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African Flower

Roberto Echeto

Anita Moreno dibujaba lentamente una línea en diagonal. El movimiento pausado de sus piernas hacía que su cuerpo se desplazara sin esfuerzo, cortando la pesada liviandad del mar. A su alrededor sólo había agua, agua en movimiento que es espacio líquido y hogar silente para que los peces y los hombres atrevidos naden y hagan proezas y experimenten esa laxitud propia de lo eterno. Quien baja al fondo del mar no busca aprehender el espacio que hay debajo de las aguas; muy por el contrario, busca verse abarcado, concebido, integrado, fagocitado y embebido por el paisaje marino y por la vida que se desprende de cada milímetro hecho de agua salada y arena. Por eso, por una curiosidad atávica y por un descomunal deseo de alcanzar una calma ferozmente ansiada, Anita continuaba su descenso.

A pesar de estar nadando de noche, la temperatura era agradable. El azul del ambiente brilló durante todo aquel viaje bañado por la luz blanca y viscosa de la luna. El horizonte que sedujo a Anita Moreno era ancho y profundo como un hueco grueso que la invitaba a seguir adelante. Tanto avanzó, tanto anduvo en su nado esforzado, que pronto pudo llegar al punto donde se movían las aguas borrosas de sus compañeros de viaje. Allá estaban Papi Adriano y Gonzalo, rodeando con sus lámparas de luz cortante un viejo barco que dormía sus vergüenzas de óxido y naufragio.

Aquella ruina de nave parecía una visión fantasmal suspendida entre los corales de silencio. La embarcación impresionaba por lo grande, por lo íntegra y constante a pesar de las corrientes corrosivas capaces de arrasar la más remota esperanza de sacar el barco y ponerlo a servir para algo. En el mar, el exceso de yodo moviéndose al ritmo constante de un péndulo universal que agita y revuelve las aguas, acaba con todo.

Quien traspasa la telita de agua que separa nuestro mundo hecho de aire y tierra de la inconmensurable oquedad marina, traspasa también los límites que separan el dolor de la alegría. Cruzar esa línea visible era la razón que movía a Anita a esforzarse en el buceo. No había nada que le gustase más que la sensación de soledad y desnudez espiritual que se experimenta cuando se está buceando, flotando, braceando, pataleando con chapaletas y todo... El mar es como la noche y como el espacio eterno; los buzos son como los astronautas que se dejan llevar por la naturaleza del medio en que flotan, por eso Anita se imaginaba a sí misma como una conciencia única viajando en el vacío de su propia respiración. A ese ritmo pasaba por su cabeza un océano igual de inmenso al que acogía su lento nadar. Ese océano estaba hecho de palabras e imágenes, de recuerdos que en un viaje al fondo de cualquier piélago se vuelven a mezclar para convertirse en una memoria nueva hecha de cuentos por decir. Por eso de pronto le pareció que ella viajaba a través de una pared expandida e ilimitada. Aquella pared era firme, densa y soluble aunque minada de huecos donde vivían los cuentos y los recuerdos.

En uno de esos huecos que se abrían en la plenitud del agua gigante, Anita Moreno vio un recuerdo que se le volvió cosquillas de miedo en la barriga. Su propio padre, Papi Adriano, estaba en la bomba de gasolina de Chuao llenándole el tanque gandolesco al pequeño Mercedes amarillo (con piso de parquet y cuero auténtico en los asientos) que le dio por comprarse luego de su retiro. Estaba Papi Adriano muy tranquilo, esperando a que las mangueras terminaran de surtirle el alimento y el alma a ese animal rabioso que es un Mercedes Benz, cuando un par de tercios agorilados le pusieron una pistola bien pulida en la cabeza y lo conminaron a bajarse de su máquina asoleada. Bájese rápido, viejito. Bájese rápido o lo quebramos... Y entonces papá se baja indignado y tembleque porque los tipos lo agarran, lo apuntan y para colmo le dan unos trancazos en el coco. Papi Adriano, que nunca en su vida se ha quedado con un golpe seco en ninguna parte, se acomodó como pudo mientras los ladrones se montaban en el carro y encendían el motor. Fue allí cuando ocurrió lo que pudo haberse diseminado como un error de muerte maligna: en las brevísimas fracciones de segundos que transcurrieron entre que los tipos culminaran de arrebujar sus culos en los asientos del Mercedes, y que un leve movimiento de mano y muñeca diese la orden de encendido al motor, papá metió su manito débil en el rincón más lejano de su chaqueta, sacando de inmediato un revólver con el que les voló las cabezas, de sólo un tiro, a los dos atracadores.

Al ver las líneas de luz alumbrando el barco, Anita Moreno sintió que aquel hueco lleno de susto y preocupación abierto se cerró con todo y malos recuerdos. La memoria siempre está ahí, como una cicatriz que se abre en cualquier parte sin esperarlo. Sólo la actividad física ayuda a borrar las desgracias, las preocupaciones, las vergüenzas... Por eso Anita sentía que lo arduo del entrenamiento valió la pena. Nadar y nadar a lo largo de una piscina, hacer ejercicios de inmersión con snorkel y chapaletas, oír interminables explicaciones sobre válvulas y bombonas e ir a la playa a mirar cómo hacían su oficio unos buzos excelentes, fueron el pan diario de la muchacha durante los dos años y algunos meses en los que se ocupó de disolver el berenjenal en que se metió la familia por culpa de un papá atravesado que no se deja joder fácilmente. Por todo eso, y porque veía los rayos de luz que se abrían paso a lo largo de tanta inmensidad, Anita se sintió emocionada.

Lentamente, como disfrutando y rindiendo el descenso, Anita Moreno llegó hasta el punto exacto donde su Papi Adriano y su esposo querido jugaban como niños a los exploradores submarinos. Aquella euforia que no podía ser otra cosa distinta a la felicidad, se manifestaba en el menearse inquieto de los dos hombres al lado de las paredes ahora forradas de corales arenosos. Anita observaba extasiada los peces y las arrugas adheridas al casco del barco, mientras el padre anciano y el esposo íntegro curioseaban con sus focos y sus cámaras en el interior de una nave muy hermosa que seguramente en su momento fue una belleza. Allá dentro vieron maravillas hechas pátina, hechas regocijo de arrecifes coralinos que construían su propia arquitectura dentro del puente de mando, al lado del timón, en los pasillos, en el cuarto de máquinas, en todas partes. Allá vieron la chalupa medrosa pegada aún a la cubierta del barco cubierta de conchas, bigarros, abrojines, guaruras, botutos, madréporas, estrellamares púrpuras, añil y azafrán... La vida entera pululaba en aquella nave hundida en un punto del Parque Nacional Morrocoy.

Ana Moreno los veía sin poder comprender cómo se articulan la alegría y el afán en un pedazo de océano donde el azar puso a un barquito retaco y elegante que tenía nombre de pieza musical. El barco se llamaba "African Flower" y para Ana era gracioso porque un nombre como aquél no podía ser sino la evocación de una música lenta con ritmo quedo de piano y bajo extendido por todo el orbe de su cabezota, por toda el alma llena de recuerdos y vivencias junto al marido joven de espíritu artístico que se gana la vida afinando pianos... Entonces ahí mismo se abrió otro hueco en la pared de agua, un huecazo, un huecote tremendo que esta vez no contenía las miasmas típicas de los malos recuerdos, ni de las malas memorias, ni de los desvelos, ni de las miserias que traen consigo ciertas pequeñeces de la vida. Esta vez se abrió una tronera metafísica –casi física– en la que Ana se vio a sí misma el día en que conoció a su Gonzalo. Anita se vio en Choroní, en la Playa Grande, sucia y con varios días de angustia. La plata se le estaba terminando. Hacía dos días que las nubes desintegraron su pesada existencia gris sobre la montaña, sobre esa selva siempre inclinada donde viven todos los verdes del mundo. Como era de esperarse, el río se desbordó llevándose todo a su paso: árboles, piedras, casas, puentes, carros, pavimento, niños, perros... La fuerza del agua arrastró cuanto se puso en su camino. Por eso la gente que se había ido a Choroní a gozar de unos días de solaz tuvo que esperar a que dejara de llover, a que El Limón cediera terreno y a que alguien abriera nuevamente las vías de tránsito para que pudieran pasar los carros. Mientras tanto Ana no podía hacer más que esperar y reducir sus gastos diarios para no tener que cambiar su condición de turista acomodada a una de indigente playera. Durante esa incómoda espera que se extendió durante tres días, Ana y sus cuatro amigas vivieron ese misterioso proceso que acerca a la gente más disímil cuando comparte las penurias que genera una calamidad. Al igual que los varios cientos de personas que estaban en Playa Grande, y que se vieron obligados a compartir comida, ropa, medicinas, condones y hasta cigarros, las cinco chicas se encontraron de pronto en una situación de intimidad con un grupo grande de muchachos y muchachas que no hacían nada distinto a jugar frisbi durante el día y a beber guarapita durante la noche. En medio de ese pequeño ejército de alegres y espigados jugadores de playa, estaba Gonzalo con su barrigota típica y sus lentes oscuros... Y entonces, antes de continuar con los recuerdos bonitos, Ana evocó la parte grotesca de aquella obligatoria parálisis turística. Ana tuvo la imagen del camión de cerveza que fue el primer vehículo que llegó al pueblo luego de medio abrir la vía escarpada. También evocó las ambulancias que llegaron después, los tractores y los camiones llenos de soldados chillones, tan carajitos como los mismos carajitos que estaban en la playa gozando de su vagancia gestada por la naturaleza. Ana vio ante sí a los militares ayudando a la gente, inyectándoles vacunas y repartiendo latas de comida. También los vio en sus horas de descanso dedicarse a recitar versos cursis de amor o a perseguir ratas gruesas hasta alcanzarlas y jugar fútbol con ellas. Para Anita Moreno era difícil olvidar la imagen del pobre roedor volando por los aires luego de recibir el fulminante patadón de una bota neta... Por andar jodiendito casi le pegan el cadáver de la rata a Gonzalo en el pecho. El asco y el lío que se formó por semejante agravio fue lo que hizo que Anita Moreno y el gordo intimaran un poco más y vieran que podían ser amigos, que podían intercambiarse teléfonos y que podían seguir llamándose porque tenían cosas en común aparte de la edad y de la situación embarazosa en la que alguna vez se vieron inmiscuidos.

Así pasó el tiempo y Gonzalo llegó a casarse con la muchacha que ahora lo veía metido en el cascarón de un barco hundido. Ana lo miraba de lejos y nuevamente se vio a sí misma gozando junto a Gonzalo de aquella propaganda de Coca-Cola donde aparecía un elefante nadando en pleno mar. Un elefante enamorado que meneaba sus patas y su trompa graciosa debajo del agua... Gonzalo le había jurado que su amor era tan grande y contundente como un elefante, como el elefante de la Coca-Cola, o como un elefante cualquiera porque todos los elefantes son puros y contundentes como el amor. Por eso Ana se vio otra vez en un circo, rodeada de elefantes grises y arrugados, acompañada por Gonzalo el infalible, por Gonzalo el afinador de pianos, por Gonzalo el gordo parapentista, por Gonzalo el que frena para no pisar a los cangrejos que se posan en la vía a la playa, por Gonzalo el que dice que le gusta el sonido del bajo de Mingus y del piano de Ellington en African Flower... En African Flower, en esa pieza con nombre de barco donde el bajo y el piano arrastran las notas y las alargan y las convierten en una cosa plástica e inconmensurablemente artística...

Fue evocando esas imágenes cuando Ana comenzó a decirse que Gonzalo tenía razón; que un dedo pulsando las cuatro cuerdas de un bajo hace el mismo ruido que hacen las burbujas al subir en vertical... Gonzalo siempre tuvo razón, Gonzalo siempre tiene la razón al decir que el reino de la calma y de la felicidad eterna se encuentra debajo del agua... Por eso es que en el mismo hueco Ana vio todo el amor que aquel gordo le prodigó y le seguía prodigando desde que se conocieron; toda la dulzura, todo el escaparate de paciencia que aquel animalote le regalaba todos los días al soportarla a ella con todos sus problemas y con su Papi Adriano pistolero...

Ana se vio otra vez en el hueco, en los huecos que se abrían en la pared de agua. Se vio esta vez por pedazos, primero la cara, el pelo, los hombros, el pecho, la barriga, el vientre... El vientre... El vientre por dentro, el vientre desde adentro... Se vio las mismísimas cavidades de ella y se dijo que aquello era hermoso, que su paisaje lleno de conductos y linfas, era una maravilla, una maravilla creadora, una maravilla donde la vida latía como un bajo pequeñito, como un pedacito de felicidad que aún era tímida pero que muy pronto crecería y se haría grande y se volvería una barriga lista para explotar en nueve meses largos, gloriosos, felices, maravillosos...

Ahí, en el fondo del mar se había revelado un misterio. Ana se dijo que el gordo lo sabría más tarde, en la superficie, luego de este goce infinito con naufragio y peces nocturnos. Gonzalo sabría de esa felicidad en la noche, todas las noches de su vida, siempre.


Roberto Echeto nació en Caracas en 1970. Realizó estudios de diseño en el antiguo Instituto de Diseño de la Fundación Neumann y se graduó en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello en 1995. Actualmente es Editor de Publicaciones en el Banco del Libro; además produce y escribe Macho y no mucho y el Último round, dos programas de radio que se transmiten diariamente desde la emisora 92.9 fm. En 1997 el sello editorial Ballgrub publicó Cuentos Líquidos, su primer libro de relatos. Ese mismo año co-produjo y co-dirigió Corte de pelo, otro programa de humor transmitido por 92.9 todos los domingos a las 12 del mediodía.



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