llamada II Guerra Mundial -IIGM).

Tomando como paradigma esos acontecimientos — limitados por sólo tres siglos de historia «universal» — el pensamiento político occidental elabora modelos de comportamiento internacional, a los cuales le atribuye un valor metafísico, es decir, eterno. Todo lo demás eran «cuestiones coloniales». El Islam sigue siendo tratado, al día de hoy, como una «cuestión colonial».

El simple ingreso a la política mundial de tres grandes razas-culturas, la china central-confuciana, la árabe-musulmana y la hindú aria-védica — todas emergencias provocadas por la Segunda Guerra Civil Europea — altera totalmente el panorama reinante durante los tres siglos precedentes. Lo que comienza a cambiar es la propia lógica del sistema: se deja atrás un escenario racional-positivista y se entra de lleno en el escenario de la incertidumbre.

La crisis de la IIGM abre la «caja de Pandora». Hasta la «caída de Moscú» (Perestroika) todas las interpretaciones giraban en torno a aquellos viejos modelos racionalistas: proletariado mundial versus burguesía global. A partir de la crisis y autodestrucción soviética ya no es posible ocultar la envergadura del «nuevo mundo». Millones de hombres «distintos» — provistos de su religión y de su cultura, y agredidos por una misma economía global — se convierten en actores de la política mundial, que comienza a girar sobre ejes también distintos.

Hasta el día de hoy no existe la interpretación adecuada para prever acontecimientos futuros bajo esta nueva circunstancia. Estamos en presencia de un «antisistema», que no permite construir alianzas estables entre las potencias del mundo central orientadas a gobernar por un largo plazo y a estabilizar globalmente al Planeta. Ninguna de las guerras comenzadas ha podido ser terminada (con la derrota del «enemigo»): ni en Bosnia, ni en Kosovo, ni el País Vasco, ni en Irlanda ni en Irak, ni en ningún otro punto del planeta. La virtualidad militar, la vana ilusión de poder matar sin morir, impide concluir las guerras: estamos por lo tanto en un mundo des-controlado. El sistema pentárquico que siguió a la Europa posnapoleónica es, absolutamente, un modelo irrepetible. La imposibilidad de formalizar alianzas estables y de largo plazo entre centros de poder se manifiesta en todos los niveles de la actividad internacional. Hay intereses divergentes entre sí en el plano económico, político, estratégico, religioso, cultural y militar. Pero hay sobre todo una cultura basada en la deseada «inmortalidad del último hombre» (tema que yo desarrollé, en relación con un eventual teatro de operaciones en el Golfo Pérsico, en mi libro El nacional judaísmo, ya citado).

Una de las principales fuentes de divergencia se manifiesta en la forma de actuar sobre los «conflictos regionales» (muchos de ellos ya han escapado a esa definición: la mayor parte de los «conflictos regionales» se están transformando en «conflictos internacionales»). A esos conflictos se los pretende «licuar» haciendo que su componente racial pase inadvertido.

Otros conflictos internacionales se transforman en globales. Ello es particularmente válido para el caso del Medio Oriente -conflicto entre el espacio sirio-palestino y el espacio judío implantado- que tiene en la religión judía -, en las interacciones judeo-cristianas- y en la resistencia musulmana, una gran capacidad de transmisión hacia el Occidente. Y a partir del Islam una gran capacidad de transmisión hacia el Oriente. Las tres grandes religiones monoteístas abrahámicas asumen así una función sociológica de transmisoras de conflictos hacia el «resto del mundo».

Las nuevas fronteras de la política mundial 

Las fronteras reales de la política internacional -globalmente considerada- están volviendo a las antiguas líneas de conflicto, en su triple dimensión: étnico-racial, histórica y geopolítica. Las viejas culturas absorben a las nuevas (p.e: el eslavismo cristiano ortodoxo al comunismo soviético, el judaísmo al sionismo, el Islam al «orientalismo» árabe, etc.), no las expulsan totalmente, las integran a la manera hegeliana. Las crisis políticas en el interior de los grandes Estados están produciendo un sinceramiento histórico y geopolítico, un retorno a los viejos moldes. Una Turquía reislamizada tendrá seguramente muchas dimensiones, pero seguramente todas estarán incluidas en las tres básicas antes señaladas: la étnico-racial, la histórica y la geopolítica.

El sistema internacional no es unipolar porque está sometido a una tensión devastadora entre las fuerzas globalizadoras (élites incluidas [dentro del sistema] de todo el mundo) y las fuerzas fragmentativas (pueblos excluidos [fuera del sistema] de todo el mundo). El conflicto entre incluidos y excluidos, entre dominadores y humillados. Las modificaciones que se perciben en el comportamiento del sistema internacional (la intensidad y los ritmos nunca vistos de esas modificaciones) so