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1899, aquel 23 de mayo...

Simón Alberto Consalvi
consalvi@internet.ve

El Nacional, domingo 23 de mayo de 1999

Cipriano Castro en La BitBlioteca
La Revolución Liberal Restauradora en La BitBlioteca

Esta historia comenzó en las primeras horas de la madrugada del 23 de mayo de 1899. «Sesenta hombres aguardaban con sus cabalgaduras y chamarretas, ajustados los revólveres, en el corredor de Bella Vista. Se les sirve café y escancian a pico de botella el garrafoncito de ron de La Ceiba». Quien describe la escena es Mariano Picón-Salas. Los 60 no son otros que aquellos hombres que se disponen a cruzar el río Táchira, al mando del general Cipriano Castro, para tomar el poder en Venezuela. Un hombre taciturno está al lado del jefe; es el financista de la gran aventura y se llama Juan Vicente Gómez. Pocos hombres son tan diferentes, pocos, no obstante, se entienden entonces tan bien: «Son un contrapunto de temperamentos, técnicas e intenciones, el amo enfebrecido y el escudero calmoso de toda expedición quijotesca. Personifica uno el fuego veloz; el otro la tierra paciente que espera con igual indiferencia las cosechas y las sepulturas».

Un siglo se cumple hoy de esta historia. Aquel 23 de mayo de 1899, irrumpió en la política y en la historia venezolana una región marginada hasta entonces: los Andes. Eleazar López Contreras, Ramón J. Velásquez, Enrique Bernardo Núñez, William Sullivan y Mariano Picón-Salas, entre otros, escribieron sobre el personaje que se llamó Cipriano Castro y sobre las implicaciones de la toma del poder. La caída del liberalismo amarillo es una obra clave para la comprensión del proceso que precedió a la invasión de los andinos.

El espectáculo político de 1897 fue bastante singular. Contra viento y marea, 19 generales y 7 civiles se lanzaron a competir por la jefatura del Estado. El hecho de que el candidato del gran caudillo fuera el general Ignacio Andrade, no desanimó a los otros, quizás porque ser candidato ya era un trofeo. Resultó «elegido» Andrade por 406.610 sufragios «populares», en tanto el candidato con mayor arraigo, por quien las masas (si el término puede usarse para ese momento) expresaban verdadero delirio, apenas obtuvo 2.203 votos. Un milagro de Crespo en las urnas. El humorismo popular lo resumió así: «Andrade se quedó con las mesas, Hernández con las masas, Rojas Paúl con las misas, Castillo con las mozas, y Arismendi Brito (general y poeta) con las musas».

Cuando, como respuesta, el burlado general Hernández lanzó una proclama de guerra, Joaquín Crespo salió a perseguirlo. Una bala disparada al azar acabó con el último caudillo del siglo y dejó al presidente Andrade sin sustento. El liberalismo se anarquiza. La pugna política encuentra una excusa en las autonomías estadales. O sea, volver a los 20 estados de la Constitución de 1864, en lugar de los 7 vigentes. «Dividiendo la República en nuevas secciones —dice el autor de La caída del liberalismo amarillo—, se tenía que renovar íntegramente el personal de los poderes legislativos y judicial, en escala nacional y estadal. Es decir, toda una revolución iniciada y realizada desde el poder, sin disparar un tiro».

Al reunirse el Congreso, el debate gira en torno a la cuestión de si es un Congreso Constitucional o un Congreso Constituyente, puesto que está integrado por parlamentarios elegidos de distinta manera. Triunfó la tesis constituyentista. «En una palabra —escribe Ramón J. Velásquez—, un golpe de Estado, en el cual los soldados están reemplazados por los diputados y senadores y los fusiles por las papeletas de la votación». El Gran Estado de los Andes, capital Mérida, se convirtió en Táchira, Mérida y Trujillo. Así ocurrió en el resto del país. Se apeló a la división territorial para aplicar la vieja consigna: dividir para reinar.

Contra estas manipulaciones caraqueñas de la política, y porque, sin duda alguna, se sentía un predestinado, insurgió Cipriano Castro el 23 de mayo de 1899. En Tocuyito (muy cerca del campo de Carabobo), se libra la última batalla el 14 de septiembre. Castro cuenta con 1.600 reclutas y 400 oficiales. Los generales Diego Bautista Ferrer y Antonio Fernández tienen 4.600 soldados bien armados. Triunfa Castro y ya nadie será capaz de detenerlo. Los traidores se sienten revolucionarios.

El 16, los vencedores entran a Valencia: el jefe, en camilla, porque en Tocuyito se rompió una pierna al caer del caballo. Castro y Gómez son alojados en la residencia que Ramón Tello Mendoza tiene perfumada para recibir al presidente Ignacio Andrade. Un simbolismo apenas: Castro fue rodeado y seducido por la oligarquía de todos los tiempos. A la medianoche del 19 de octubre, el presidente de la República bajó al puerto, tomó un barco y se fue a una isla del Caribe, donde escribió unas memorias de pesadumbre. Era el primer andino que llegaba a la Presidencia, pero no llegó por andino. Fue una paradoja que al merideño lo derrocara un tachirense.

Al atardecer del 23 de octubre, en la Casa Amarilla, Castro asume la Presidencia. Con Castro se instauró otra etapa turbulenta de la historia venezolana, que se prolongó hasta el golpe de Estado de Juan Vicente Gómez en 1908. Venezuela fue bloqueada y asediada por potencias extranjeras. Se le acusó de innovador de vicios y defectos. Sin embargo, en esa materia los antecedentes fueron notables. ¿Cómo medir quién fue más mujeriego o quién bebió más brandy, si Castro o Raimundo Andueza Palacio? De aquella «figura violenta, contradictoria, alternativamente libertina y heroica», de aquel hombre de innumerables defectos que era reflejo de su país y de su sociedad, protagonista de un momento crítico de nuestra historia, de expansiones imperiales, de fenicios que se disputaban el derecho a explotarnos, escribió Mariano Picón-Salas: «... encarnó una raizal conciencia mestiza contra aquella intervención vestida de racismo y predicación protestante en que parecían coincidir el emperador de Alemania, Teodoro Roosevelt y nuestros viejos amigos los ingleses».


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