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Tradición y libertad

El Nacional, domingo 19 de noviembre de 2000

En su último libro (Desarrollo y libertad, Planeta, 2000) el premio Nobel de Economía Amartya Sen, al analizar el asunto de cómo puede preservarse la identidad cultural y las tradiciones de un pueblo, en el marco de los nuevos retos planteados por la globalización y los nuevos ideales de desarrollo, sostiene que en ningún caso debe sacrificarse el valor de los individuos en aras de los colectivos, llámense éstos, patria, pueblo o como se quiera.

La argumentación de Sen cuestiona el papel de la fuente de autoridad y de legitimidad a la hora de valorar y decidir qué elegir cuando resulta que no es posible mantener algunos aspectos de la tradición porque son incompatibles con los cambios económicos o sociales que puede ser necesario introducir por diversas razones. El punto central de la posición de Sen consiste en afirmar que los agentes de tal decisión han de ser los propios individuos afectados.

En esta dirección, la elección no debe ser el fruto de una decisión cerrada por algún modelo de desarrollo (como muchas veces sostienen los «expertos») ni una decisión que deba tomar en cuenta la élite de «guardianes» de la tradición. En contraposición, Sen afirma que el valor básico consiste en permitirles a los individuos decidir libremente las tradiciones que desean o no mantener, aun cuando tal valor choque con la insistencia en que los individuos deben obedecer las decisiones de las autoridades religiosas o laicas que imponen las tradiciones.

Su posición es particularmente interesante para Venezuela, toda vez que en los actuales momentos nos encontramos en pleno proceso de cambio. El agotamiento de nuestro sistema político y social no debe conducirnos a olvidar y desatender la importancia básica de la libertad del hombre, pues, en opinión de Sen, sólo hay auténtico desarrollo cuando se incrementa la libertad de los hombres, entendida como capacidad para hacer cosas.

El núcleo de la argumentación de Sen apunta a ilustrar que el sistema de protección social funciona únicamente cuando los individuos se transforman de entes pasivos, necesitados de ayuda, en agentes activos, capaces de intervenir en el propio proceso de ayuda. Según esta perspectiva, basada en la libertad, ni los «guardianes» nacionales o locales —ni los ayatollahs (u otras autoridades religiosas) ni los dirigentes políticos (o los gobiernos dictatoriales) ni los «expertos culturales» (nacionales o extranjeros)— pueden impedir a nadie participar en la elección de las tradiciones que deben mantenerse.

Ahora bien, puesto que la participación exige conocimientos y un nivel educativo básico, negar —por expresa voluntad política o por ineficacia del sistema— a un grupo cualquiera la oportunidad de recibir educación es inmediatamente contrario a las condiciones básicas del desarrollo de la libertad. Este desarrollo sólo prospera si existe un «debate público» permanente alrededor de las cuestiones básicas que un país se plantea.

Lo que nos sugiere la lectura del libro es ¿hasta qué punto la ideología bolivariana y la «revolución pacífica» se constituyen en promotores del desarrollo, basado en la generación de mayor capacidad por parte de todos los venezolanos? ¿Hasta qué punto esta ideología y esta «revolución» propician un auténtico «debate público», debate de ideas, confrontación de posiciones y argumentaciones diversas?

Si realmente queremos oponernos a una globalización cuya cultura nos parece dañina para lo que somos y deseamos ser, el debate público auténtico, conducido mediante canales comunicativos apropiados, es vital. Los dirigentes políticos, si es que creen tener alguna verdad, tienen el deber de ilustrarla con la mayor precisión posible para que pueda haber discusión respecto de dicha verdad. El desarrollo demanda, exige, una figura de político distinta a la que hasta ahora hemos tenido. Requiere de un político que sepa conducir el debate y transformarlo en un diálogo constructivo para el país.

Nada más alejado de ello que personajes que se guardan sus verdades in pectore y que utilizan la comunicación como modo de ocultar, más bien que como modo de aclarar. No se construye un nuevo país entre sombras y fantasmas.

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