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El siglo XXI: el arte inútil de interrogar al futuro

Simón Alberto Consalvi
consalvi@internet.ve

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Un personaje de Tolstoi tuvo una expresión que no pasó desapercibida. Traducía, como generalmente ocurre con los novelistas, lo que el propio escritor ruso pensaba. El personaje dijo: "La historia es una loca que responde preguntas que nadie le hace". Si de esto se puede culpar a la historia, ¿qué decir de los intérpretes del futuro cuyas preguntas son inevitablemente frágiles y temerosas? Al formularlas quizás se pretenda la propia prolongación en el incierto futuro. Imagino que, al hacerlas, nos alienta la secreta esperanza de lograr las respuestas más complacientes. "Esperar es desmentir el futuro", escribió Ciorán. Otro dijo que "el futuro siempre fracasa porque influimos demasiado en él". No creo en esto: el futuro está más allá de nuestras posibilidades de influencia.

El norteamericano Robert Heilbroner hizo una imaginativa exploración de la idea de futuro en la historia, con la precisión de un arqueólogo: Visiones del futuro/ El pasado distante, ayer, hoy y mañana. En las civilizaciones antiguas, pasado y futuro eran la misma cosa y no había razones de ningún género para que se esperara algo distinto.

Según Heilbroner es a partir del siglo XVIII cuando el hombre descubre la idea de futuro, estimulada en el siglo XIX con la noción de progreso y consolidada en el XX con los avances espectaculares de la ciencia. De ese modo se hizo lugar común la idea de que "el futuro será mejor que el pasado". Pero es un lugar común cargado a su vez de incertidumbre: el hombre no se desprende fácilmente de su propio pasado y, no sin frecuencia, quiere volver a él. Por eso, quizás, cuando se interroga al futuro uno espera tener la garantía de que lo bueno del pasado será enriquecido y nunca disminuido.

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Las preguntas al siglo XXI pueden ser pertinentes como un ejercicio de la imaginación. O como un balance del siglo que ahora comienza a ocultarse en el ocaso. Las interrogantes se suscitan de modo inevitable a partir de lo que uno tiene o ha tenido. Dejando al margen las catástrofes, las guerras mundiales, el genocidio, los campos de concentración, las ideas totalitarias, las dictaduras (no para olvidarlas, sino para encontrar otros términos de referencia), el siglo XX ha sido un tiempo espectacular en los dominios del arte, la ciencia y la cultura.

El siglo XX fue el siglo de Pablo Picasso. Quien imagine un monstruo como Pablo Picasso en el XXI que lance la primera piedra. Picasso fue el grande del siglo; sin embargo, no estuvo solo. Con él estuvieron Matisse, Braque, Moore, Duchamp. La revolución de las artes en el siglo XX dejó exhausta a la imaginación. Quién sabe si el siglo XXI no recorrerá los pasos del XX, pero en sentido contrario: tejer y destejer forma parte del gran laberinto humano.

El XX fue el siglo de otros monstruos: Kafka, Joyce, Mann, Camus, Malraux, Sartre. El siglo de escritores como Kundera, Saramago, Calvino. De ensayistas como Isaiah Berlin, Aldous Huxley, Julián Marías, Benedetto Croce y José Ortega y Gasset. De historiadores como Toynbee y Braudel. En la ciencia fue el siglo de Einstein y de la desintegración del átomo y, partir de ahí, del desarrollo del arma más inverosímil que pudo imaginar la pesadilla de la historia. La humanidad ha sobrevivido no por un milagro, sino por el propio terror generado por su invención. Es, seguramente, el gran balance del siglo: haber sobrevivido. A partir de la II Guerra Mundial, las grandes potencias no tuvieron otra obsesión que la victoria a través de la destrucción del adversario.

Si hay alguna interrogante que sea pertinente formular en las vísperas del siglo XXI, necesariamente se vincula a los alcances de la ciencia: de la ciencia depende el destino del hombre. De los usos de la ciencia y de sus deslumbrantes conquistas, por parte de quienes tengan en sus manos la decisión final.

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En los dominios del arte y de la cultura, el siglo XX latinoamericano logró un rango que nunca tuvo antes. Por primera vez, nuestros escritores trascienden las fronteras del mapa al cual estuvieron confinados. Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Mariano Picón-Salas constituyen un legado de singular validez en el mundo de la creación y de la reflexión. Más allá de lo que puedan pensar Harold Bloom y otros árbitros anglosajones, la contribución latinoamericana dentro del contexto hispánico logró afirmarse en las últimas décadas. Quien pretenda ignorar ahora a los grandes escritores de América Latina no podrá hacerlo gratuitamente. No importa que en la selección de Grandes discursos de la historia de William Safire no haya ninguno de lengua castellana. Acusados de retóricos se nos ha discriminado, incluso, en el campo donde supuestamente, teníamos suficientes laureles.

En los Discursos históricos (de Penguin Books) que arrancan con la historia de Moisés, cerca de 1250 años antes de Cristo, hasta Nelson Mandela en 1994, sólo hay un discurso de autor del mundo hispánico: el discurso de Simón Bolívar, en Angostura, en 1819: El triple yugo de la ignorancia, la tiranía y la corrupción, como se titula en el libro. Nos puede exaltar de vanidad a los venezolanos, pero que en 3250 años de historia (y de palabras) Bolívar sea la excepción, indica algo cercano al menosprecio y a la soberbia de quienes (todavía) dictan las leyes del saber y de la cultura.

No es difícil imaginar que el siglo XXI será diferente en estas cuestiones. Ningún anglosajón más o menos ilustrado puede ignorar (ahora) a los grandes novelistas de la América Latina: Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Severo Sarduy, José Donoso, Guillermo Cabrera Infante o Álvaro Mutis, porque simplemente han renovado el género y están a la vanguardia de la novelística contemporánea. También en el arte latinoamericano, el siglo deja un gran legado: Lam, Matta, Bravo, Botero. En pocas palabras, con estos antecedentes, se puede interrogar con alguna confianza al siglo XXI. América Latina no podrá ser negada.

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¿Cómo vemos los venezolanos al siglo XXI? ¿Qué expectativas tenemos y de dónde partimos? El siglo XX no fue un tiempo baldío. Grandes escritores y grandes artistas se empeñaron en construir un país: Rufino Blanco Fombona, José Rafael Pocaterra, Rómulo Gallegos, Mariano Picón-Salas, Enrique Bernardo Núñez, José Antonio Ramos Sucre. Abundan los escritores de las últimas generaciones (en los diversos géneros) que preanuncian una contribución más audaz. En artes plásticas, los nombres de Soto, Otero y Cruz-Diez se afirmaron internacionalmente; el cinetismo, sin duda, constituyó el gran aporte venezolano a las artes del siglo.

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¿Podemos, acaso, vislumbrar con optimismo el siglo XXI? No porque el 31 de diciembre del año 2000 señale la entrada a un nuevo siglo, cambiará también el hombre. Nada es más lento (o ha sido) en la historia que los cambios del hombre. Los escritores y los artistas venezolanos tienen un desafío en el tiempo por venir: liberarse, a como diere lugar, de la tutela del Estado o de sus redes invisibles.

No para liberar al Estado de su responsabilidad de estimular y difundir la cultura, sino para liberarse ellos mismos del hastío burocrático. Para el escritor venezolano la situación es compleja, sin duda. Con algunos países de África, Venezuela tiene el récord de la gente que menos lee en el mundo. El primer desafío consiste en inventar lectores.

Conviene liberarse del Estado, aunque como tal, sea más ficción que realidad. El Estado venezolano se acerca cada vez más a una historieta que Simón Bolívar le aplicaba a los ilusos y a los desmesurados: Bolívar decía que se parecían a un loco griego que, de tarde en tarde, subía a las colinas de Atenas a dirigir los navíos que andaban en alta mar.


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