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Modernidad, modernización
El Nacional, domingo 6 de mayo de 2001 Quisiera aprovechar la ocasión de tener un interlocutor tan dispuesto al diálogo en lo concerniente al tópico «Chávez» y precisar algunos puntos de mi pasado artículo «Las tres lógicas de Chávez», con relación a la intervención que hiciera en estas páginas Roberto Hernández Montoya en su artículo «Las aventuras de la lógica», publicado el pasado domingo 29 de abril. Hay muchos aspectos del análisis de la situación política actual en los que concordamos. La diferencia reside en lo que Hernández Montoya califica de «premisa audaz» respecto de una de las tres «lógicas» por mí expuestas, a saber, la «popular». Lo que no convence a mi interlocutor es que los sectores populares «se resisten a la modernidad» y para discutir tal premisa coloca una serie de ejemplos en los que tales sectores asimilan rápidamente tecnologías de punta, tales como «cajeros automáticos», «celulares», y así sucesivamente. Tal vez la diferencia de criterios desaparezca si establecemos que por «modernidad» no ha de entenderse sólo la «modernización» de un país lograda mediante la incorporación de tecnologías de avanzada, sino también el conjunto de valores que se encuentran a la base del proyecto político y económico de la modernidad. En esta dirección, un país es moderno cuando asume, por ejemplo, los valores propios de la producción: el orden, la disciplina, la iniciativa, la responsabilidad, la planificación, la eficiencia, la optimización de recursos y todo aquello que a muy grandes rasgos podríamos denominar «ética del trabajo». Estos valores distan mucho de ser neutrales. Representan, de hecho, el modo de ser de culturas orientadas hacia la producción que pueden entrar en conflicto con identidades culturales cuyos valores se centran más en la convivencia y, más en general, en lo lúdico. Hernández Montoya tiene razón al sostener que los sectores populares no sólo no se resisten a la incorporación de tecnologías de punta, sino que la desean y ven en ellas una fuente importante de satisfacción. También tiene razón en afirmar que la sociedad venezolana no ha sabido integrar, desafortunadamente, a las grandes masas al circuito económico. Sin embargo, creo que se puede discutir el deseo de constituirse en una cultura moderna en el sentido arriba expuesto. Intuitivamente diré que los sectores populares y no tan populares del país se muestran muy receptivos a la lógica del consumo, pero reacios a asumir la lógica de la producción que corresponde a tal consumo. En otras palabras, desde el punto de vista del consumo, Venezuela es sin lugar a dudas un país moderno; aún no lo es desde el punto de vista de la producción. Aquí cabe especular respecto a las causas de este proceso. Intentaré proporcionar un escenario posible entre muchos otros, al sostener que tal situación se debe en gran medida a la conjunción de dos fenómenos:
Todo parece indicar que Venezuela ha sido bombardeada, como el resto del mundo, por una campaña internacional que privilegia formas extremas de consumo y a la que no le interesa para nada nuestra propia formación de valores (en la dirección que tales valores quieran tomar) mientras podamos pagar con petróleo, y sobre todo, a la que no le interesa para nada nuestra cohesión social y el hecho de que amplios sectores de la población resulten excluidos de tal proceso. A partir de aquí puede pensarse que lo popular es tanto una formación reactiva contra tal exclusión (y, por tanto, un efecto de la misma modernidad mal lograda entre nosotros) como que lo popular procede de una cultura más propia y proactiva. También puede sostenerse que se trata de una conjunción de ambos factores. En cualquier caso, la «resistencia a la modernidad» cobraría un sesgo de «premisa menos audaz» si la enfocamos desde esta perspectiva. Desde luego, queda mucho por conversar dada la complejidad del asunto, y sobre todo, queda por precisar el papel simbólico que la figura de Chávez desempeña en todo esto.
Massimo Desiato en La BitBlioteca |
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