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Cien años del arribo triunfal de Cipriano Castro

El frenesí entró a Caracas con sobrero de jipijapa

Simón Alberto Consalvi
consalvi@internet.ve

El Nacional, domingo 24 de octubre de 1999

Cipriano Castro en La BitBlioteca
La Revolución Liberal Restauradora en La BitBlioteca

Polémico, audaz, arrogante, contradictorio, impredecible, sorpresivo, arbitrario, vivaz, poseído de la más inverosímil temeridad, Cipriano Castro irrumpió violentamente en la escena venezolana para cerrar el siglo XIX y abrir el XX. En la madrugada del 23 de mayo de 1899, desde su destierro en un lugar de la frontera colombiana, se lanzó con 60 hombres a la conquista del poder; cruzaron sigilosamente el río Táchira, y el 22 de octubre (153 días, decenas de combates, 3.500 muertos y más de 1.000 kilómetros de recorrido después) fue proclamado jefe del Estado en la Casa Amarilla, iluminada y entusiasta como nunca lo había estado desde los días del Ilustre Americano.

Cipriano CastroCon la muerte trágica de Joaquín Crespo, el presidente Ignacio Andrade quedó en la orfandad. Los caudillos volvieron a las viejas querencias de la anarquía. Durante unas semanas, el triunfante Castro se detuvo en Valencia, negociando la entrega «pacífica» del poder. Iban y venían los enviados, y en particular, el general Manuel Antonio Matos. Andrade se fue quedando solo, traicionado por todos, hasta que en la noche del 19 de octubre abandonó sigilosamente la Casa Amarilla, cruzó la montaña en medio de la neblina, tomó un barco al amanecer, rumbo a St. Thomas, y le dijo adiós a todo eso.

En La caída del liberalismo amarillo se registra el «Diario de una rendición». Ramón J. Velásquez relata el arribo a Caracas del caudillo andino: «En el primer vagón venía el general Castro, a su lado el general Matos, y en el asiento de enfrente, el general Luciano Mendoza, comandante supremo de las fuerzas del gobierno derrocado». Si la suerte le hubiera sido adversa al general Castro, quizás los mismos personajes pudieron haberlo rodeado como prisionero. Pero, no; ahora eran sus chambelanes. «El nuevo jefe supremo de la República», cuenta RJV, «vestía blusa azul, pantalón blanco y sombrero de jipijapa. Se apoyaba en muletas». Venía cojo, porque lo había tumbado el caballo en Tocuyito.

Militares, doctores y clérigos se disputan la entrada a la Casa Amarilla para ponerse a la orden del caudillo recién llegado, y escuchar sus promesas. En su primer discurso (la noche del 22 de octubre) dibujó cambios profundos con una frase que entró a la historia: «Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos». La frase entró a la historia, pero entró sola, como una flor disecada. A Castro lo rodean ex presidentes de la República (Raimundo Andueza Palacio, Guillermo Tell Villegas Pulido, Juan Pablo Rojas Paúl), ex candidatos presidenciales, generales (todos, menos Antonio Paredes). Los ex presidentes andan buscando un ministerio, y los generales también. Andueza Palacio pesca Relaciones Exteriores; Juan Francisco Castillo va a Interiores; José Ignacio Pulido, a Guerra y Marina; el ex vicepresidente Víctor Rodríguez, a Obras Públicas. Al general José Manuel Hernández, rescatado de la cárcel, también se le quiere meter en el redil, con la cartera de Fomento. El gabinete de los «nuevos hombres» es tan refulgente como una tienda de antigüedades.

Cuando el general Pulido le pregunta: «Cipriano, ¿y dónde están nombrados los compañeros de tu campaña? Ellos tienen derecho, y deben ser tus colaboradores, como lo fueron en la guerra», Castro respondió (se lee también en La caída del liberalismo amarillo) que ellos «eran patriotas y no protestarían». Con los ideales y con los procedimientos sucedió lo mismo que con los «nuevos hombres»: se esfumaron en medio de la champaña que esa noche comenzó a correr, como en los días disolutos del propio Raimundo Andueza Palacio, ahora astuto canciller de la República.

Figura y contrafigura

Cipriano Castro no se parecía a ninguno de los caudillos venezolanos que dominaron la historia del país; de ahí que sus biógrafos, o quienes han escrito sobre las tormentas que desató (Eleazar López Contreras, Ramón J. Velásquez, Enrique Bernardo Núñez, José Rafael Pocaterra, Mariano Picón-Salas, Pío Gil, Jesús Sanoja Hernández), no escatimaron trazos para describirlo. Personaje de novela, tanto como de historia, seduce a la imaginación. Uno de sus biógrafos, el norteamericano William Maurice Sullivan, lo retrata paso a paso, desde sus hábitos personales hasta sus ideas altisonantes y su estilo alambicado. El momento admitía un retrato dual, porque a la misma escena concurría otro personaje que, a su vez, aparece como su negación sombría. Castro es la figura; Gómez, la contrafigura, el antípoda. Sullivan los describe de manera muy objetiva: «En personalidad y estilo de vida, el general Gómez era lo más opuesto al jefe del Ejecutivo. Mientras el presidente Castro era hiperactivo, elocuente, violento, licencioso, y con algo de genio, el agricultor de La Mulera era tranquilo, lacónico, reservado y abstemio, y prefería siempre el orden y la rutina a la excitación y al desafío».

La aguda descripción no nos resulta extraña. Al repasar sus discursos, se comprueba que Castro no tenía límites en materia de metáforas o en las ingenuas falsificaciones de la historia. En un momento de su avance hacia el centro del país, considera conveniente definir el liberalismo, y lo hace de manera sorprendente: «El partido Liberal —dice— es el de las grandes conquistas; el partido que fundó el hijo del Carpintero de Belén en los valles de Palestina». Era un poco herético meter a Jesucristo en aquellos bretes, pero él sabía que lo escuchaban modestos campesinos andinos, cargados de escapularios e imágenes de la Virgen. Aquel coctel del Sermón de la Montaña, los editoriales de El Venezolano y La riqueza de las naciones, no era sino una argucia diabólica para uso de los pobres de espíritu, y de todas las otras pobrezas reinantes en este mundo.

Más allá de la figura de Castro, la reflexión de los historiadores ha ido hasta los orígenes del personaje andino y de la Revolución Liberal Restauradora de 1899, sus relaciones con caudillos rivales, su programa de reformas políticas, sus problemas con potencias extranjeras, sus tendencias despóticas, sus desmanes personales, su lascivia, su creciente arbitrariedad y, por último, su caída del poder.

Los años violentos

Sullivan se plantea un análisis de fondo, y quiere determinar (sin duda ambiciosamente) si el régimen de 1899-1908 fue tan negativo como la mayoría de los historiadores lo ha visto, o si fue, por el contrario, el origen del gobierno moderno en Venezuela. Sullivan ve esos fenómenos con un criterio más objetivo que cualquier venezolano, no importa que andemos ahora en los 100 años de la aparición de Castro en la escena venezolana y, paradójicamente, en la escena mundial, como puede verse por sus innumerables conflictos con potencias extranjeras, y como se deriva de la persecución que sufrió en y por diversos países, luego de su caída, y durante todo su largo y solitario destierro en Puerto Rico.

Al estudiar los antecedentes de Castro y de su Revolución, Sullivan dice: «En total, Venezuela disfrutó de sólo 27 años de relativa paz durante el siglo XIX». Sólo 27 años de paz, de relativa paz, en el primer siglo de la República. Claro, el siglo había comenzado en 1810 y fue el siglo de las guerras de Independencia, y de las grandes o pequeñas guerras civiles, pero, con todo, la conclusión es indispensable para comprender todo lo que iba a venir después.

Venezuela fue dominada por la agitación y la violencia durante la última década del siglo: «Entre 1892 y 1900 se registraron seis rebeliones mayores y 437 encuentros militares». En estas actividades revolucionarias, miles perecieron, 80% del ganado fue destruido y la deuda de la Nación pasó de 113 millones a 208 millones de bolívares. Esta deuda y su incremento durante la Revolución, como las nuevas deudas de Castro, se convertirían en la fuente de innumerables conflictos internacionales, particularmente en el bloqueo de las costas venezolanas de 1902.

La revolución de Castro parecía inevitable por diversas razones; la última década del siglo XIX da la medida de la inestabilidad política y de las pugnas por el poder. Basta pensar que, entre enero de 1890 y diciembre de 1899, hubo 23 ministros de Guerra, 25 ministros de Relaciones Interiores, 27 ministros de Hacienda y 33 ministros de Fomento. Por esta simple observación, puede inferirse el desorden y la falta de continuidad en la administración pública y, en última instancia, el pobre estado de la economía. Mientras Venezuela contraía deudas con el exterior, la exportación de minerales y de oro, en particular, fue singularmente productiva. La mayor parte del oro sacado del estado Bolívar, dice Sullivan, era contrabandeado vía Royal Mail hacia París y Londres. Los 458.898,79 gramos de oro obtenidos en la confusa década de los 80 beneficiaron, según sus palabras, casi exclusivamente a extranjeros. En 1881 había en El Callao 9.657 trabajadores traídos de las islas del Caribe, brutalmente explotados. Era como otro país, ignorado y lejano, inaccesible.

Después de analizar la consolidación de Castro en el poder (1900-1901), Sullivan dedica dos largos capítulos a la Revolución Libertadora, y en particular a la figura y andanzas del general y banquero Manuel Antonio Matos, quien asistía a las escaramuzas provisto de un curioso e inevitablemente vistoso paraguas verde. Era el más rico de los venezolanos. Matos había sido factor clave en el triunfo de Castro y en el ir y venir de los componedores que terminaron desahuciando al presidente Andrade.

El Panther y el Retribution

Con la Revolución Libertadora vino el bloqueo y tomó su más alta temperatura el conflicto con la New York & Bermúdez Co., que conspiraba adentro, ayudando a las guerrillas, y conspiraba desde afuera (en Washington y Nueva York), financiando al general Matos. Castro heredó viejos conflictos, como el de las concesiones del asfalto, otorgadas en 1883 por el presidente Antonio Guzmán Blanco al norteamericano Horatio R. Hamilton. De ahí surgió el affaire de la New York & Bermúdez Co. Del desorden administrativo, de los contratos picarescos, de las viejas deudas del siglo, de la extrema debilidad del país, surgió el bloqueo que el 9 de diciembre de 1902 desataron contra Venezuela dos potencias europeas, Alemania y la Gran Bretaña; el Panther (alemán) y el Retribution (inglés) descargaron su poder de fuego contra una flota que era más de pescadores que de marinos, como escribió Manuel Rodríguez Campos. El conflicto con las potencias extranjeras, la agitación permanente, el acoso a todo el mundo, las relaciones cada vez más críticas con Estados Unidos, hasta la ruptura de relaciones y una animadversión contra el dictador que no tuvo tregua, dominaron el tiempo de Cipriano Castro. Nada ilustra mejor la confusión de la época (y los intereses creados) que las propias disputas que libran entre sí los ministros plenipotenciarios de EE UU en Venezuela, Herbert Bowen y su antecesor Francis Loomis: las argucias de los propios norteamericanos por controlar el asfalto de Guanoco, conspirando unos contra otros, mientras los venezolanos parecían jugar apenas el papel de espectadores, o dando la razón (y los títulos) a unos norteamericanos hoy, a otros norteamericanos mañana, porque sólo entre ellos andaba el juego. Castro se consumió y consumió su tiempo en duelos y disputas. Hacia adentro desató tempestades: urde la Aclamación, para desarmar una supuesta conjura. Eleva a Juan Vicente Gómez, lo encarga de la Presidencia, y al mismo tiempo, lo humilla. Gómez, zamarro, calla y espera.

Entre tanto renace (como en 1902-1903) la gran conspiración internacional contra el dictador, cuyos signos fueron registrados de modo excepcional por The New York Times. Teodoro Roosevelt se refiere a Castro como «el execrable monito villano». El 13 de junio de 1908, el secretario de Estado, Elihu Root, instruyó al Encargado de Negocios de EE UU en Caracas, Jacob Sleeper, cerrar la embajada y romper las relaciones. Castro ya no resiste sus males; el 24 de noviembre de 1908 se embarca en el Guadalupe, rumbo a Europa, y Gómez, con suma diligencia, le hace saber a los representantes de países extranjeros que todo va a resolverse: le anula a Castro el crédito del Banco de Venezuela para el viaje, y no pierde un instante en tomar riendas y precauciones. El 18 de diciembre da a conocer un cable supuestamente enviado por Castro, donde se lee que «la culebra se mata por la cabeza», y esto es prueba de que una conspiración castrista anda por lo bajo, y debe descabezarse aplicándole la misma fórmula. El 19 de diciembre, Castro es ya un «hombre sin patria».

Los protocolos de Buchanan

El hombre sin patria. Acosado por EE UU y temido por Gómez
Cuando Gómez da el golpe de Estado, lo primero que ocupa su mente son los amigos del Norte. El Times de Londres titula la noticia de la caída de Castro así: «All Civilized Nations Rejoice», o sea, la gran euforia universal en Europa y Estados Unidos, únicos lugares civilizados de la Tierra. The New York Times (el 5 de diciembre) tituló en primera página: «Castro's $ 60.000.000 sent to Europe». O sea, que el dictador caído tenía en Francia y Alemania tan inverosímil fortuna. De tal tono fue la campaña contra el caudillo andino. Ese diciembre de 1908, con la caída de Castro, llegó el enviado plenipotenciario William Buchanan, con sus barcos de guerra (el Dolphin, el Maine, el Des Moines, el North Carolina) y con sus protocolos. Con los protocolos del alto comisionado Buchanan comienza otra etapa de la historia de las relaciones exteriores de Venezuela.

El 13 de febrero de 1909, Buchanan y el historiador Francisco González-Guinán, como ministro de Relaciones Exteriores, suscriben los textos donde Venezuela acepta arreglar todos los conflictos: la reclamación de la Orinoco Steamship Company, la reclamación de la Manoa Co. Limited, la reclamación Crichfield. Lo que no pudiera resolverse entre las partes iría a la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya. No se mencionó en los protocolos la controversia de la New York & Bermúdez Co., por razones obvias: estaban muy vivas aún sus andanzas con el general Matos y la Revolución Libertadora, en cuyos episodios Juan Vicente Gómez había obtenido algunos laureles. Ya vendría el tiempo.

El regocijo de las potencias extranjeras por la ida de Castro es semejante al regocijo por el arribo de Gómez. Los relatos de ese Castro exiliado y sin patria, navegando por aquí y por allá con una amiga, huésped anónimo de una isla en el Atlántico, fantasma vigilado por la Armada de Estados Unidos, y muy temido por Gómez, hasta que muere en Puerto Rico, en 1924, son verdaderamente trágicos.

Si la descripción que hace el poeta negro norteamericano James Johnson, cónsul de Estados Unidos en Puerto Cabello a comienzos de siglo, del Castro que se consumía en la danza, es sorprendente, no lo será menos la que hace otro cónsul de Estados Unidos, que dibujó una escena diferente. Sucedió en Fort de France, Martinica. Castro regresa de Europa, abril de 1909. El gobernador tiene instrucciones de no dejarlo permanecer en la isla, y le ordena abandonarla. En la bahía está el Versalles, a punto de zarpar. Castro se niega. El cónsul Jacques D. Schnegg informó al secretario de Estado: «Rehusó, incluso, vestirse, y fue sacado de su cama en interiores, puesto sobre una parihuela, y escoltado por la policía, fue llevado a bordo del Versalles, y 10 minutos después el barco partió hacia Guadalupe». De Guadalupe no le quedó otra alternativa que volver a Europa. A partir de entonces, Cipriano Castro será un fantasma ubicuo que los espías de Juan Vicente Gómez verán en todas partes, aunque no esté en ninguna. Mariano Picón-Salas escribió un epílogo benévolo: «Le defiende un poco el ímpetu y el bárbaro coraje con que defendió la dignidad de la Nación en uno de los peores días de su historia».


El bloqueo de 1902

«Las acciones armadas llevadas a cabo por Alemania e Inglaterra contra Venezuela en diciembre de 1902 y la prolongación de sus efectos bélicos hasta febrero de 1903 pueden ser calificadas sin ninguna dificultad como auténticos actos de piratería. No se habían dado previamente los extremos a consecuencia de los cuales fuese posible tipificar como de ruptura el estado de nuestras relaciones con esos países; no habían mediado provocaciones que justificasen recursos preventivos o de réplica por parte de ellos ni tampoco hubo una declaración de guerra que precediera a sus depredaciones. Simplemente, el 9 de diciembre de 1902, apareció la flota anglogermana en el puerto de La Guaira, y su comandante, el almirante Douglas, ordenó a las unidades bajo su mando apoderarse de lo que un poco presuntuosamente se llamaba nuestra marina de guerra. Esto ocurrió sobre una flota venezolana desprevenida, cuyos hombres eran más pescadores que efectivos marineros de cualquier armada» (Manuel Rodríguez Campos, Venezuela 1902, la crisis fiscal y el bloqueo).

La palabra de Teddy Roosevelt

«A la larga, no resulta posible para Estados Unidos proteger a las naciones americanas morosas de penalización por el no-cumplimiento de sus obligaciones, a menos que se proponga hacerlas cumplir con ellas. Se puede teorizar sobre esto tanto como se quiera, pero cuando una nación extranjera y poderosa se siente suficientemente agraviada, entonces, o esta nación actúa o el propio gobierno de Estados Unidos tendrá que actuar. En un período de mi administración nos enfrentamos a este estado de cosas en Venezuela, cuando Alemania, apoyada débilmente por Inglaterra, llevó a cabo un bloqueo contra Venezuela para obligarla a adoptar la perspectiva alemana e inglesa sobre ciertos acuerdos. Existía el peligro real de que el bloqueo pudiera, finalmente, resultar en la ocupación por parte de Alemania de ciertas ciudades o aduanas. Sin embargo, tuve éxito en llevar a todas las partes interesadas a someter sus asuntos al Tribunal de La Haya».

Cipriano Castro en la historia

1858 Nace en Capacho, estado Táchira, el 12 de octubre, hijo de José del Carmen Castro, agricultor, y de Pelagia Ruiz.

1872 Estudia en el Seminario de Pamplona, Colombia. Pone poca atención a la educación formal, y se aficiona por las ideas políticas del liberalismo. Lee, sobre todo, al panfletista José María Vargas Vila.

1878 Trabaja como administrador del periódico El Album, en San Cristóbal.

1884 Tiene un incidente violento con el cura párroco de Capacho, Juan Ramón Cárdenas; es hecho preso, y luego de seis meses se fuga y viaja a Cúcuta. Entonces conoce a su futura esposa, doña Zoila.

1886 Regresa al Táchira, acompañando a las fuerzas invasoras de los generales Segundo Prato, Buenaventura Macabeo Maldonado y Carlos Rangel Garbiras.

1887 Es ascendido al grado de general. Conoce en un entierro a Juan Vicente Gómez.

1888 Es designado gobernador de la Sección Táchira del Gran estado de Los Andes.

1890 Es elegido diputado por el Táchira al Congreso Nacional. En Caracas se vincula al gobierno del presidente Raimundo Andueza Palacio.

1892 Regresa al Táchira; se enfrenta a la revolución legalista. Marcha al exilio, en Colombia, en donde permanecerá hasta 1899, en la hacienda Los Vados, cerca de Cúcuta.

1899 23 de mayo: invade Venezuela con 60 hombres, en compañía de Juan Vicente Gómez.

1899 22 de octubre: llega vencedor a Caracas.

1899 23 de octubre: toma posesión de la Presidencia.

1901 Revolución Libertadora contra Castro.

1902 Bloqueo de las costas venezolanas por las potencias europeas. «La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria», dice Castro.

1906 La Aclamación - La Conjura.

1908 El 24 de noviembre viaja a Alemania, por motivos de salud. Deja en el poder al vicepresidente Juan Vicente Gómez. Es operado en Berlín por el cirujano Israel.

1908 El 19 de diciembre, Gómez da un golpe de Estado y condena a Castro al destierro.

1924 Muere el 4 de diciembre, en Santurce, Puerto Rico.


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