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Más allá de una Constituyente, una visión estratégica de Venezuela Cada vez que los venezolanos, a lo largo de ciento ochenta y siete años de independencia, sentimos la presencia de una crisis, convocamos una Constituyente. Así llevamos más de veinticinco Constituciones, mientras los Estados Unidos, por ejemplo, en el mismo lapso, sólo han tenido una Constituyente y una Constitución y por lo visto, no les ha ido mal. Un ejemplo más grave todavía es el de Gran Bretaña, que hasta ahora se las ha ingeniado para funcionar, sobre todo si la comparamos con Venezuela, sin tener ni haber tenido nunca ninguna Constitución expresa. Si midiéramos el grado de civilización y desarrollo de los pueblos por el número de Constituyentes y Constituciones que han ido teniendo a lo largo de su historia, podríamos decir que mientras más Constituyentes y Constituciones menos desarrollo y menos civilización. El problema de los venezolanos es que seguimos siendo víctimas del viejo nominalismo hispánico y seguimos creyendo que si cambiamos la Constitución, cambiamos la realidad. Que basta cambiar la ley de leyes para que por arte de magia tengamos un país mejor. Ya ese cuento se nos ha repetido cerca de treinta veces y hoy, según todo parece indicar, estamos dispuestos a creer en la fórmula mágica y taumatúrgica, según la cual cambiando la Constitución tendremos un país mejor. En Venezuela hay muchas cosas que funcionan muy mal. Eso no lo discute nadie. Lo paradójico es que una de las cosas buenas que la democracia ha producido es precisamente la Constitución de 1961 que ya va por cuarenta años de vigencia y que todos reconocen que ha sido no sólo la mejor Constitución de toda nuestra historia, sino que además, es estudiada con respeto y admiración por tratadistas de derecho constitucional de otros países hermanos. Por todo lo dicho resulta por lo menos curioso la saña con la que queremos caerle encima para "echarla a componer", olvidando por cierto que el texto constitucional vigente es tan sabio que prevé claramente la manera de modificar la Constitución, bien sea por el camino de las enmiendas o por el de la Reforma General. Modificar la Constitución por cualquier otra vía, distintas de las expresamente consagradas en el texto constitucional , no sólo sería colocarnos en un territorio de inconstitucionalidad, sino que, de acuerdo a los previstos en el artículo 250 del propio texto constitucional vigente, obliga a todos los venezolanos, militares o civiles, investidos de autoridad o no, a trabajar activamente por restablecer la plena vigencia de la Constitución. Por cierto, la vía Constituyente está prevista en la Constitución actual como mecanismo para reformar la Constitución. Alguien definió una vez la Constitución Nacional de Venezuela como un "librito amarillo" que se vende real y medio, se viola todos los días y se cambia todos los años" Creo que no hay que agregar ningún comentario a esa definición, que por lo demás se correspondía con la situación existente antes de la aprobación del actual texto, que ya se acerca a su cuadragésimo aniversario. Seamos civilizados: no estemos cambiando de Constitución frente a cada momento crítico. Si queremos actualizar o modernizar el texto constitucional, allí está abierto el camino de las enmiendas previstas en el propio texto. Por lo demás, ése ha sido el camino utilizando por los norteamericanos para actualizar y modernizar la única Constitución que hasta ahora han tenido. Otro tema diferente es el de quienes piensan en la Constituyente no como una asamblea para redactar una Constitución sino como un instrumento de gobierno para disfrutar, por un tiempo que no sabemos qué tan largo puede ser, del poder absoluto que es inherente a la propia naturaleza de la Constituyente. Dicho de otra manera, la Constituyente puede ser un instrumento al servicio de una dictadura . No hay Constituyente limitada. Así lo dictaminó recientemente la Corte Suprema de Justicia de Colombia, cuando consultada al respecto por el Poder Ejecutivo de aquella nación. Como su nombre lo indica, la Constituyente se reúne frente al colapso del orden constituido y tiene todas las facultades que se requieren a los efectos de sustituirlo por un nuevo orden. Por ejemplo, de todas las Constituyentes que hemos tenido a lo largo de nuestra historia, la que más ha merecido ese nombre es la de 1811, que sustituyó el orden colonial de sometimientos a una monarquía por un nuevo orden independiente y republicano. Todos los cambios constitucionales que he oído mencionar en el debate actual parecen pigmeos frente a los de 1811 y todos pueden lograrse sin necesidad de recurrir a armas atómicas como sería un proceso constituyente. Ahora si lo que se quiere es darle poderes dictatoriales al nuevo Presidente entonces estamos discutiendo otro tema completamente diferente y frente al cual no vacilo en dar mi opinión: aborrezco las dictaduras, estoy convencido de que en las actuales circunstancias sería absolutamente contrario al interés nacional y, por lo tanto, me opongo. Más allá de la Constituyente lo que se está planteando en el país es tener una estrategia nacional compartida. Estrategia que tiene como columna vertebral una profunda revolución educativa. No se trata de cambiar la Constitución para ser mejores. Se trata, más bien, de ser mejores para hacer realidad el proyecto nacional contenido en la Constitución de 1961. Sólo podremos ser mejores con una mejor educación y con el aporte del esfuerzo nacional de cada uno de nosotros y del conjunto de los venezolanos. Para esto no hace falta una Constituyente, sino una voluntad individual de cada uno de los venezolanos y del conjunto de nuestro pueblo. Lo demás es seguirnos engañando y correr el riesgo de hacer el ridículo frente a la comunidad internacional, que terminará sonriéndose compasiva y contemplar un país en el cual la Constitución Nacional "se viola todos los días y se cambia todos los años" Eso sí, solemnemente, a través de una Asamblea Constituyente.
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